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La chirigota ‘Los de la tribu de al lao’ firma un regreso irregular con una idea que no termina de cuajar

El grupo gaditano de José Miguel Choza presentó ‘Los de la tribu de al lao’, un tipo de tribu caníbal con derivaciones metacarnavaleras y andalucistas cuyo desarrollo no logró consolidar un concepto claro ni humor sostenido.

La chirigota gaditana ‘Los de la tribu de al lao’, con letra y música de José Miguel Choza y dirección de Juan Manuel Agrasso, compareció en el Gran Teatro Falla con un tipo que situó a los componentes como miembros de una tribu dispuestos a cocinar en grandes ollas a distintos personajes del universo carnavalesco. El grupo, que actuó por última vez como chirigota en 2022 con ‘Los COAC Toys’, retornó a la modalidad tras su paso por comparsas.

La presentación arrancó con la irrupción de dos componentes de otra agrupación dentro de las ollas, construyendo un gag metacarnavalero que, lejos de servir como código de lectura del tipo, acabó abriendo una vía que luego no se consolidó en el repertorio. La escena mostró una tribu de caníbales que preparaba el puchero con condimentos mientras el coro del grupo enumeraba nombres y referencias al carnaval reciente. El bloque mezcló sátira interna y referencias reconocibles, pero dejó sensación de desconcierto por la amplitud de los registros utilizados y la falta de un hilo claro.

El primer pasodoble abordó la pérdida de población en Cádiz con referencias sentimentales y un remate que evocó el dolor por quienes se marchan. La música mantuvo el sello reconocible de Choza, con melodía clásica y estructura correcta. La interpretación, sin embargo, se mostró excesivamente potente en algunos tramos, tapando la línea melódica. La letra apuntó a un tema local y de impacto social, bien planteado pero sin giro final que potenciara el cierre.

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El segundo pasodoble giró hacia lo sentimental a través de la historia de dos mujeres enamoradas cuya relación se vio obligada a ocultarse y que terminó derivando en un matrimonio de conveniencia con un hombre. La letra trató el amor lésbico desde la emotividad y reivindicó la libertad para vivir la pareja con naturalidad. La música sostuvo el relato y el remate resultó más efectivo desde lo emocional que desde lo humorístico.

Los cuplés constituyeron el tramo más débil de la actuación. El primero recurrió al humor escatológico a partir de una cena en Aponiente, el uso del cuarto de baño inteligente y un episodio posterior en un hotel durante una celebración de cumpleaños. La acumulación de referencias y remates de registro grueso no consiguió generar cohesión humorística. El segundo cuplé concatenó referencias metacarnavaleras y mediáticas —Peralta, Miranda, Mérida, negacionistas— sin un hilo narrativo que sostuviera el remate. El cierre no aportó lectura nueva sobre el tipo ni disparó el humor.

El popurrí modificó el enfoque global del tipo y lo transformó en un viaje por distintas provincias andaluzas, desde Almería hasta Córdoba, con referencias a figuras populares y tópicos culturales. La deriva hacia un recorrido turístico desdibujó aún más el concepto inicial de la tribu, que dejó de funcionar como metáfora de la sociedad o del propio Carnaval para convertirse en un pretexto variable para encadenar escenas. El bloque cerró con una declaración andalucista en clave sentimental y defensiva, en contraste con el tono más humorístico del arranque del repertorio.

En lo interpretativo, la chirigota mostró potencia vocal y una presencia escénica trabajada, si bien la proyección excesiva en algunos pasajes dificultó el equilibrio musical. La puesta en escena fue reconocible, con plumas, utensilios de cocina y ollas que permitieron identificar el tipo, pero sin desarrollo dramatúrgico que explicara su función dentro del repertorio.

La sensación final fue la de una propuesta con intención pero sin un eje identificable. La idea de la tribu caníbal apuntaba hacia una lectura metafórica sobre “lo que se cuece” en la sociedad o en el mundo carnavalero, pero los sucesivos virajes hacia el famoseo local, el viaje andaluz y el sentimentalismo restaron coherencia al conjunto. Choza firmó una música solvente y dejó apuntes de sensibilidad social, pero el desarrollo humorístico no alcanzó vuelo competitivo en este pase.
























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