La comparsa ‘La hipócrita’ aporta elegancia y denuncia desde Ceuta pero se queda sin cerrar su concepto en el COAC 2026
La comparsa ceutí ‘La hipócrita’ defendió una idea sugerente basada en el girasol que gira al sol como símbolo de falsedad y conveniencia, con buena música e interpretación, pero con un popurrí incapaz de desarrollar el concepto
La comparsa ceutí ‘La hipócrita’, heredera del proyecto que el pasado año compareció bajo el título ‘Los caballas’, regresó al Gran Teatro Falla con una propuesta marcada por la elegancia musical, la denuncia social y una tesis conceptual sugerente: el girasol como metáfora del ser humano que se arrima siempre hacia donde más calienta, en una lectura amplia de la hipocresía contemporánea. La idea, prometedora en la presentación, acabó evaporándose con el paso del repertorio, especialmente en un popurrí sin dramaturgia ni cierre narrativo.
La presentación dejó claro el planteamiento. Los componentes, con la cabeza inclinada, permitieron ver los pétalos que coronaban el tipo. El girasol saludaba al sol, se reverenciaba ante el poder y giraba según su conveniencia. La construcción visual y el texto resolvieron la pregunta que flotaba al alzarse el telón: qué relación existe entre flores y “la hipócrita”. El mecanismo era limpio: la hipocresía como adaptación al sol que más calienta. El público entendió la metáfora y el grupo mostró intención estética, sobriedad y una afinación muy controlada. La comparsa confirmó el crecimiento técnico que Ceuta viene presentando desde hace dos concursos.
El primer pasodoble abordó la violencia machista desde un enfoque lírico que combinó nombres de mujeres, relato cotidiano y ausencia abrupta. El recurso era reconocible, y aunque la letra estaba bien construida y cantada con respeto, no logró sorpresa literaria. Su valor residió más en la seriedad del enfoque que en el hallazgo poético. El segundo pasodoble elevó la exigencia. La letra trazó un puente entre Cádiz y Ceuta —la diócesis compartida— para desembocar en la crítica directa al obispo Rafael Zornoza y al caso de presuntos abusos sobre un menor. El giro fue brusco pero efectivo. El remate pidió penitencia y trasladó la denuncia al presente. Fue el mejor tramo del repertorio: serio, sin grandilocuencia, valiente y bien rematado.
La tanda de cuplés fue de comparsa en su acepción clásica: guiños simpáticos, tema actual y remate blanco. El primero jugó con los terraplanistas, el movimiento de los aviones y la orientación solar del girasol. El segundo atacó el ayuno intermitente desde el refranero, concluyendo que la práctica es “pan para hoy y hambre para mañana”. Ambos cuplés funcionaron con corrección, sin vuelo humorístico ni giro destructivo, y quedaron sostenidos por el estribillo que regresaba a la inclinación del pétalo según el sol.
El popurrí resultó problemático. La metáfora, que había sido eficaz en la presentación y en algunos tramos de los pasodobles, se diluyó en una sucesión de lugares comunes: amor, contradicción, conveniencia, engaño, cambio de bando, política, crítica social, poesía y apariencias. La abstracción del concepto no encontró vehículo dramático y el girasol, su iconografía esencial, fue desapareciendo hasta quedar reducido a una sombra metafórica. La pieza sonó elegante, afinada y bien respirada, pero careció de progresión y de arco narrativo. El final intentó recuperar el significado del tipo —“para que mis pétalos florezcan llenos de verdad”—, pero la carga simbólica llegó tarde y sin reconectar con la línea original.
En lo interpretativo, la comparsa confirmó que su mejor activo es la sobriedad: voces templadas, afinación notablemente superior a la media de preliminares y un estilo que evita la estridencia y los excesos. El grupo cantó con gusto y seriedad, defendiendo con oficio la música firmada por José Miguel Romero Martínez y Juan Antonio Sánchez Carrasco.
En clave competitiva, la propuesta dejó sensaciones mixtas. La idea era atractiva y singular dentro del pelotón, la música tenía elegancia y los pasodobles asomaban a la denuncia con solvencia. Sin embargo, el concepto exigía una dramaturgia que no llegó: la hipocresía terminó siendo una abstracción literaria, no un vehículo para la historia. El popurrí —pieza decisiva para medir crecimiento— quedó demasiado lejos del nivel marcado en otras comparsas con ambición conceptual.
El resultado final fue el de una comparsa que confirma oficio, gusto y un estilo propio desde Ceuta, pero a la que aún le falta cerrar la ecuación entre concepto, dramaturgia y contundencia.


















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