Sanidad pública, vivienda, fantasía juvenil y cuarteto clásico en una noche heterogénea que dejó un reparto desigual de conceptos y ejecuciones sobre las tablas
La sesión dejó una fotografía nítida del Concurso 2026: el Carnaval vuelve a ocupar terreno político, los discursos sociales ganan peso en las modalidades mayores y algunas agrupaciones ensayan reposicionamientos que alteran su identidad previa. Si el pasado año el eje dominante fue la turistificación, esta vez la sanidad pública, la vivienda y la identidad cultural local comparecieron en escena con distintos registros, desde la sátira al dramatismo.
Abrió el coro de José Manuel Valdés con ¡Qué pechá de paja!, una granja disparatada que reivindica el espacio del llamado “chiricoro” dentro de la modalidad. Bajo el humor grueso del tipo —burritos, gallinas, vacas y un granjero patrón del caos— apareció la estructura reconocible del grupo: tangos clásicos bien facturados, bastinazo sin complejos en cuplería y un popurrí apoyado en la acumulación humorística. El homenaje al componente fallecido Ensaladilla aportó el único trazo emotivo del pase, sobrio y bien integrado. Competitivamente, Valdés supo aprovechar el tipo para colar crítica política en el segundo tango y dejó claro que su apuesta no es competir por el canon, sino por la diversidad interna de la modalidad. La sesión arrancó arriba y con sello.
Tras el coro, la comparsa chipionera de los hermanos Gómez presentó El refugio, una propuesta fantástica que imaginaba un hotel abandonado en el que se esconden monstruos, inadaptados y seres raros expulsados del mundo y rescatados por febrero. La idea es buena sobre el papel, especialmente para una comparsa joven: metáfora clara, estética funcional y posibilidad de construir dramaturgia desde la fantasía. Sin embargo, el desarrollo terminó disperso. El primer pasodoble abordó la salud mental juvenil con voz generacional; el segundo, revisionismo político y nostalgia autoritaria. Ambos conectaron con la actualidad, pero el hotel nunca logró convertirse en verdadero eje dramático del repertorio. El popurrí acabó convertido en catálogo de escenas y guiños —Cádiz, precios del alquiler, vampiros, lunas, Rocío Jurado— sin cierre cohesivo. El grupo confirma crecimiento, pero necesita arquitectura.
El tercer pase fue uno de los más comentados por el giro que encerraba: la chirigota de Miguel Ángel Ríos y Víctor Jurado volvió al Falla con Los camper del sur, mudando su identidad gamberra por un discurso casi exclusivamente político. La camper funciona como metáfora: ante la imposibilidad de alquilar o comprar en Cádiz, la vida se traslada a una furgoneta. La presentación marcó el tono: turistificación, desplazamiento social, gentrificación cultural y expulsión de la población local. Los pasodobles reforzaron el planteamiento, con una carta de amor a la ciudad popular primero y con la huelga del metal después, donde la copla se alineó sin ambigüedad con el movimiento y recuperó lemas y escenas de las protestas recientes. Los cuplés fueron respiro humorístico y el popurrí remató el giro: menos chiste, más tesis. La decisión deja consecuencias competitivas y de lectura: la chirigota aporta contenido, pero renuncia a la carcajada. Cambio profundo que el Concurso no ve todos los años.
El cuarteto de Manuel Jesús Gámez aportó la pieza de estilo: Los tres cuarteteros y un aprendiz porculero recuperó la parodia rimada, el diálogo teatral y la narrativa larga como defensa explícita del cuarteto clásico. Con los mosqueteros como herramienta visual y un aprendiz de Carnavales como hilo conductor, el pase alternó chanza meta-carnavalesca, crítica local sobre vivienda y turistificación y un cierre emocional a favor del compañerismo. No pretende viralidad, ni golpe sintético, ni formatos híbridos: es un cuarteto académico dentro de un Concurso que tiende a la hibridación. En una sesión cargada de discursos sociales, aportó contraste formal.
La comparsa Mindundi, procedente de Isla Cristina, confirmó su línea ascendente con un pase vocalmente potente y literariamente coherente. El concepto convierte al ciudadano irrelevante —el que no cuenta para nadie— en figura simbólica y motor de relato. Huelva vino a competir, no a visitar. Homenaje a José Luis Arniz en el primer pasodoble, crítica sanitaria en el segundo y un popurrí que sostuvo el tono sin estridencias. Falta el golpe que cierre competitivamente, pero hay identidad y hay oficio.
El cierre de la sesión quedó para la comparsa más esperada de la noche: DSAS3, de Jesús Bienvenido. Tras el primer premio con Las ratas, el autor regresó con una apuesta sin matices: sanidad pública, privatización y deriva neoliberal del sistema sanitario andaluz. El tipo —bufones sanitarios en hospital distópico— no era mero adorno, sino soporte teatral del discurso. La presentación golpeó con dureza, los pasodobles ampliaron el arco —La Viña y ultraderecha europea— y el popurrí clausuró el relato describiendo el deterioro sistémico. Fue el pase más político, más serio y más apuntado de la sesión. Bienvenido no vino a certificarse: vino a discutir el país.
En la lectura final, la sesión dejó una tendencia: vuelta del conflicto social al Falla, mayor peso de la política, uso del Carnaval como análisis y no solo como entretenimiento y un movimiento significativo en chirigota, donde uno de los grupos que más había empujado la incorrección humorística decidió mutar hacia el discurso. El Concurso 2026 empieza a dibujar un mapa donde la risa coexiste con la tesis y donde las modalidades mayores absorben debates contemporáneos sin pedir permiso.






