Los Ken, una chirigota en deconstrucción reivindica mensaje, pero no sostiene la ejecución en el Falla
La propuesta gaditana apuesta por feminismo, antifascismo y sátira social desde el universo Barbie, pero la interpretación y el humor se quedan por debajo del concepto
La chirigota Los Ken. Una chirigota en deconstrucción, procedente de la gaditana calle Lubet, regresó al Falla con una propuesta estilística y discursiva reconocible dentro de su línea, tras estrenarse el pasado año con Martín el encantador. La idea despliega un conjunto de Ken reprogramados tras el fenómeno Barbie para convertirse en varones responsables, aliados y de moral evolucionada. Un concepto contemporáneo y con potencial tanto para la sátira como para la crítica social.
El tipo funciona desde la primera mirada: anatomía de plástico, musculatura idealizada, estética de escaparate y una puesta en escena coherente diseñada para el subtexto deconstruido que sostiene el relato. Sobre ese andamiaje, la chirigota articula un repertorio que pretende examinar la masculinidad desde la autoironía, el feminismo y el antifascismo, referencias al empowerment, a la pedagogía de género y a la reeducación sentimental.
El arranque ofrece uno de los pocos golpes verdaderos del pase, cuando la chirigota define a sus Kens como «pluscuamperfectos» y se autoproclama ejemplo de conducta progresista. El giro tiene lectura y humor por acumulación, pero la presentación se enfría rápidamente al no rematar las situaciones ni sostener el ritmo interpretativo. La ejecución resulta débil en proyección, afinación irregular y diálogos que no terminan de aterrizar en comicidad.
El primer pasodoble, de carácter autobiográfico, sitúa la génesis del grupo en la propia calle Lubet, reivindicada como entorno sentimental y como origen del nuevo Ken «barrial» y deconstruido. El texto se apoya en nostalgia local y en una interpretación que intenta compensar las carencias técnicas con energía, aunque sin llegar a salvar la composición. La música, sencilla pero funcional, presenta una melodía adecuada para la temática, aunque la afinación del grupo se mostró frágil a lo largo de la copla.
Más interesante resultó el segundo pasodoble, centrado en la polémica retirada de la bandera Palestina del Instituto Columela tras una denuncia. La letra ubicó el conflicto en el marco de la libertad pedagógica, rematando en la idea de que «la educación es el antídoto frente al fascismo». Fue el momento de mayor claridad discursiva del repertorio, con una recepción respetuosa del público y una intención política meridianamente marcada.
La tanda de cuplés aportó poco. El primero, sobre la moda de los nombres de perro, generó alguna risa aislada más por la exageración que por el remate. El segundo recurrió a la figura del diputado Figaredo como construcción humorística, sin lograr solidez ni conexión efectiva. El estribillo, sin embargo, tiene cierta gracia musical y cumple función estructural en el pase.
El popurrí persigue ordenar la galería de Kens contemporáneos —el Ken divorciado, el Ken hostelero, el Ken madrileño intelectual, el Ken coaching— con referencias a alquileres imposibles en Cádiz, noche, tardeo, precariedad e hipermodernidad sentimental. La idea posee materia prima para la comedia y para la crítica, pero la chirigota no consigue extraer rédito humorístico consistente; se queda en la caricatura descriptiva sin el golpe final que exige el género.
El remate evoluciona hacia un cierre emocional que mezcla pedagogía y concienciación: amistad, vulnerabilidad, antifascismo y deseo de vivir «menos como muñeco y más de verdad». Es un cierre que aspira a la redención simbólica del Ken, coherente con el marco conceptual del espectáculo, pero con un desenlace más lírico que humorístico, lo que deja al espectador en un tono diferente al que cabría esperar del género.
Las conclusiones vuelven a colocar a Lubet en un punto ya conocido: intención contemporánea, mensaje definido y concepto bien localizado, pero sin una ejecución que sostenga la propuesta dentro de los estándares competitivos del Falla. La comedia no se materializa, el repertorio no remata y la interpretación no consigue compensar las carencias técnicas. El resultado es una chirigota con discurso, pero sin oficio suficiente para convertir idea en golpe, y golpe en risa.




























