Alguien habló de nosotros

Gabriel UrbinaHe terminado Alguien habló de nosotros, de Irene Vallejo, con el sabor agridulce que dejan las etapas que se van después de haber sembrado, en tu mirada, un recuerdo imborrable. Hay libros que no deberían tener un final, y este es uno de ellos. Me queda el alivio de saber que sus páginas se quedan conmigo, para perderme en ellas cuando quiera, y que otras siguen floreciendo entre las hojas del Heraldo de Aragón.

Ya desde la portada el libro deslumbra, con una ilustración de Alberto Gamón que atrapa el alma del proyecto: una columna jónica separa y une a dos figuras de líneas simétricas. A la izquierda de la columna, el cuerpo de un caballo; a la derecha, un joven con gorra y tatuajes. En la imaginación del lector estas dos siluetas quedarán inevitablemente unidas, tras la columna, dando forma a un centauro moderno y pensativo. Si este libro es una selección de los textos que Irene Vallejo ha ido publicando, semanalmente, en el periódico aragonés, nunca escribir columnas tuvo un sentido tan literal, pues cada página levanta, palabra a palabra, una columna como la que aparece en la cubierta, confrontando y uniendo de un modo admirable pasado con presente.

En este laberinto vertiginoso que es la vida, Irene ha ido dejando, como Ariadna, un ovillo al lector que quiera escapar de los muros invisibles de nuestro tiempo: los de los prejuicios, el ansia de poder, la envidia, la prisa o la pereza. Siguiendo el hilo de sus palabras, uno tropieza con Horacio y Séneca, con Spinoza, César y Platón, y va comprendiendo, bajo la mirada atenta de héroes y dioses, que las tormentas que agitaban el universo interior de nuestros antepasados, de Oriente a Occidente, bebían de los mismos anhelos, miedos y deseos de los que hoy se alimentan nuestros sueños.

Pero todo lo dicho no es suficiente para que un libro te hipnotice como lo haría el canto de las sirenas que sobrevolaron los temores de Ulises. Hace falta algo que ha cautivado al ser humano, desde siempre, con más intensidad que la belleza y la cultura: la capacidad de emocionar. No importa el tema del artículo, porque Irene sabe convertirlo en un viaje de ida y vuelta apasionante, repleto de seres formidables que se humanizan en el dolor, la duda y la superación. Seres que viven, como cualquiera de nosotros, entre las flechas caprichosas de un dios contradictorio y la mirada insensible o compasiva de aquellos que nos rodean. Ya sea al revivir la huida de un pequeño refugiado que se convertiría en el dios de los cristianos o al mostrar el llanto amargo de Casandra sobre las cenizas de Troya, la autora acude siempre al espejo fascinante de mitos y relatos, cuyo reflejo nunca deja indiferente, para empujarnos a la reflexión y a la autocrítica. Y es que los «seres de papel representan también su papel en nuestra vida».

Irene Vallejo está enamorada de las palabras, de sus raíces, y por eso las mima como a un árbol sagrado, regando esa savia que nació hace varios siglos y sigue alimentando, con matices diferentes, nuestra voz y nuestros textos. Sabe jugar con sus sonidos y las utiliza para componer paisajes o para llenar de guiños al lector una partitura dictada por Orfeo. La etimología se abraza con el latín y el griego, y su música va coloreando ese vacío que se agranda en las aulas de una sociedad a menudo dormida e ingrata.

Pienso que hay libros que se integran mejor en un espacio determinado, como animales en su hábitat. Este libro me lo regaló una buena amiga, tocaya de la autora, y me ha acompañado en las sesiones de rehabilitación, durante las noches a duermevela y en el desperezo lento de algunas mañanas. Sin embargo, ha sido en la orilla de mi mar donde lo he disfrutado de un modo especial. Allí, tal vez porque en ese azul infinito de Cádiz siguen latiendo también los susurros de aquellos que hablaron de nosotros, sus páginas sonaban con más intensidad. En estos tiempos confusos, con las humanidades marginadas en un sistema educativo utilitarista y deshumanizado, es una suerte haber tenido el eco de tantas voces sobre un mar que centellea cercano y atemporal, inmenso y familiar como este libro luminoso.

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