Lita Cabellut: un sueño de luz entre Rubens, Goya y Camarón

Gabriel UrbinaLita Cabellut es uno de esos seres mágicos capaces de brillar en la oscuridad e iluminarte el paso con la mirada. Uno de esos seres a los que me gusta llamar luciérnagas porque, cuando están en su hábitat natural, pueden sacar de dentro esa luz que disipa las tinieblas. Reconozco que la descubrí recientemente y, desde entonces, no he dejado de preguntarme cómo he tardado tanto en conocerla y admirarla.

Su espíritu de gitana nómada y su vitalidad sin límites escapan del victimismo. A pesar de una infancia herida por el abandono y la miseria, Lita prefiere centrarse en esos recuerdos luminosos que colorearon su mundo, como aquella primera visita al Museo del Prado con su familia adoptiva. Allí, delante de Las tres Gracias de Rubens, Lita sintió una sacudida que no volvería a sentir nunca. Esa emoción única, irrepetible, es esa voz interior que te grita cuál es tu destino, marcando un antes y un después en tu vida. Lita comprendió entonces que era pintora, y el tiempo le fue mostrando, lienzo a lienzo, que solo la vocación y la entrega pueden enseñarte el rostro más nítido de la felicidad. Como la vida es a menudo mucho más literaria que cualquier libro, suele llenar de metáforas y antítesis nuestro camino. Así, si fue Rubens quien la llevó de la mano por senderos que destilaban una fantasía luminosa, Goya la marcaría para siempre llevándola de vuelta por los recuerdos de una Barcelona cargada de claroscuros, donde el dolor se reflejaba en los charcos y los rostros de una infancia intensa y fría, hambrienta de colores nuevos.

Pero Lita Cabellut es mucho más que un ejemplo de superación y mucho más que una de las artistas más cotizadas del mundo, porque ella decidió no ser jamás esclava de las circunstancias —ni de los recuerdos sombríos ni de las promesas relucientes—. Lita sabe que su destino está en el arte, en el esfuerzo y en el trabajo titánico, incesante, de crear mundos con la luz y los colores. Cuando Lita agarra el pincel, parece que todo el universo se contrae hasta ajustarse al lienzo sobre el que ella fija su mirada. Y allí, con los únicos límites de ese mundo interior en el que ha ido filtrando la luz y la oscuridad de afuera, Lita puede expresarse tal y como es: una ráfaga de vitalidad que relampaguea, durante un instante infinito, sobre aquel firmamento de tela.

Hace poco disfruté viendo el documental de Crónicas dedicado a su figura, y pude descubrir que Lita también sabe pintar el aire con su voz, sin necesidad de óleos ni pinceles. Me hipnotizó hablando de esa luz mágica de Holanda, transparente, que juega con los colores y le permite mirarlos como a través de un cristal, o explicando su fascinación por la piel —para ella, el portal del alma—. Su voz no deja de salpicar de poesía sus anhelos y sus miedos, su agradecimiento a Miquel Pena o sus nuevos proyectos. A Lita se le iluminan esos ojos profundos, insondables, cuando habla de Camarón, cuya voz sigue acompañándole en la soledad sin límites del taller. Le ha dedicado al genio de La Isla una serie de retratos formidables y sigue regando con su música un sueño de luz que no deja de dar frutos: «Es mi maestro en cómo el arte solamente tiene efecto cuando es auténtico, cuando se saca de dentro, cuando hay concentración, cuando hay disciplina, cuando hay conocimiento de lo que se puede, lo que se quiere y lo que va contra lo que está establecido. Camarón es para mí lo que a mí me gustaría llegar a conseguir como artista: poder conmover a la gente en lo bueno, poderle acariciar a la gente el espíritu y que aquello que duele se haga suave y se haga bonito».

No es necesario añadir más cuando hay tanta luz en la voz y en la mirada. Hoy dejaré que el tiempo se detenga en alguno de sus lienzos, que me vayan llenando por dentro de formas y colores, esas formas y esos colores que, en la voz de Camarón, han terminado conectando el universo de Lita con el mío, su mirada con la mía, y esa luz cristalina de Holanda con esta que se duerme, cada tarde, en la orilla de mi playa.

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