El cuarteto de Gámez recupera el estilo clásico con ‘Los tres cuarteteros y un aprendiz porculero’
El grupo de Cádiz apuesta por la parodia rimada, el teatro y la narrativa larga en una defensa del cuarteto tradicional
El cuarteto de Manuel Jesús Gámez Collantes regresó al Gran Teatro Falla con Los tres cuarteteros y un aprendiz porculero, una propuesta que reivindica de forma abierta el cuarteto clásico, sustentado en la parodia rimada, la declamación teatral y una estructura narrativa que se extiende durante todo el repertorio. La agrupación, nueva en 2025 pero con vínculos reconocibles para el aficionado, se apoyó en la figura de los mosqueteros para construir un relato de iniciación en el Carnaval, con un aprendiz empeñado en convertirse en cuartetero.
La parodia inicial abre el pase contextualizando al espectador en una especie de universo carnavalesco reinventado: Enrique Miranda elevado a figura histórica, referencias a la “era uno” y un lenguaje paródico de época que sostiene toda la escena. El humor se basa en la confusión continuada —mosqueteros/cuarteros—, el juego con las rimas y el contraste entre el habla refinada y el costumbrismo gaditano. La interpretación es deliberadamente teatral, con dicción cuidada y acento clásico, lo que acerca el conjunto a los códigos de la modalidad de finales del siglo XX.
El personaje central es el aprendiz, decidido a triunfar en el Carnaval pese a no tener talento para comparsa ni para coro, lo que lo aboca al cuarteto casi por herencia. La historia avanza con diálogos elaborados, exageraciones y una sucesión de entradas y salidas que buscan mantener la escena viva. La agrupación incorpora el recurso metacarnavalesco: el niño quiere formar un cuarteto y necesita el aval de los veteranos, quienes a su vez discuten las normas internas de la modalidad —parodia rimada, cuplés, tema libre o popurrí, figurantes— en clave humorística.
La tanda de cuplés es la que introduce la crítica de actualidad, hasta entonces ausente. El primero aborda la turistificación y, sobre todo, la presión inmobiliaria en Cádiz, con un jefe enriquecido por Euromillones comprando pisos por toda la ciudad y pudiendo aparcar “en zona verde en todos los barrios”, seguido del estribillo “Cádiz, ¿qué está pasando?”. El segundo se dirige a la moda de las abuelas en TikTok, rematado con un humor negro que vincula el baile con el tanatorio. Ambos funcionan en su equilibrio habitual en la modalidad: crítica local, anécdota generacional y remate final. El público captó bien el primero por su lectura social y por su aterrizaje local.
El popurrí, que aquí funciona como continuación argumental, relata el viaje del aprendiz hasta Cádiz, utilizando una narrativa casi de novela picaresca: la madre que lo amenaza con acabar en el coro de Valdés si no prospera, la pelea con un jinete de bigote, la paliza en la taberna y el encuentro con la doncella, que finalmente lo rechaza para irse con un comparsista. La musicalidad es sencilla y el humor se apoya en la escena más que en el chiste, con referencias reconocibles para el aficionado. La última cuarteta introduce el mensaje más serio del repertorio: “Si vas a salir en carnavales, que sea junto a tus amigos”, un cierre emocional que reivindica el compañerismo frente al ego, y que arrancó aplausos.
La propuesta de Gámez apuesta sin complejos por el código tradicional del cuarteto, lo cual es, en el contexto del Concurso, casi una tesis. Frente a los formatos más híbridos que han aparecido en los últimos años, este grupo vuelve a la parodia rimada, al diálogo largo y a la continuidad teatral. No busca golpes virales ni frases para camiseta, sino mantener un género que depende de la escena más que de la risa inmediata. El resultado es coherente con la intención: un cuarteto académico, reconocible y orgulloso de serlo.

















Contenido recomendado





