El coro ‘Al garete’ naufraga en su estreno en el Falla y queda fuera de la pelea competitiva
La propuesta del Banderas recurrió a la metáfora del barco a la deriva, pero la ejecución coral, la afinación y el desarrollo musical impidieron sostener el repertorio
El coro del Banderas regresó al Gran Teatro Falla con Al garete, una propuesta construida sobre la imagen de un barco sin timón tripulado por bucaneros que deciden navegar hacia Cádiz para sumarse a la rebelión carnavalesca. El planteamiento contenía una metáfora funcional: la deriva como síntesis del malestar social y como excusa para un repertorio que mezclara aventura, denuncia y épica popular. Sin embargo, el pase acabó confirmando el propio título de la obra: el coro no consiguió enderezar el rumbo en ningún tramo del repertorio.
La presentación fue lo más inteligible del conjunto. Allí se explicó quiénes eran estos corsarios urbanos, por qué expulsaron a su capitán y cómo decidieron lanzarse al mar rumbo a la ciudad. El tipo, con cuidada estética de finales del siglo XVII, funcionó visualmente y apuntó hacia una lectura teatral del grupo. Hasta ese momento la propuesta parecía tener estructura y posibilidad, pero fue una impresión fugaz.
La deriva comenzó con el tango, pieza que en la modalidad actúa como columna vertebral. El primero intentó articular un catálogo de colectivos desplazados —sanitarios, mujeres, infancia, profesiones precarizadas— para trazar una denuncia social contemporánea. La intención discursiva era clara, pero la ejecución coral no acompañó: afinación irregular, emisión desajustada, empaste débil y un resultado plano que no encontró vuelo melódico ni impacto emocional.
El segundo tango se centró en la lengua andaluza, mezclando vocabulario popular —“wachinai”, “guirigáis”, “bujío”, “lejigueras”— con un guiño al pregón de Manu Sánchez. La defensa del habla fue bien recogida por parte del público, acostumbrado a ese tipo de reivindicaciones en Carnaval, pero la copla volvió a quedar lastrada por la falta de ajuste coral y por un fraseo atropellado que impedía disfrutar de la letra.
El problema técnico central del pase se situó en la batería. La incorporación del instrumento —habitual en coros desde hace años— requiere ajuste fino entre cuerda grave, cuerda masculina, cuerda femenina y percusión. En Al garete ese equilibrio no apareció en ningún momento. El coro y la batería circulaban en tiempos distintos, interrumpiéndose y generando una sensación continua de descoordinación. El resultado fue un repertorio donde el ritmo empujaba al coro y el coro empujaba al ritmo, sin que ninguno lograra hacerse con el mando del barco.
Los cuplés funcionaron como alivio pero no como solución. La idea del “casi-algo” se utilizó dos veces, primero en clave sentimental y luego asociada al apagón eléctrico de abril. Ninguno de los remates encontró el golpe humorístico y el estribillo quedó como simple trámite. La chirigota del coro, que en otras agrupaciones ha servido para oxigenar pase, apenas sumó en esta ocasión.
El popurrí fue el tramo más complejo para el grupo. La apuesta por una estructura narrativa que mezclaba navegación, rebeldía, dolor social y épica marinera no llegó a materializarse por la misma razón que el resto del repertorio: falta de ajuste. La percusión marcó un compás distinto al de las voces, la afinación se resintió en varias entradas y el conjunto terminó en un tramo final más confuso que resolutivo. El barco acabó en el muelle sin haber encontrado rumbo.
Competitivamente, el pase fue muy flojo. La propuesta tenía concepto, tipología coherente y voluntad de discurso, pero el Falla exige solvencia coral, precisión rítmica y tango de peso. Al garete no alcanzó ninguno de esos mínimos y quedó desde su estreno fuera de cualquier debate de corte o fase. El propio título del coro terminó convertido en resumen de la actuación.



















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