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‘Los que se lo llevan calentito’ apuesta por el disparate visual en un pase desbordado y sin control en el Falla

La chirigota de Jerez presentó en el COAC 2026 una propuesta surrealista con Elliot y E.T. como repartidores a domicilio, marcada por el exceso escénico, el ruido y la falta de estructura humorística.

La chirigota ‘Los que se lo llevan calentito’, procedente de Jerez de la Frontera, regresó al Gran Teatro Falla en la fase de preliminares del COAC 2026 con un repertorio que apuesta por el disparate visual y el humor surrealista como eje central. El grupo, con letra de Manuel Alejandro García Rey, música compartida con Álvaro Astorga Cardoso y Manuel Jesús Vergara Román, y dirección de Astorga, afronta su segunda participación consecutiva en el concurso tras ‘Tik Tok’ en 2025.

La presentación plantea un juego de equívocos desde el primer momento. El título sugiere inicialmente una lectura picaresca, pero el tipo se revela como una reinterpretación literal del reparto de comida a domicilio. En escena aparece Elliot, el niño de E.T., convertido en repartidor que “vuela” para entregar pedidos calientes, acompañado por el propio extraterrestre. La idea se apoya en referencias cinematográficas reconocibles, bicicletas voladoras, gaviotas que simbolizan la orquesta y una puesta en escena cargada de humo. El arranque despierta curiosidad y sorpresa, aunque pronto deriva hacia un planteamiento excesivo que dificulta la lectura del conjunto.

Los pasodobles se mueven en un registro muy básico. El primero funciona como un piropo genérico a Cádiz desde la mirada del chirigotero jerezano, sin desarrollo ni remate que aporte una lectura propia. El segundo adopta un tono de denuncia directa hacia la clase política, citando nombres propios de distintos partidos y cargos públicos para señalar la corrupción y la subida de sueldos. El texto opta por una enumeración acumulativa, más apoyada en el impacto de los nombres que en una construcción humorística o crítica elaborada.

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Los cuplés no consiguen levantar el bloque corto. El primero gira en torno a un accidente trasero con una furgoneta y se diluye sin remate claro. El segundo alude a entradas para ver a Martínez Ares, sin terminar de cerrar el chiste. La dicción irregular, el ruido constante y el abuso de recursos escénicos impiden que los golpes lleguen con claridad al patio de butacas. El estribillo tampoco actúa como elemento cohesionador.

El popurrí se extiende durante más de lo necesario y se convierte en un encadenado de escenas sin orden definido. Aparecen marcianos, repartos interplanetarios, referencias sexuales, inteligencia artificial, Tinder, cumpleaños infantiles y chistes acumulativos que no siguen una progresión narrativa. El uso continuado de humo y los gritos constantes acentúan la sensación de caos y terminan por diluir cualquier hilo conductor. La propuesta parece avanzar por acumulación más que por desarrollo.

En el plano interpretativo, la chirigota acusa falta de control vocal, con excesos de volumen y escasa modulación. La escena se percibe desordenada y ruidosa, más cercana al impacto visual que al juego humorístico. La intención de llevar el disparate al límite no se traduce en una propuesta sólida, sino en una sucesión de ocurrencias sin jerarquía.

El valor añadido del pase llega en el tramo final con la aparición de María de Plutón, cameo que provoca la reacción más reconocible del público y aporta un cierre identificable dentro de un repertorio errático. Sin embargo, este recurso puntual no compensa las carencias acumuladas durante el desarrollo del pase.

La sensación final es la de una actuación caótica y muy irregular, en la que la idea no consigue sostener el repertorio. El humor se pierde entre el exceso de estímulos, el ruido y la falta de estructura, dejando a la chirigota en la zona baja de la sesión, con escaso recorrido competitivo en el concurso.





























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