Una función de preliminares del COAC 2026 dejó el avance musical del coro ‘La ciudad perfecta’, el regreso competitivo de ‘Los Robins’, la solidez de ‘El Manicomio’ y la sorpresa de ‘Una chirigota en teoría’, frente a propuestas más discretas como ‘Las taradas’, ‘Cariño… vaya ambientazo’, ‘El Desvelo’ y ‘Los fantasmas’

Una función de preliminares del COAC 2026 en el Gran Teatro Falla dejó una fotografía muy clara del momento actual del concurso: las chirigotas afilan el riesgo y la personalidad, varias comparsas se consolidan en un rango medio-alto con aspiraciones razonables a seguir en liza, y el coro mantiene una línea de crecimiento musical aún lastrada por la literatura. Ocho agrupaciones, ocho formas distintas de entender el Carnaval, sin pausas ni bloques: del primer acorde del coro a la despedida de la última comparsa.
Abrió la noche el coro chiclanero ‘La ciudad perfecta’, continuando la línea de evolución marcada en 2025 con ‘Ley Natura’. La idea de una utopía urbana sin dinero, sin gobernantes y sin desigualdad se presentó con solvencia escénica y buen gusto visual. El grupo volvió a mostrar sus mejores virtudes en el terreno musical: afinación cuidada, cuerda equilibrada y una orquesta que suena limpia y ordenada. El primer tango desarrolló la ciudad ideal desde la emoción y el segundo elevó el tono con una crítica directa a las palabras de Alberto Núñez Feijóo sobre Andalucía, enlazando con la sanidad y las listas de espera. Correctos en letras, pero sin brillo suficiente como para cambiar su techo competitivo. Los cuplés, amables pero flojos, confirmaron que la asignatura pendiente sigue siendo la pluma.
Desde Sevilla llegó la comparsa ‘Las taradas’, con un concepto de tarot y adivinación que sobre el papel ofrecía posibilidades metafóricas, pero que en escena nunca terminó de articularse. La presentación intentó instalar una voz vidente y sensible en un barrio obrero, pero el personaje no adquirió función dramática clara. La afinación irregular, una música de pasodoble larga y poco pegadiza y un uso reiterado de la sentimentalidad sin relato lastraron el pase. Las letras, centradas en Andalucía, vivienda y denuncia social, se quedaron en enumeración sin estructura. Los cuplés apenas dejaron rastro y el popurrí se convirtió en un collage de causas sin clímax. Una comparsa voluntariosa, pero lejos del nivel medio actual.
El primer gran punto de la función llegó con la chirigota gaditana ‘Los Robins’, regreso desde Santa María tras su última presencia en 2019. El tipo de Robin Hood gaditano que “recupera” lo robado al barrio se entendió al instante: gentrificación, pérdida de vecinos, alquileres imposibles y orgullo de residente. Musicalmente, la agrupación sonó muy gaditana, con pasodoble castizo pero refrescado, buena afinación y un grupo que creció a medida que avanzaba el pase. Los dos pasodobles destacaron por encima de la media: el primero, piropo inclusivo a Cádiz y sus personajes; el segundo, una crítica elegante a la sanidad pública desde las advocaciones del barrio. La tanda de cuplés, con el juego de “robar” cuplés históricos del concurso, funcionó por nostalgia y conocimiento de género, y el popurrí remató con un despliegue de localismo, humor y cariño bien medido. Candidata clara a cuartos.
La comparsa gaditana ‘El Manicomio’, de Jonathan Pérez Ginel, ocupó el siguiente tramo con una propuesta metacarnavalera sobre la “locura” de los autores y comparsistas por la fiesta. Estética ochentera, amarres y correas para simbolizar la condena febrerista y un grupo que celebra los 25 años de trayectoria de su autor. El primer pasodoble, autobiográfico, repasó cajonazos, éxitos y derrotas para concluir que el amor a la ciudad está por encima de cualquier primer premio; uno de los textos más sólidos de la noche. El segundo, una carta crítica a Juanma Moreno usando su papel de Baltasar, cargó con fuerza contra sanidad, dependencia y educación. Los cuplés se quedaron en simpáticos y el popurrí, complejo y exigente, mezcló reflexión sobre el oficio y crítica social con momentos de gran potencia. Candidatura firme para seguir en concurso.
Con ‘Cariño… vaya ambientazo’, la chirigota de Camas intentó repetir la fórmula del tipo “objeto simpático” que tan buen resultado le dio con las pelusas. Esta vez, los protagonistas eran ambientadores de coche. La idea, sin embargo, no terminó de cuajar. La presentación, apoyada en una melodía viral, resultó vistosa pero fría, y tanto los pasodobles —entre la autorreferencia y una delicada aproximación al TEA— como los cuplés, de disparate sin remate, quedaron por debajo del nivel de la propia agrupación el año anterior. El popurrí confirmó la fragilidad del concepto, agotado demasiado pronto.
Desde Marbella, la comparsa ‘El Desvelo’ aportó estética nocturna, velas simuladas y una metáfora clara: el día como ruido y conflicto, la noche como refugio y cultura. El pasodoble, con aroma reconocible de Manolín Santander, fue quizá lo más agradecido, junto a una música de buen gusto general. Las letras sociales —especialmente la dedicada a vivienda y ocupación— mostraron intención, pero la ejecución resultó irregular y el concepto se fue agotando sin encontrar un golpe definitivo. Una comparsa agradable, de sello propio, que se queda a medio camino en aspiraciones.
El momento más arriesgado de la función lo firmó la chirigota ‘Una chirigota en teoría’, que convirtió a Stephen Hawking en personaje carnavalesco. Humor negro, silla motorizada como eje del gag y un universo de ciencia pasada por el tamiz chirigotero. Los pasodobles supieron combinar risa, reivindicación y orgullo gaditano; los cuplés mostraron rapidez para la actualidad; y el popurrí se consolidó como una pieza delirante pero coherente, cerrando en un canto a la vida y a Cádiz. Una de las grandes noticias de estas preliminares.
Cerró la noche la comparsa ‘Los fantasmas’, de David Domínguez, con un tipo de almas en pena que, más que asustar, avergüenzan por ser gente que promete, presume y no cumple. El grupo sonó maduro y firme en los pasodobles, con una primera letra dedicada a la cantera y al papel de la mujer carnavalera, y una segunda muy dura contra el que fuera obispo de Cádiz. Los cuplés, discretos, y un popurrí donde el concepto terminó diluyéndose restaron empaque a un conjunto que, aun así, se mantiene competitivo para seguir adelante.
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