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‘El verdugo’ descarga una comparsa-opinión desde Jaén con discurso duro pero escaso vuelo competitivo en el COAC 2026

La comparsa de Vilches apostó por un tipo metacarnaval de ajuste de cuentas, con letras contundentes sobre campo andaluz y sindicatos, pero con música funcional, cuplés flojos y un popurrí sin dramaturgia

La comparsa ‘El verdugo’, procedente de Vilches (Jaén) y firmada en letra y música por Daniel Heredia, regresó al Gran Teatro Falla con un concepto apoyado en el verdugo carnavalesco como ejecutor moral. El planteamiento instaló la actuación en un metacarnaval de ajuste de cuentas, donde la guillotina y el hacha funcionaron como símbolos de sentencia: cantar para ejecutar, denunciar para ajustar y febrero como único territorio para la revancha.

La presentación dejó la idea expuesta sin ambages. El personaje se declaraba voz, autor, afición y costurera, y al mismo tiempo reo y juez. La guillotina dominó la escenografía y la letra explicaba el mecanismo: si antes condenaban a la comparsa, ahora la comparsa ejecutaría a quienes dictan sentencia. El discurso abrazó un modelo de comparsa-opinión que prescinde del personaje para priorizar el alegato. El grupo sonó compacto y serio, dentro del canon funcional que suele asociarse a la escuela jiennense.

El primer pasodoble resultó el tramo más singular del repertorio por su temática. La letra denunció la sustitución del olivar andaluz por macroproyectos de renovables, criticó la pérdida de identidad rural y cuestionó una “Agenda 2030” que, en el relato del texto, beneficia a actores externos a costa del territorio. La defensa del campo y del olivar, junto con la crítica a la “hipocresía ecologista”, se alejaron de los temas predominantes del COAC 2026, lo que dotó al pasodoble de personalidad dentro del conjunto de preliminares. La lectura fue directa, sin metáfora y sin sentimentalismo.

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El segundo pasodoble endureció el discurso, esta vez contra los sindicatos. La letra acusó a las organizaciones sindicales de traicionar a la clase trabajadora, laminar derechos y haberse convertido en estructura parasitaria dependiente de subvenciones. El tono fue frontal y literal, sin florituras, con un cierre que definió a los sindicatos como “maldito lobo con piel de cordero”. La pieza sorprendió por la dureza y por situarse en un carril discursivo poco transitado en el Falla, más acostumbrado al relato obrerista en sentido clásico que a su impugnación interna. La recepción fue templada, con respeto y sin alardes.

Musicalmente, los pasodobles respondieron al estándar funcional: ritmo lento, armonía simple, ausencia de diseño autoral y volumen interpretativo suficiente para sostener el texto pero sin brillo. La música no molestó, pero tampoco añadió capas ni profundidad. El resultado fue el de una comparsa que prioriza la opinión sobre la forma.

La tanda de cuplés fue residual. El primero narró un supuesto desgaste laboral en clave de excesos gastronómicos y festivos para desembocar en un remate ministerial sin vuelo humorístico. El segundo recurrió al tema de Andy y Lucas, muy presente en este COAC, sin aportar variación ni sorpresa. El estribillo jugó con el hacha y la “cabeza” como remate simbólico, pero no consiguió instalarse en el oído del público. La comicidad fue escasa y el tramo quedó en trámite.

El popurrí completó la estructura del verdugo como ajustador de cuentas, pero lo hizo sin dramaturgia ni arco emocional. La pieza alternó disculpas, crítica social, subida del coste de vida, salarios estancados, dependencia emocional y metacarnaval sentimental. La guillotina reapareció como símbolo, pero sin hilo narrativo que vertebrase el viaje del personaje. El popurrí funcionó como recapitulación del discurso, no como desarrollo. En lo musical, el bloque mantuvo el tono grave, lineal y sin riesgos.

Interpretativamente, la comparsa se movió en el nivel habitual del circuito de Jaén: afinación razonable, empaste correcto, potencia vocal justa y ausencia de color en el fraseo. El grupo cumplió, pero no destacó. La guitarra y la percusión acompañaron sin buscar diseño propio y el volumen fue suficiente para sostener el texto, verdadero eje del pase.

En clave competitiva, ‘El verdugo’ dejó una propuesta reconocible pero insuficiente para pasar de preliminares. Su singularidad residió más en los temas elegidos —campo, Agenda 2030 y sindicatos— que en su ejecución artística. El discurso fue claro, honesto y frontal, pero la música, la interpretación y la dramaturgia no encontraron forma de elevarlo. Fue una comparsa-opinión, seria y bien intencionada, pero sin poética ni viaje.




















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