La rebelión de las masas

Gabriel UrbinaAntes, cuando no alcanzabas una meta, solías plantearte dos posibles salidas: desistir o luchar con más intensidad. Dependía de las ganas que tuvieras de alcanzar esa meta, de lo que significara para ti, y también de tus otras metas, del tiempo y del esfuerzo que requería. Así, tras valorar la situación, acababas decidiendo si seguías peleando con más fuerza o, si no era viable, abandonabas de forma temporal o definitiva. No sé en qué momento se comenzó a vislumbrar una tercera salida: la de llevar la meta hasta el sofá de quien la quiere, regalársela, entregársela sin pedirle nada a cambio para acabar, lógicamente, eliminando su valor.

Imagino que forma parte de la rebelión de las masas ―esa que sirvió de título a la obra atemporal de Ortega―, en la que prima un discurso sobre la igualdad cargado de mentiras y trampas, de derechos que merecemos sin deberes ni responsabilidades. Imagino que también forma parte del anzuelo que algunas minorías selectas han colocado para que el hombre-masa lo muerda sin descanso: si se sigue bajando el nivel de exigencia para obtener una meta en cualquier ámbito, menos valor tendrá y, por tanto, menos útil será para un cambio social real. A determinadas minorías no les hace falta un título universitario ni una formación para acceder a los puestos de dirección o de responsabilidad política ―basta con mirar alrededor―. Al resto, a la masa, es a la que nos debería interesar una formación que seguimos devaluando con actitudes absurdas.

Puedo defender y aplaudir que la sociedad tienda a abrir a la multitud las puertas que antes estaban reservadas para una parte minoritaria. Eso que podríamos considerar la popularización del arte, de la ciencia, de la música o de la literatura no sería negativo si no fuera porque, en mi opinión, el proceso es absolutamente equivocado: estamos confundiendo camino y meta. Que todo el mundo tenga acceso al camino no quiere decir que pueda llegar a la meta ―y mucho menos que considere que su derecho es la meta sin haber recorrido el camino―. Todo el mundo tiene derecho a estudiar, pero no a obtener un título por el simple hecho de estar estudiando. Cualquiera tiene derecho a acudir a una obra de teatro o a un concierto de música clásica, pero eso no le da derecho a convertir el concierto en un espectáculo a su medida, con el móvil sonándole o molestando al resto.

El deseo de conquistar algunos espacios es absurdo si solo pretendes aparecer en la foto, sin el menor interés por formarte y comprender ese espacio. No importa si se trata de conseguir un título académico o publicar una novela, lo cierto es que la masa va imponiendo su sistema de vida y va colonizando lugares a base de bajar el nivel, de adaptar el mundo que le rodea a la simpleza y mediocridad con la que vivimos o votamos, imponiendo una forma de actuar y sentir que choca frontalmente con valores como el esfuerzo y la creación de un camino propio, personal y distinto.

A mí me parece un error fatal que sea el contexto el que siempre tenga que adaptarse a una masa inculta, incivilizada o mediocre. Las playas, la poesía, el arte o los bosques no tienen por qué sufrir a una masa si esta no quiere aprender códigos nuevos para modificar su forma de ver el mundo e imponer sus valores: eliminando siempre lo que suponga esfuerzo, aprendizaje, responsabilidad, para apoderarse de lo que exclusivamente le aporta placer inmediato.

Esta sociedad repite constantemente que todo el mundo puede conseguir lo que quiera. Creo que sería más acertado decir que todo el mundo puede luchar por construir lo que quiera. Nadie puede pretender crear una sinfonía sin el esfuerzo de dedicarle a la música una parte de su vida. Estamos llegando a una situación tan ridícula que me encuentro con gente que quiere publicar un libro (¡y lo publica!) sin saber escribir o reconociendo que no ha leído un libro en su vida. Y la cultura, la naturaleza, se van convirtiendo, tristemente, en terreno abonado para una pose más con la que presumir junto a amigos y familiares. Me encantaría que las masas, algún día, se rebelaran de verdad, porque eso significaría que empezarían por rebelarse contra ellas mismas. Tal vez así se fragmentarían en personas que, conscientes de su individualidad, seríamos capaces de encontrar ese camino propio, único, por el que merecerá la pena esforzarse y subir un poco el nivel cada día.

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