Marionetas orgullosas

Gabriel UrbinaEl sesgo de confirmación es la búsqueda constante, de forma consciente o inconsciente, de aquellas pruebas que reafirmen nuestras ideas (a menudo las ideas que otros nos inculcaron), ignorando cualquier información que las ponga en duda. Aunque nuestro cerebro está predispuesto a reforzar nuestras opiniones, el primer paso para disminuir los efectos de este sesgo es, al menos, ser conscientes de que existe. Bastaría con observar un poco lo que muchos han estado expresando estos días en las calles y las redes sociales para darnos cuenta no solo de que existe, sino de cómo llega a convertirnos en marionetas cuando se combina con el sentimiento de pertenencia, un poco de odio y la ausencia de autocrítica. Al final, nadie quiere información contrastada, sino compartir compulsivamente cualquier basura que le llegue y refuerce su creencia inicial.

No soy una persona que se espante fácilmente ante determinadas situaciones. De pequeño uno aprende que la violencia y la sangre forman parte de este mundo, desgraciadamente, desde que estamos en él. Cuando nos sentimos incapaces de encontrar una salida, cuando la desesperación o el miedo se apodera de nosotros, la violencia aflora. Es una respuesta instintiva. Sin embargo, me parece necesario, para evitarla, entender las causas por las que brota y crece con tanta saña, incluso cuando creamos herramientas para frenarla. Cuando el sesgo de confirmación aparece como una de sus raíces, preferimos ignorarlo, porque a nadie le gusta sentirse una marioneta bandeada y empujada a la violencia. Que no queramos admitir que este sesgo nos controla no evita que aquellos que viven de manipularnos lo conozcan bien y lo utilicen de forma rentable. Este sesgo lo riegan en los despachos para que sean otros los que se llenen las manos o la cara de sangre. Lo hemos visto mil veces. El victimismo y el odio pueden crearse artificialmente y fomentarse para obtener votos y apoyos a cambio una fractura irreparable.

No pienso, de todas formas, que los ciudadanos seamos simples víctimas de esta manipulación. Somos sus cómplices cuando rechazamos con orgullo la cultura, la formación y toda perspectiva que ponga en duda nuestros prejuicios. De todas las salvajadas que he visto estos días, la más vergonzosa es la imagen de cualquier ciudadano —ya sea catalán o andaluz, nacionalista o independentista, policía o estudiante—, expresando su orgullo por lo que estaba ocurriendo. Ese orgullo sigue alimentando, en un bando y en otro, a unos representantes políticos que gestionan un conflicto como lo haría cualquier energúmeno cobarde: alentando a los que se están enfrentando para que se sientan las víctimas y se golpeen un poco más, un poco más fuerte, sabiendo que la sangre no les salpicará.

En ambos bandos no he dejado de ver estos días la cara más vil de ese sesgo de confirmación: el orgullo grupal, el victimismo y la falta absoluta de autocrítica. Catalanes que se consideran las víctimas de un Estado del que no han dejado de beneficiarse nunca, llevando a sus hijos de tres y cuatro años envueltos en una bandera a una representación teatral que se sabía violenta, buscando esa foto —que el Gobierno central les ha regalado de una forma estúpida— con la que inmortalizar un día que debería hacernos sentir mucha tristeza y vergüenza. Mossos d’Esquadra riéndose de las decisiones judiciales y Guardia Civil y Policía Nacional incapaces de pronunciar nada que suene a autocrítica, vergüenza o desencanto después de una actuación inútil y violenta —si la opinión internacional ya sabía que se trataba de un referéndum ilegal, de una pantomima, el empleo de la fuerza para evitar el voto era simplemente absurdo—. El gregarismo corrompe. Que yo sea profesor, notario o policía no quiere decir que no deba pronunciarme contra lo que me parezca injusto del sistema al que pertenezco, que no pueda poner en duda una orden, que no pueda arrepentirme de mi actuación o criticar la de mis colegas.

Cuando escucho estos días la palabra orgullo, sinceramente, me impresiona que este sesgo tenga tanta fuerza como para maquillar con esa palabra el sentimiento de vergüenza. Orgullo ¿de qué?, ¿por qué? ¿Orgullo por sentirte español o independentista catalán? ¿Por los políticos que nos representan? ¿Por los golpes, los gritos, la sangre? Si uno mira a su alrededor estos días y no escucha ni ve a nadie sintiéndose avergonzado ni criticando las actuaciones de su manada, lo mejor es no confiar ni llenarse de ilusión. Creo que hay algo más peligroso que ser una marioneta: sentirse orgulloso de serlo.

También te puede interesar

Sé el primero en comentar en "Marionetas orgullosas"

Deja un comentario

Tu correo no será publicado.


*


Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies