‘Los cadisapiens (La involución)’ reivindican la chirigota clásica desde la cueva gaditana en el COAC 2026
La chirigota viñera defiende la raíz Santander con pasodobles de categoría, cuplés efectivos y un tipo de trogloditas que afirma “involucionar” para preservar el compás
La chirigota ‘Los cadisapiens (La involución)’, heredera del proyecto que en el pasado concurso apareció bajo el título ‘Los cagones’, irrumpió en el Falla con una propuesta que asume abiertamente su bandera estética: la defensa de la chirigota clásica. Lo hizo desde un tipo primitivo —trogloditas gaditanos— que convertía la cueva en metáfora de refugio identitario. El mensaje era claro: la modernidad está fuera, pero la raíz está aquí dentro.
La presentación resolvió con rapidez la tesis del grupo. El telón descubrió una cueva, una estética prehistórica y una tribu que hablaba gaditano con vocablo corto y soniquete viñero. La letra presentó al “padre de todo”, personaje que reivindica haber inventado desde la rueda hasta la vida moderna del barrio. El humor no buscó el giro ingenioso sino el costumbrismo: Fenicios, línea 7, colas del Manteca, procesiones y bares. El resultado fue una pintura localista que contenía identidad más que punch humorístico.
El primer pasodoble fue el momento íntimo de la actuación. La pieza aludió a Manolo Santander padre con un tono elegante, sin sentimentalismo fácil y con la gratitud que solo cabe formular desde el compás. “Otro año que sigo con estos notas (…) otro año pa’ escuchar la cantinela…” fue el arranque que desembocó en el reconocimiento del legado y en el retrato del camino del hijo “con su padre al lado”. La música de Juan Pérez Casado y Manuel Santander Grosso confirmó su ADN castizo: compás corto, melodía limpia y un remate que no grita, respira.
El segundo pasodoble apostó por el giro carnavalesco. La letra, construida en clave de oración, homenajeó a Paco Alba en el 50 aniversario de su fallecimiento y defendió la pureza del repertorio como acto de fe. “Ya no es la religión del carnaval”, remató la pieza en la contraposición entre raíz y cambio. La música brilló de nuevo: pasodoble clásico, reconocible, de sabor antiguo y con el equilibrio que distingue a la escuela Santander. Fue lo mejor del pase.
Los cuplés funcionaron con fluidez. La estructura y el ritmo fueron originales, con un primer tramo casi sin instrumentación y con remates bien medidos. El primero recurrió al robo del Louvre para desembocar en la crítica a la Casa del Carnaval: si en París había arte que robar, aquí no había nada. El segundo apuntó a la separación del famoso dúo gaditano y, con un toque “Andy y Lucas” de retranca amable, remató por la vía de la maldad elegante sin caer en la zafiedad. Fue una de las mejores tandas que se le recuerda al grupo en preliminar.
El popurrí consolidó el mensaje: la involución como forma de resistencia. La chirigota interpretó la pieza sentada, con cuartetas basadas en las escenas de la vida gaditana prehistórica: el bingo de las marías, el extractor amarillo, la cava viñera, los bares sin aceite nuevo y la cueva como centro social. El humor fue blanco, costumbrista y local, más eficaz cuando conectó con códigos gaditanos y menos cuando buscó el chiste de retranca sin giro. El cierre fue coherente: la retirada hacia la cueva cuando sube la marea, como quien vuelve a su origen antes de ser barrido por el tiempo.
En lo interpretativo, la chirigota tuvo la solvencia que se esperaba. El soniquete fue reconocible, la afinación no sufrió y el grupo supo defender la música sin estridencias. No hubo intención de modernizar nada: el planteamiento consistió en afirmar que no hay nada que modernizar. La comparación con las propuestas más actuales resultará inevitable en el concurso, pero no desde el derrotismo, sino desde la confrontación de modelos. La chirigota no compite para ocupar el futuro sino para recordarlo.
El balance fue el de una actuación de autor: sólida, ideológica y con más personalidad que pegada. Los pasodobles estuvieron muy por encima del resto del repertorio, los cuplés respondieron con nota y el popurrí mantuvo su coherencia sin alcanzar cotas de carcajada. El concepto de “involución” funcionó mejor como metáfora identitaria que como dispositivo humorístico, pero permitió articular el discurso completo: la raíz como refugio y la cueva como templo.
En clave competitiva, la propuesta deja un recorrido claro. La calidad musical, el sello puro y la solvencia interpretativa les permiten defender cuartos sin problemas. Para discutir semifinales, necesitarán crecimiento en repertorio nuevo y mayor eficacia en el humor, terreno donde otras chirigotas presentan mayor mordida.














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