‘Los Latin King (de la calle Pasquín)’ imponen calle, sarcasmo y mala leche afinada en su estreno del COAC 2026
El cuarteto de Manu Peinado volvió al Falla tras su segundo premio de 2025 con una parodia de pandilla juvenil que mezcló humor negro, dardos políticos y un ritmo interpretativo limpio
El cuarteto ‘Los Latin King (de la calle Pasquín)’ abrió su concurso en el Gran Teatro Falla con una propuesta que confirma la línea que Manuel Peinado ya había asentado en 2025 con ‘Un clásico nunca falla’. Procedente de Cádiz, con letra, música y dirección del propio autor, el grupo apostó por una parodia de pandilla callejera ambientada en la ficticia calle Pasquín, que sirvió como marco para desplegar un humor construido desde la maldad controlada, la referencia local y la sátira política.
La presentación situó al espectador en la dinámica interna de la banda a través de diálogos rápidos, réplicas y golpes que fueron encadenándose sin perder claridad. El cuarteto presentó a sus personajes desde el contraste: el cantante frustrado, el proveedor, el herido crónico y el estudiante pijo sevillano —Cayetano— que termina incorporándose al grupo. La incorporación del universitario permitió ampliar el mapa humorístico hacia la cuestión de clase, ideología y choque cultural, lo que fue recibido con especial complicidad en el patio de butacas.
El humor se apoyó en un registro deliberadamente dañino, pero sin caer en la acumulación ni en el atropello. El cuarteto trabajó tres capas claramente diferenciadas: la maldad localista —con referencias a barrios, códigos y personajes reconocibles del entorno carnavalesco—; la maldad carnavalesca clásica —el dardo interno, el comentario sobre autores y agrupaciones—; y la maldad política, desplegada tanto en clave municipal como autonómica y nacional. Esta combinación permitió una lectura más amplia que la del simple costumbrismo juvenil.
La tanda de cuplés confirmó esa línea. El primero jugó con el fenómeno mediático de ‘Los calaíta’ y la lectura de los premios del Carnaval, con un remate hacia Martínez Ares que el público entendió de manera inmediata. El segundo se dirigió al pregón de Maru Sánchez con un cierre que comparaba estética y referencia histórica, provocando reacción ruidosa en la sala. No hubo búsqueda del cuplé simpático ni del chiste bondadoso, sino continuidad del discurso. La elección fue coherente con el género y con la identidad del cuarteto.
El tema libre completó el arco. El texto se inclinó hacia la sátira municipal con un pasaje centrado en el alcalde de Cádiz, Bruno García, que fue uno de los momentos más comentados del pase por la contundencia del lenguaje y el tono de malaje despreocupado. La pieza se cerró con un discurso generacional que reivindicaba la pertenencia callejera, el rechazo a la asepsia institucional y el valor de la risa dañina como herramienta de identidad. El público respondió en bloque, con ovaciones y un ambiente cálido que consolidó uno de los cierres más sólidos de la sesión.
Desde el punto de vista interpretativo, el cuarteto destacó por la limpieza en el ritmo y la claridad en la dicción —un aspecto que en esta modalidad resulta determinante para que la letra no se pierda—. El texto fue declamado con pausa, permitiendo que la risa no invadiera ni destruyera la frase siguiente. No hubo atropello ni exceso gestual, lo que permitió que el golpe llegara con precisión y que el espectador pudiera seguir el hilo sin esfuerzo.
Estéticamente, el tipo de pandilla urbana resultó funcional y útil para justificar la violencia verbal sin necesidad de explicaciones adicionales. La elección de Pasquín como espacio simbólico añadió un valor carnavalesco adicional, al situar la ficción en un territorio que el aficionado reconoce como propio.
La recepción en el Falla fue claramente positiva. Hubo escucha, hubo silencio cuando debía haberlo, hubo risas donde se buscaban y hubo ruido en los finales. Para un cuarteto, ese patrón es uno de los mejores indicadores posibles en preliminares.






















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