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Javier Ramírez: «Quería escribir una novela basada en hechos reales y Cádiz me ofrecía una historia extraordinaria»

Redacción 27 junio, 2026 8 minutos de lectura

El historiador y profesor universitario presenta El museo infinito en la Feria del Libro de Cádiz, un thriller histórico que parte del paso documentado del Salvator Mundi por la ciudad en el siglo XVIII y combina hechos reales con una trama de ficción.

Doctor en Historia, profesor universitario y autor de varios libros de divulgación, Javier Ramírez ha dado el salto a la ficción con El museo infinito, una novela que combina historia, arte y misterio a partir de un episodio poco conocido: el paso del Salvator Mundi, la célebre obra atribuida a Leonardo da Vinci, por la ciudad de Cádiz en el siglo XVIII. A partir de ese hecho documentado construye un thriller histórico en el que los acontecimientos históricos sirven de base a una trama de ficción que invita al lector a recorrer museos, descubrir grandes obras de la pintura y preguntarse continuamente dónde termina la realidad y comienza la imaginación.

Con motivo de su participación en la Feria del Libro de Cádiz, conversamos con el autor sobre el origen de la novela, la importancia que la documentación histórica tiene en su forma de escribir, el papel que desempeña Cádiz en la historia y la acogida que está teniendo entre unos lectores que, según reconoce, terminan leyendo con el móvil o la tableta al lado para buscar los cuadros, los artistas y los museos que aparecen en sus páginas. Además, adelanta que ya ha concluido su segunda novela, un thriller policíaco que espera ver publicado en los próximos meses.

El museo infinito parte de un episodio histórico poco conocido: el paso del Salvator Mundi por Cádiz. ¿Cómo descubrió esa historia y qué le hizo pensar que podía convertirse en una novela?

Soy doctor en Historia y leo continuamente. Siempre me había interesado Leonardo da Vinci y la historia de este cuadro, al que se le había perdido la pista hasta que reapareció en una subasta. A partir de ahí empecé a investigar sobre el Salvator Mundi y descubrí que había estado en Cádiz durante el siglo XVIII. Ahí se me encendió la bombilla. Pensé que ahí había mucho donde rascar.

Además, tuve la suerte de descubrir que el propietario del cuadro en Cádiz había sido mecenas de Goya. Era como si me estuvieran poniendo la pelota botando: tenía a Leonardo da Vinci, a Goya, a un mecenas con una enorme relevancia histórica que además fue tesorero de Carlos IV y a un cuadro que había pasado por Cádiz. Todo eso me daba la oportunidad de construir una historia basada en hechos reales e intentar que resultara lo más verosímil posible.

—Su trayectoria profesional está muy ligada a la investigación histórica. ¿Qué le llevó a dar el salto a la ficción y cómo conviven en El museo infinito la documentación histórica y la imaginación?

Hasta ese momento había escrito varios libros de divulgación y ensayo. Además, siempre he sido un gran lector; estoy continuamente leyendo y siempre tengo un libro entre las manos. Con el amigo Miguel Ángel García Argüez, «Chapa», ya había realizado algunos cursos de escritura creativa, pero siempre sentía que se me quedaban cortos. Tenía la sensación de que necesitaba más herramientas para afrontar una novela.

Después hice un curso de escritura creativa a distancia en la Universidad de Valencia que sí me proporcionó esas herramientas para construir una novela de mucha más envergadura, con una estructura y un armazón bastante más complejos. En ese momento pensé: «Ya tengo las dos cosas que necesitaba: las herramientas y una historia que contar». Y fue entonces cuando decidí lanzarme.

En cuanto a la relación entre realidad y ficción, prefiero que sea el lector quien descubra dónde termina una y empieza la otra. Podríamos hablar de un cincuenta por ciento de realidad y otro cincuenta por ciento de ficción, pero toda la novela está construida sobre una base de datos históricos reales. Las fechas, las cronologías y los acontecimientos relevantes que aparecen en el libro responden a hechos históricos contrastados. A partir de ahí empieza el trabajo del novelista: enlazar todos esos datos y construir una historia capaz de convencer al lector. Al fin y al cabo, no deja de ser una novela, no un ensayo. Precisamente esa base histórica hace que la historia resulte más verosímil y, creo, también más divertida, porque el lector termina preguntándose continuamente qué parte ocurrió realmente y cuál pertenece a la ficción.

—Como historiador habrá encontrado muchas historias sorprendentes en los archivos. ¿Por qué eligió precisamente esta para su primera novela y qué papel juega Cádiz en ella?

Una de las cuestiones que quise abordar desde el principio fue situar el marco histórico y muchas de las escenas relevantes en la ciudad de Cádiz. Al tratarse de mi primera novela, eso me permitió sentirme muy cómodo. No es lo mismo describir o inventar pasajes en una ciudad que no conoces bien que hacerlo en un escenario que sientes como tuyo, y eso me facilitó mucho el proceso de escritura.

