‘Los invisibles’ pone el foco en la emoción y el metacarnaval sin romper el molde de Cornejo
La comparsa gaditana convierte la invisibilidad en tesis poética y firma un pase solvente, íntimo y bien construido en el Falla
La comparsa de Manuel Cornejo estrenó Los invisibles en el Gran Teatro Falla con una propuesta apoyada en la emoción, el metacarnaval y una idea central de carga social: la invisibilidad como condición que afecta a quienes pasan desapercibidos durante el resto del año, pero que en febrero encuentran en el Carnaval un espacio de reconocimiento. Una tesis amable, sensible y muy alineada con la estética del autor, que consolida la línea heredada de Los poderosos sin dar un salto disruptivo respecto al modelo consolidado en ediciones anteriores.
El tipo, abstracto y alegórico, retrata a personajes que viven a la sombra de la atención social: niños sin amigos, mujeres maltratadas, personas sin hogar, migrantes, cuidadoras invisibilizadas o trabajadores no reconocidos. La presentación se encarga de ordenar la idea y de situar al espectador en el lugar adecuado: estos individuos vuelven a ser visibles en febrero, donde «nadie juzga y todos escuchan». Musicalmente, el arranque conserva las claves de Cornejo: fraseo melódico controlado, dinámica ascendente y sello propio en el acelerón final.
El primer pasodoble se construye como diálogo íntimo entre el autor y el propio Carnaval. Cornejo asume que el cariño del teatro no se hereda ni se garantiza, y reivindica el aprendizaje de los años menos dulces del concurso. El texto combina autocrítica, respeto al público y un amor declarado a la fiesta que el auditorio premió. La música —probablemente el elemento más asentado del repertorio— volvió a lucir con el clásico parón de tres versos antes del remate, recurso ya habitual en la firma del autor.
El segundo pasodoble elevó la temperatura emocional. Dedicado a su pareja, Palmira Santander, el texto enlaza linajes carnavalescos —Santander y Cornejo— y reivindica el papel de la mujer en las bambalinas y fuera de ellas. La letra transita entre lo biográfico, lo sentimental y lo reivindicativo, terminando en un abrazo sobre las tablas que el teatro respondió con una ovación sostenida. Fue, probablemente, el pasaje más memorable del pase y el momento donde Los invisibles mejor conectó su discurso con la realidad del concurso.
Los cuplés optaron por la vía costumbrista con giro absurdo. El primero ironizó sobre Gades Romana y los anacronismos turísticos convertidos en moda estética. El segundo narró un viaje a Roma que termina con un papa «pegado como imán en la nevera», un remate que cayó simpático y encontró apoyo en un estribillo con pegada, de los más reconocibles de la tanda preliminar.
El popurrí retomó la tesis y desplegó el repertorio conceptual de la invisibilidad en varias capas: desde la del prejuicio social —«antes de juzgarme, mírate»— hasta la económica, la urbana y la carnavalesca. Destacó especialmente la cuarteta del espejo, donde por primera vez el discurso adoptó un tono crítico más directo, señalando el contraste entre la ciudad que se vende y la que se pierde. También hubo espacio para la autorreferencialidad sentimental, con guiños a la propia supervivencia del coplero y a la identidad gaditana como valor intangible.
La sensación general es la de una comparsa agradable, bien construida, emocionalmente honesta y con momentos de altura, pero que se mantiene dentro del perímetro ya trazado por el propio Cornejo. El apellido sigue sumando capítulos y compitiendo con solvencia, aunque sin ruptura evidente del molde ni riesgo formal en lo musical o en lo textual que la impulse un escalón más arriba en términos competitivos. Aun así, Los invisibles confirma que el autor domina el registro emocional y conserva una conexión estable con el aficionado del Falla, un valor que en Cádiz nunca es secundario.
























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