‘La biblioteca’ convierte el Falla en un archivo vivo del Carnaval desde el metacarnaval más reconocible
La comparsa gaditana de Palmira Santander y Manuel Cornejo apuesta por custodiar el legado coplero con un pase cuidado, emotivo y sin riesgo
La comparsa La biblioteca presentó en el Gran Teatro Falla una propuesta abiertamente metacarnavalera que convierte las tablas en un archivo vivo donde se guardan coplas, censuras, libretos y recuerdos íntimos del Carnaval. El concepto, firmado por Manuel Cornejo y Manolín Santander y dirigido por Palmira Santander, mezcla pedagógica carnavalera, memoria sentimental y una estética muy reconocible en la producción reciente del tándem. La sensación final es la de un proyecto redondo en forma y en cuidado, pero que no termina de salir de la zona de confort en lo conceptual.
El arranque definió con claridad la tesis: estas bibliotecarias protegen el legado de la fiesta, ordenan su canon y abren sus estanterías a un público que asiste a un recorrido por los rincones de la historia coplera. La escenografía fue uno de los puntos fuertes del pase. La recreación del archivo, la limpieza visual del vestuario y el uso de objetos escénicos aportaron coherencia y ayudaron a fijar el relato. La compenetración del grupo y la dirección de Palmira sumaron equilibrio y alegría a una comparsa que ya transmite sello propio.
Las letras de los pasodobles elevaron el nivel del repertorio. El primero reflexionó sobre la figura de Cádiz entendida como mujer —madre, amante y musa del Carnaval— para darle la vuelta desde la exigencia: si Cádiz fuese realmente mujer, no permitiría que sus hijos se marchasen o que la ciudad se vaciase. El segundo fue más frontal al abordar la decisión del párroco de Santa Cruz de impedir la presencia de acólitas en el Medinaceli. La copla expuso la contradicción entre un discurso religioso que predica igualdad y una práctica que excluye a las mujeres de determinados roles litúrgicos, un enfoque poco habitual en la modalidad.
Los cuplés optaron por el terreno del humor amable. El primero jugó con el salto estético del Cádiz romano al hipotético Cádiz árabe, tirando de camellos y grifa con un remate simpático. El segundo, más sencillo, imaginó el miedo de encontrarse a Julio Iglesias “doble máquina” en una esquina. Sin alardes, pero eficaces para llevar al estribillo, una de las piezas mejor resueltas del repertorio.
El popurrí continuó la ruta metacarnavalera: Cádiz como museo de coplas, la Caleta como seminario sentimental de nuevas generaciones, los balcones como vitrinas del artesano y la ciudad como archivo vivo que no necesita vitrinas institucionales para legitimarse. El relato desemboca en la despedida de la propia biblioteca, que cierra sus puertas hasta el próximo febrero, dejando la sensación de que el Carnaval es memoria compartida antes que espectáculo competitivo.
La biblioteca es una comparsa agradable, cuidada, emotiva y coherente, que consolida el proyecto de los Santander y Cornejo en la modalidad. Su único límite está en el propio modelo: el metacarnaval, cuando no arriesga, tiende a la autosatisfacción. En este caso, la comparsa decide custodiar el legado antes que reescribirlo, lo cual garantiza solvencia, pero reduce la sorpresa en un año donde el metacarnaval abunda.





























