‘La chirigota de la isla’ se estrena en el Falla con humor y mirada generacional desde San Fernando
El grupo isleño recrea un viaje escolar que termina en una isla desierta para hablar de pantallas, extraescolares y reciclaje en clave carnavalera.
La jornada infantil del COAC 2026 recibió a ‘La chirigota de la isla’, procedente de San Fernando, con letra de Marco Antonio Romero de la Cruz, música de Pablo de la Rosa Ortega, Iván Romero Castellón y el propio Romero de la Cruz. La agrupación estuvo dirigida y representada legalmente por Pablo de la Rosa Ortega. En 2025 participaron bajo el nombre ‘Los trataratachín’.
El telón descubrió un forillo que representaba una isla desierta, con vegetación artificial, una pequeña playa y referencias marinas. Entre los elementos del atrezo llamó la atención un balón similar a “Wilson” —reconocible por el público— que subrayaba la estética de náufragos. El planteamiento dramatúrgico situaba al grupo en un viaje escolar en barco por la bahía de Cádiz que termina convertido en naufragio humorístico: los niños quedan atrapados en la isla “hasta que llegue el verano”.
Los tipos contribuyeron a redondear la idea. Los intérpretes llevaban cascos hechos con cocos y libretas a modo de visera, algas en el pelo, chaquetas desgastadas y pantalones remendados. Varias medusas realizadas en crochet completaban el atrezzo, mostrando un acabado cuidado y un punto artesanal que fue señalado desde el palco.
La presentación explicó el marco narrativo: una clase de colegio que encalla en la isla durante un viaje de fin de curso. Los niños pasan a ser una “tribu de náufragos simpáticos” que espera el rescate entre juegos, inventos precarios y descubrimientos ajenos a las rutinas urbanas.
El primer pasodoble giró hacia el choque generacional. La letra reivindicó juegos tradicionales que practicaron padres y abuelos —carreras, escondites, chapas, trompos— frente a la presencia dominante de las pantallas en la infancia, denunciando que “los niños están un poco atontados delante del móvil” y apelando a recuperar la relación social “de carne y hueso”. El público reconoció la situación con gestos de complicidad.
El segundo pasodoble abordó la cobertura mediática de la cantera a través de la retransmisión. La letra agradeció explícitamente el trabajo de la televisión municipal y la radio para llevar la actuación a abuelos, familiares y personas que no pueden desplazarse al teatro, cuestión comentada en directo por los presentadores del concurso. La pieza también recordó que la cantera se retransmite desde hace décadas, mucho antes de la generalización de las plataformas digitales.
La tanda de cuplés se resolvió en tres piezas. El primero relató la compra de un coche inteligente por parte del padre, rematado con un chiste escatológico clásico del repertorio infantil sobre la capacidad del vehículo para detectar “aires” del conductor. El segundo enumeró el exceso de extraescolares y clases que los componentes asumen durante la semana, hasta el punto de tener solo el domingo para descansar “y encima hay que cantar”. El tercero jugó con la simultaneidad de fiestas en el calendario —Navidad, Carnaval y Semana Santa— y el hábito de terminar cualquier celebración cantando villancicos, en un guiño al solapamiento real de agendas y polvorones todavía presentes en los hogares.
El popurrí integró varias escenas sobre la adaptación a la isla: la dificultad para conseguir cobertura y ver la novela, el uso imaginativo de objetos abandonados en la playa y, como eje central, una canción dedicada al reciclaje. La agrupación planteó una dinámica acumulativa en la que cada objeto que llega a la isla —botellas, latas, bicicletas, bocadillos, dulces— acaba en la misma consigna: “para reciclar”. La pieza actuó como final consciente del repertorio, mostrando cómo el contexto de náufragos permite introducir aprendizajes urbanos desde la ironía.
El cierre ofreció un mensaje más reflexivo. Antes de despedirse, el grupo pidió al público recordar “lo que la isla enseñó: echar bien la soledad”, interpretado como una invitación a reconectar con el tiempo lento, los amigos y el juego no estructurado. Una idea que enlaza con el primer pasodoble: menos pantallas, más infancia compartida.
Con ‘La chirigota de la isla’, San Fernando aportó a la final infantil una propuesta cohesionada, con estética reconocible, humor blanco y contenido social atravesado por experiencias cercanas a la infancia real: el ritmo académico, el tiempo libre, las fiestas encadenadas, los viajes escolares y el exceso de actividades. Una forma de contar el mundo desde los náufragos del presente.



























