Contra el terror y el odio: Nací en Alamo

Gabriel UrbinaTony Gatlif es uno de esos referentes culturales con una vida tan dura y apasionante, tan cargada de lucha y superación, que ninguna de sus películas podría superarla. Nacido en Argelia, se trasladó a París huyendo de la Guerra de la Independencia, y allí, en la que algunos bautizaron como la Ciudad de la Luz, tuvo que tragarse la oscuridad fría de la calle, como un mendigo más, hasta que el cine se convirtió en esa hada madrina que lo prepararía para el baile que estaba por llegar: premios internacionales, focos, reconocimiento y entrevistas en todos los rincones del mundo.

El cine de Gatlif es diferente. Está tocado por esa varita mágica de la autenticidad y, si le prestas atención, cualquier historia puede convertirse fácilmente en parte de la tuya. Hoy quiero centrarme en Vengo, una película que nació sin hacer mucho ruido pero que guarda, en una banda sonora deslumbrante, uno de los himnos más potentes que se han escrito sobre el dolor de los refugiados, los emigrantes y todos aquellos desenraizados que tratan de sobrevivir en un horizonte nuevo: «Nací en Alamo».

Será porque soy de los que piensan que no hay evolución sin mezcla y que solo una mirada diferente puede enseñarte algo nuevo, o será, también, porque sé que mi acento, mi piel y hasta la forma de mis ojos proceden de los encuentros y desencuentros de Oriente y Occidente, pero «Nací en Alamo» me enciende y me traspasa. Estos días en los que el terrorismo suele responderse con terror, el odio con más odio y el radicalismo religioso con el fanatismo y la mentira, «Nací en Alamo» recuerda que nadie debería sentirse tan enemigo ni tan dueño de un lugar como para mancharlo de sangre o de racismo, de muerte o xenofobia.

Vaya por delante que no practico ninguna religión y sueño con un mundo, como soñaba Lennon, en el que las religiones no fueran necesarias para que el ser humano escribiera desde dentro el mejor de sus mensajes. Pero estos días, tras los terribles atentados de Barcelona, vuelven a surgir las voces que aprovechan el dolor y el sufrimiento de tantas personas para llenar con más dolor y sufrimiento la soledad inmensa de los que intentan buscar un espacio lejos del hambre, el terror o la violencia. Enfrentar religiones y creencias en un marco tan aterrador para generalizar y acusar, como si fueran los culpables, a todos los que llegaron desde otros horizontes, me parece cobarde y despreciable.

En situaciones duras, el poder y los medios de desinformación se expanden como una epidemia contra la memoria, fomentando el miedo, el odio y la ignorancia con medias verdades que se convierten, mezcladas, en la peor de las mentiras. En Occidente nos dicen desde pequeños que estudiar la Historia sirve para no cometer los mismos errores del pasado. No es cierto. Llevamos años, siglos, repitiendo errores. Lo que sí confirma la Historia, si aprendes a mirarla, es que todo es circular y el dolor del que está enfrente, al final, siempre acaba salpicándote. Nosotros, nuestros antepasados y nuestros hijos somos, hemos sido o seremos migrantes. Ojalá nunca nos paguen con la misma moneda con la que a veces pagamos a los que llegan huyendo del mismo terror del que nosotros intentamos protegernos. Ojalá nunca nos sintamos tan terriblemente solos como para repetir, por dentro, el grito de «Nací en Alamo»:

No tengo lugar,
no tengo paisaje,
y aún menos tengo patria.

Con mis dedos hago el fuego,
con mi corazón te canto,
las cuerdas de mi corazón lloran.

Este eco sefardí sigue acompañando, en nuestros días, el dolor de los expulsados, de los rechazados, de aquellos que no tienen  lugar ni patria. Hoy suena con la misma fuerza con la que sonaba en el pasado. Ahora tiene tantas versiones como países y lenguas porque, desgraciadamente, no hemos aprendido a estrechar las manos con ese fuego ni a consolar las lágrimas del corazón que canta. Mis pensamientos, estos días, están con los familiares de los que murieron asesinados en la masacre de Barcelona. Y están, también, con aquellos que son atacados y amenazados por venir de otro lugar. Todo mi apoyo a esas víctimas de los que se sienten enemigos o dueños de cualquier paisaje.

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