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La chirigota isleña sorprende en el Falla con un pase fresco, surrealista y eficaz basado en el pamplineo flamenco

“Los Camerún de la Isla” presentó un tipo híbrido entre flamenco africano y fútbol que desordenó el concurso con humor simpático, buenas letras y un popurrí muy resultón

La chirigota gaditana “Los Camerún de la Isla”, con autoría de Moisés Serrano, Borja Romero y Pedro Tamayo, firmó uno de los pases más frescos y celebrados de la sesión de preliminares. La agrupación llegó con un concepto arriesgado que mezclaba flamencos africanos, fútbol y Carnaval gaditano para construir una propuesta en clave surrealista. La idea, que sobre el papel podía parecer inverosímil, encontró sentido desde la ejecución: pamplineo, energía, camaradería y cierto caos funcional que conectó con el Gran Teatro Falla.

El tipo —flamencos cameruneses con botas de fútbol, camisetas de la selección africana y estética gaditana— generó impacto visual desde el inicio. La presentación explicó el cruce mediante un relato disparatado: jugadores africanos que llegan “por el agua”, abandonan el fútbol y se vuelven cantaoras siguiendo el camino de Camarón. Hubo algún trazo grueso en esa dramaturgia, pero la escena se sostuvo por ritmo, baile y desparpajo.

La música, a cargo de Romero y Tamayo, adoptó la estructura clásica del género pero sacrificó la primera parte del pasodoble para servir al tipo. Ese peaje estructural quedó compensado por una segunda parte melódica limpia y agradecida, que permitió cantar con solvencia y colocar el mensaje sin ruido. El estribillo, con el remate “Eto’o es Carnaval”, se convirtió en un arma rítmica: fácil, repetible, explosiva y perfectamente ajustada a la idea.

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El primer pasodoble apuntó a la pérdida de la identidad flamenca entre la juventud. No fue novedoso en el fondo —la tensión entre tradición y nuevas músicas es un tema recurrente—, pero la letra estuvo bien orientada y encontró cierre en la reivindicación del barrio de Santa María y la cita a figuras del flamenco con respeto y cierta nostalgia. El segundo pasodoble fue un guiño directo a Antonio Martín, con petición explícita de regreso y con menciones a sus personajes, su estética y su obra. En ambos casos el grupo optó por letras sencillas pero con intención y tono, lejos de la chirigota exclusivamente pamplinera.

La tanda de cuplés funcionó mejor que la media de la modalidad en esta fase. El primero abordó el simulacro de tsunami realizado el año pasado en Cádiz, con un remate que jugó con la reacción “si suena de madrugada lo posponemos cinco minutos”, lo que generó complicidad inmediata. El segundo enumeró “todo lo que ha visto” el protagonista a lo largo de la vida hasta llegar a la escena carnavalesca del año “en que Barranco no saca nada”, detalle que arrancó risa por acumulación y por actualidad interna del concurso. En ambos casos el estribillo sumó impacto y cerró en alto.

El popurrí fue el gran acierto del pase. La agrupación optó por una anarquía controlada: juegos fonéticos (“a Méli fui”), situaciones absurdas, referencias costumbristas y pequeños episodios que no buscaban coherencia narrativa sino efecto momentáneo. Musicalmente estuvo bien cosido, con elecciones que favorecían el baile, la complicidad y la repetición. Hay quien podría reprochar falta de precisión o exceso de caos, pero en la lógica de la chirigota contemporánea el riesgo fue agradecido y el público respondió.

En lo interpretativo, la chirigota funcionó por energía. No hubo grandes alardes vocales ni refinamiento en empaste, pero sí una camaradería escénica evidente y una gestión inteligente del tipo. El humor no se apoyó en el chiste construido sino en el propio disparate sostenido, lo que permitió crecer a partir del propio universo creado. La puesta en escena cuidó detalles de vestuario, botas y accesorios, elementos que sumaron a la personalidad del proyecto.

El balance general deja a “Los Camerún de la Isla” en una posición meritoria. Es una chirigota sin pretensión de profundidad pero con oficio, con estilo y con algo más importante en esta fase: identidad. La propuesta puede no sostenerse igual en fases posteriores, donde se exige mayor precisión en afinación y ritmo, pero en preliminares ha sido una de las apuestas más divertidas, frescas y con mejor recepción del público. El concurso no exige siempre solemnidad; a veces basta con una idea disparatada bien llevada, un estribillo eficaz y la capacidad de llenar el Falla de buen humor. Este grupo lo entendió.


























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