La comparsa infantil ‘El grito del futuro’ convierte el Falla en una manifestación pacífica por la educación, la igualdad y Cádiz
El grupo gaditano defendió valores sociales desde un tipo hippie con pancartas, referencias a la ciudad y un popurrí final ambientado en la Plaza de San Juan de Dios.
La sesión infantil del COAC 2026 concluyó con la comparsa gaditana ‘El grito del futuro’, una propuesta con fuerte carga simbólica que trasladó al escenario del Gran Teatro Falla una manifestación pacífica protagonizada por niños que se reivindican a sí mismos como parte del porvenir. La agrupación, procedente de Cádiz capital, concurrió con letra y música de Miguel Ángel Cantero Tinajero e Irene Flores Peralta, bajo la dirección de Ana Romero Peralta, y supuso su debut en el certamen tras no participar en 2025.
El tipo se construyó desde la iconografía hippie: chalecos, tonos pastel, flores, cabello suelto y una colección de pancartas con mensajes que anticiparon el contenido del repertorio. “La cantera no se toca”, “Por un futuro sin bullying y sin complejos”, “Que ser mujer no me cueste la vida” o “Menos pisos turísticos, más vecinos” fueron algunos de los lemas visibles desde la platea. La imagen situó de entrada el discurso en la intersección entre infancia, ciudadanía y futuro, un enfoque poco habitual en cantera pero coherente con la edad de los intérpretes y la evolución temática observada en los últimos concursos.
En la presentación, la comparsa explicitó que aquellos niños que cantan son los mismos que heredan la ciudad y sus problemas. La narración se planteó desde la primera persona colectiva, sin victimismo y con afirmación identitaria: “para mí Cádiz vuelve a brillar”, decía uno de los mensajes. El gesto fue bien recibido por un público que permaneció numeroso hasta el cierre de la sesión.
El primer pasodoble abordó los valores educativos y la corresponsabilidad entre escuela y familia. La letra subrayó que no todo puede exigirse al profesorado, defendiendo el papel formativo de los padres en aspectos éticos y de convivencia. La exposición fue clara y directa, sin retórica adulta y con sensibilidad hacia el colectivo docente, uno de los temas recurrentes de esta edición infantil y juvenil.
El segundo pasodoble giró en torno a la identidad andaluza y la defensa frente al tópico del “vago” o del “payaso”. El texto reivindicó a Andalucía como territorio trabajador, con arte y con una cultura que no es obstáculo para el esfuerzo. La letra se ancló en la experiencia familiar: “mis padres son trabajadores”, apuntaban los intérpretes, asumiendo que parte de la identidad se aprende en casa. Se trata de otro tema que ha aparecido con cierta frecuencia en preliminares y semifinales infantiles, señal de que la cantera sintetiza discursos oídos en el concurso adulto.
El tercer pasodoble trató el amor fraternal, en un juego de equívoco inicial que parecía apuntar a una relación sentimental y terminaba en la relación entre hermanos. La letra introdujo una definición de amor que prescindió de romanticismo y mariposas para reivindicar la complicidad, la defensa mutua y la constancia cotidiana. Fue una de las piezas más emotivas del repertorio por su cercanía con la vida diaria de los intérpretes.
La tanda de cuplés optó por un giro costumbrista mucho más ligero tras tres letras de calado social. La primera pieza trató los pellizcos afectuosos de las abuelas; la segunda, a una vecina ruidosa y molesta. Ambas compartieron un mismo remate final, con ironía sobre ruidos y “aires” que circularon por lugares poco confesables. La decisión de rematar ambos cuplés de forma gemela reforzó el gag sin necesidad de recurrir a dobles sentidos adultos.
El popurrí amplió la dimensión escénica del proyecto mediante una proyección del Ayuntamiento de Cádiz como fondo, farolas y una puesta visual que trasladó la protesta a la Plaza de San Juan de Dios, lugar habitual de concentraciones reales. La idea conectó la ficción del Falla con la vida urbana. Musicalmente el popurrí trabajó estribillos coreables, con mensajes de futuro y llamadas a erradicar la guerra, el hambre y el bullying. Se insistió en la idea de que “el futuro somos nosotros”, explicitando la tesis identitaria del conjunto.
Desde el punto de vista interpretativo, la comparsa mostró solidez coral, afinación correcta en líneas generales y un fraseo claro, aspectos esenciales para una agrupación debutante. La dirección cuidó la proyección del texto y la movilidad escénica, ayudada por la ventaja del tipo —carteles visibles, gestualidad sencilla— que evitó excesivas exigencias actorales.
La recepción fue positiva y el cierre de sesión se realizó a las 3:15 horas, con público aún en sala, hecho reseñable considerando el horario infantil en fin de semana.
Con ‘El grito del futuro’, la cantera volvió a demostrar que el Carnaval infantil no se limita al juego imitativo del adulto, sino que puede generar discursos propios, vinculados a la vida escolar, familiar y urbana, y en este caso también a la ciudadanía. La propuesta aportó mirada social sin solemnidad, ciudad sin nostalgia y futuro sin ingenuidad, tres claves que sostienen una comparsa infantil que debutó con intención y con voz.





















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