Además, el hecho de que la novela girara en torno al paso del Salvator Mundi por Cádiz me permitía matar dos pájaros de un tiro. Por un lado hablaba de una obra de arte de enorme relevancia y de un pintor mítico como Leonardo da Vinci; por otro, podía hacerlo desde una ciudad que conozco perfectamente.

Pero es que no solo estaba el cuadro. También estaba Goya, otro de los grandes nombres de la historia del arte. Su estancia en Cádiz, la enfermedad que sufrió aquí mientras trabajaba en la Santa Cueva y la figura de Sebastián Martínez y Pérez, que fue su mecenas, lo acogió en su casa durante la convalecencia y, además, era propietario del Salvator Mundi, creaban una conexión extraordinaria.

Había tantos datos históricos reales, relevantes y perfectamente documentados relacionados con Cádiz que encontré el eje perfecto sobre el que construir la novela. Como decía antes, era como si me estuvieran poniendo la pelota botando. Yo quería escribir una historia y, durante el proceso de investigación, de lectura y de creación de los personajes, se iban dando todos los ingredientes para que Cádiz acabara convirtiéndose en el centro de la narración. Aunque es una novela muy internacional y buena parte de la acción transcurre en otras ciudades importantes del mundo, todo termina girando alrededor del cuadro y de Cádiz.

—Los lectores de novela histórica suelen disfrutar cuando un libro les anima a investigar por su cuenta y a descubrir qué hay de real detrás de la historia. ¿También era uno de sus objetivos al escribir El museo infinito?

Hay una idea que se está repitiendo bastante entre los lectores que ya han podido leer la novela y, la verdad, me gratifica mucho. Una novela, o la literatura en general, puede ser simplemente entretenimiento, y ese ya sería un objetivo más que suficiente. Yo no pretendía ir mucho más allá, pero al tratarse de una historia muy vinculada al arte, en la que aparecen muchos cuadros, muchos museos y una enorme carga visual, me está ocurriendo algo muy curioso.

Muchos lectores me dicen que El museo infinito prácticamente obliga a leer con el móvil o la tableta al lado. Cuando describo un cuadro, una sala de un museo o un nuevo hallazgo, sienten la necesidad de buscar esa obra o ese lugar para verlo con sus propios ojos. Es una novela muy visual y, a medida que avanza la trama, van apareciendo Velázquez, Picasso, Rubens, Van Dyck y otros grandes maestros de la pintura. Cuando el lector se encuentra con esos cuadros, con esos museos y con la aventura que gira alrededor del Salvator Mundi, es muy difícil no sentir curiosidad. Al final terminas preguntándote cómo será ese museo, cómo será esa sala o cómo es realmente ese cuadro que se está describiendo, y esa inquietud hace que la lectura vaya más allá del propio libro.

Eso es precisamente lo que me están transmitiendo muchos lectores y me parece muy interesante, porque al final consigues dos cosas al mismo tiempo: entretener y despertar la curiosidad. Hay personas que terminan descubriendo un cuadro que nunca habían visto o un pintor en el que nunca se habían fijado simplemente porque la novela les ha llevado hasta él. Si un libro consigue que el lector cierre una página para buscar una obra de arte y después vuelva a la historia con más ganas de seguir leyendo, creo que ha cumplido una función muy bonita.

—Después de esta primera experiencia como novelista, ¿ya hay otra historia esperando convertirse en libro?

La verdad es que sí. De hecho, hace apenas una semana terminé mi segunda novela. El museo infinito la acabé de escribir en septiembre, pero todos sabemos que el proceso de corrección, maquetación y edición es largo y, en ocasiones, bastante complejo. Desde que terminé el manuscrito hasta que el libro llegó a las librerías pasaron varios meses y, durante todo ese tiempo, no he dejado de escribir.

Durante ese tiempo escribí un thriller policíaco que espero que sea mi siguiente publicación. Ya está en manos de un par de editoriales; hay una especialmente interesada y, si todo va bien, podría ver la luz en octubre.

Lo cierto es que cuando te pica el gusanillo de la escritura resulta difícil dejarlo. El poco tiempo libre que tienes acabas dedicándolo a sentarte un rato delante del ordenador y seguir escribiendo. Es verdad que a partir de septiembre tendré menos tiempo porque vuelvo a salir en Carnaval y eso siempre ocupa muchas horas, pero la escritura se ha convertido en una actividad que disfruto muchísimo y que me gustaría seguir desarrollando. Es una experiencia muy gratificante. Como me dice mi madre, «qué vicio más bonito es la escritura».