Las comparsas de Puerto Real y de nueva factura gaditana se llevaron los mejores comentarios de una noche con tropiezos, regresos nostálgicos y propuestas de concepto desigual

La sesión ofrecida en el Gran Teatro Falla dejó un mapa heterogéneo en el que convivieron naufragios competitivos, regresos con oficio, metacarnaval reconocible, humor funerario sin complejos y una irrupción comparsista con credenciales más serias de lo esperado para un estreno. La grada terminó saliendo con la sensación de que la noche fue de menos a más y que el peso del pase recayó principalmente en las comparsas, mientras la risa cuidó el resto del trayecto sin llegar a dominarlo.
La apertura corrió a cargo del coro Al garete, que firmó un estreno complejo y sin recorrido competitivo. El proyecto del Banderas llegaba con una metáfora de barco a la deriva tripulado por corsarios que desembarcaban en Cádiz para sumarse a la rebelión carnavalesca. La estética funcionó, pero el coro nunca consiguió ajustar la afinación ni coordinar la batería con las voces, lo que dejó el tango —columna vertebral de la modalidad— sin soporte y sin vuelo. Los cuplés apenas oxigenaron y el popurrí confirmó la falta de ajuste. En términos deportivos, el barco no llegó a salir del muelle. Fue el peor pase de la sesión y quedó desde el principio fuera de la conversación.
El tono cambió radicalmente con la comparsa La carne-vale, una de las sorpresas del día. La agrupación gaditana, pese a debutar bajo esta denominación, apareció con un grupo vocal de empaque, dirección segura y repertorio más maduro de lo esperado. El tipo —Baco descendiendo del Olimpo para hacerse cargo de febrero— permitió una estética llamativa sin caer en el exceso. El primer pasodoble funcionó como carta de identidad, pero el segundo, dedicado a un sintecho fallecido durante el temporal, fue el primer momento realmente resonante de la sesión por intensidad y pertinencia. Se apuntan credenciales y entran en el Concurso con hueco propio.
Llegó después la chirigota L@s quince en las algas, donde el Cascana regresó a su universo caletero y conectó la nostalgia de Los quince en la piedra con la invasión del alga asiática en la playa. Hubo emoción en el primer pasodoble con recuerdo a Paquito del Mentidero y hubo corrosivo en los cuplés con remates más propios del autor. Pero el pase fue irregular: presentación tibia, popurrí algo extenso y humor que no siempre pisó firme. No fue fiasco, pero sí regreso por debajo de las expectativas competitivas para quien conoce el pedigrí del autor en el templo.
La comparsa Los invisibles mantuvo estabilizada la temperatura emocional de la noche. El proyecto de Manuel Cornejo fue uno de los más sólidos de la tanda inicial, con idea clara —la invisibilidad como condición social que sólo el Carnaval hace visible— y dos pasodobles que volvieron a situar al autor dentro de su registro sentimental. El segundo, dedicado a Palmira Santander, marcó uno de los momentos más íntimos del pase. El popurrí combinó crítica suave, espejo social y metacarnaval. La comparsa fue buena y competitiva, aunque sin ruptura respecto al molde que el propio autor ya tiene fijado.
El metacarnaval volvió a escena con La biblioteca, la comparsa de Palmira Santander y Manuel Cornejo que optó por custodiar el legado coplero y convertir el escenario en archivo vivo. El tipo se resolvió visualmente con solvencia y la escenografía fue uno de los puntos fuertes del pase. Las letras aportaron más que la idea: la figura de Cádiz como madre que no evita que sus hijos se marchen y la crítica al veto a las acólitas en Santa Cruz fueron dos piezas inteligentes que elevaron el repertorio. Competitivamente, proyecto muy correcto, aunque sin riesgo ni salto de molde respecto a la producción reciente del tándem.
Ya en terreno del humor, la chirigota Los que la tienen de mármol fue uno de los platos más celebrados de la sesión. El Molina y el Melli recuperaron el registro que mejor funcionan y el público agradeció verlos en casa. El cementerio vertical de tres alturas fue uno de los mejores golpes escénicos vistos en preliminares y el repertorio mezcló humor fúnebre, cupletinas corrosivas y una letra seria contra el acoso escolar que emocionó al patio. El popurrí defendió el derecho a vivir antes de morir, cerrando con una tesis vitalista que dio sentido al tipo. Regreso solvente, con lectura competitiva favorable y con el Falla de su parte.
El cierre lo asumió la comparsa La conexión, que confirmó el pulso compositivo de Puerto Real y dejó el pase más completo de la noche. El tipo de telefonistas del siglo XX permitió escenografía costumbrista, personaje histórico y discurso de memoria laboral y femenina. El primer pasodoble fue probablemente la mejor letra de la sesión en términos literarios, situando a la mujer trabajadora de los años 30 en el marco de la renuncia económica y social. El segundo explotó la crítica al capitalismo sentimental desde un caso concreto. El popurrí cerró con sensibilidad y rigor narrativo. Sin estridencias, sin ruido y con solvencia: la comparsa ganó la sesión desde la inteligencia del planteamiento y desde el oficio interpretativo.
En el balance final, la sesión dejó dos grandes ganadores —La carne-vale y La conexión— una chirigota que recupera plaza de conversación (Los que la tienen de mármol), dos comparsas que consolidan marca autoral (Los invisibles y La biblioteca), una chirigota irregular con poso pero sin explosión (L@s quince en las algas) y un coro que quedó fuera del mapa competitivo desde el minuto uno (Al garete).
Competitivamente, el Concurso no se decidió en esta sesión, pero sí colocó fichas importantes en el tablero y confirmó que el año viene cargado de comparsa y escaso de coro. El humor respira, la nostalgia insiste y el metacarnaval sigue siendo refugio de seguridad para quienes no quieren arriesgar más de lo necesario.
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