Entre mil imágenes, la palabra

Gabriel UrbinaSiempre me incomodó esta sentencia: «una imagen vale más que mil palabras». Además de deformar el proverbio chino del que parte, quiere convertir en dogma una frase que le viene como anillo al dedo a nuestra sociedad, acomodada al cliqueo rápido y fácil. Admitir que una imagen vale más que mil palabras me parece doblemente injusto: primero, porque afirma y defiende una forma de vida que ya ejerce su brutal dictadura en nuestros días; después, porque niega a la palabra su capacidad para construir y compartir nuestro mundo, ignorando esa deuda que siempre tendremos con ella.

¿Por qué dos personas no se emocionan de la misma forma ante un retrato, un cuadro o cualquier otra imagen? Todo el mundo respondería con facilidad: son dos personas distintas; tienen vivencias y sensibilidades diferentes. Pues ahí, precisamente, es donde radica para mí el poder sagrado de la palabra. Las palabras son las que conforman esa historia personal que bebe de las enseñanzas asimiladas, las conversaciones que has tenido, los libros que has leído, los viajes que has realizado o las miradas que iluminaron tu camino. Son las palabras las que nos hacen diferentes porque son ellas las que permiten conocer e interpretar nuestras experiencias vitales y culturales. Son ellas, en definitiva, las que permiten que sintamos el mundo a nuestra manera. Por eso, una palabra como mar dibujará en tu mente una imagen —o mil— absolutamente distinta a la que dibujará en mí; y una imagen del mar nunca, jamás, podrá sustituir ese universo que surge en tu interior, o en el mío, repleto de palabras, recuerdos y sueños que se realimentan.

Lógicamente, hay imágenes que nos desbordan con su enorme poder estético y semántico. Sin embargo, no existirían esas imágenes poderosas sin palabras. Así ocurre en la fotografía o la pintura. Conozco a personas capaces de dejar un poema o una reflexión pulsando el botón de una cámara o llenando un lienzo de formas y colores. Pero en esa mirada particular, en ese momento que se inmortaliza, hay siempre palabras, pensamientos, historias orbitando alrededor. A veces no se oyen porque están interiorizadas en el artista, o porque las Musas las susurran al oído, pero están ahí. Sin esas palabras, el fotógrafo o el pintor no sabría discernir ese momento, ese color, en un mundo de posibilidades infinitas. Solo hay que recordar esa foto antigua que tanto nos gusta de nuestra infancia o de algún ser querido. Esa imagen nos hechiza porque despiertan sensaciones, olores, voces y palabras que, aunque ya no existan fuera de nosotros, hacen palpitar de vida esa fotografía, guardándola en un lugar tan hondo que al propio tiempo le cuesta desgastarla.

Una de las razones por las que el mundo me parece cada vez más frío y desconectado, paradójicamente, en la era de la comunicación y las redes sociales, es por ese desprecio creciente a las palabras. Es más rápido y requiere menos esfuerzo mirar la imagen de alguien que leer o tratar de entender lo que piensa y siente. Es más fácil mentir, vaciar el contenido de las palabras, que asumirlas y cargarlas con todo su peso. Pero así, sin palabras, el mundo gira más rápido, y nos volvemos más superficiales, dependientes y clónicos. Sin palabras, la imagen se olvida al instante y necesitamos otra imagen, mil más, para llenar un vacío que nunca podrá completarse sin historias que contar o leer, sin reflexiones con las que afirmar nuestra individualidad en esta marejada vertiginosa de imágenes idénticas.

Las imágenes sin alma —sin palabras— tropiezan fácilmente con la capa más superficial de la realidad. Las palabras pueden atravesar esas capas para llegar a lo profundo. Bucear en ellas es aprender a mirarse por dentro, conocer nuestros límites y miedos, tratar de superarnos. Pero esto requiere esfuerzo y a mucha gente le provoca pereza, inseguridad o recelo. Por eso nunca he pensado que una imagen valga más que mil palabras, sino que cada vez hay más personas, desgraciadamente, que han elegido el camino cómodo de la imagen. Yo me quedo con las palabras. Les debo tanto, me aportan tanto, que no sabría respirar sin ellas. Palabras habladas o escritas, palabras coloreando recuerdos o salpicando, aisladas, los silencios, pero que sigan a mi lado las palabras, siempre las palabras.

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