‘Los legías con G’ debutan desde Tenerife con una propuesta más cercana a murga que a chirigota
La agrupación tinerfeña afrontó el COAC con entusiasmo, pero evidenció un choque estructural entre el código de la murga canaria y el canon gaditano de la chirigota
La chirigota ‘Los legías con G’, procedente de Santa Cruz de Tenerife, compareció por primera vez en el Falla con un tipo militar de corte romano y una puesta en escena que marcó desde el inicio la peculiaridad de su propuesta. Aunque inscritos como chirigota, la arquitectura musical, la retórica del humor y la gestión del repertorio respondieron con claridad al modelo murguero canario, lo que generó un desfase cultural evidente con el código del concurso.
La presentación funcionó como acto de formación militar: centinelas, órdenes, escudos, fila y parodia de revista castrense. El tono osciló entre la imitación humorística y la voluntad de agradar, con una literalidad marcial que llevaba la risa al terreno del absurdo. Fue el tramo más reconocible del repertorio: sencillo, directo y apoyado en la teatralización del personaje.
El principal choque apareció en el bloque equivalente al pasodoble. La agrupación realizó lo que en su contexto denominan “canción de la risa”, un formato rápido, en bloque, sin ralentí, sin trío, sin giro final, sin silencio para el aplauso y sin la métrica que caracteriza al pasodoble gaditano. La música marchó en ritmo lineal y la letra encadenó escenas sin hilo dramático: de la estética legionaria al episodio del tsunami y las ayudas pendientes en Valencia. La lectura humorística era blanca y no encontró pasarela hacia la ironía costumbrista que suele dominar la modalidad.
El grupo insistió en el mismo esquema con su segunda “canción”, dedicada a las botellas a modo de brindis pretoriano. La lógica cómica se articuló sobre la antítesis entre solemnidad y gesto doméstico, pero el humor no alcanzó remate ni contraste suficiente. Las voces y la percusión no terminaron de encajar y el público mantuvo una distancia prudente, en parte porque no identificaba cuándo debía producirse el aplauso.
El bloque de cuplés evidenció nuevamente el desfase estructural. Los presentaron “en línea”, sin silencio previo, sin bisagra y sin estribillo reconocible. Se sucedieron chistes sobre la Muerte equivocándose de destinatario, el personaje de Rufián, piropo a Cádiz y guiños de imitación. La comicidad fue ingenua, pero la falta de remate impidió generar risa colectiva. La prensa radiofónica llegó a verbalizarlo en directo: “El público está en modo WhatsApp”, constatando la dificultad de encaje.
El popurrí rompió definitivamente el molde gaditano para entrar en territorio de varietés murguero: imitaciones de artistas, monólogos, gallos, concursos de chistes, baile bachata, alusiones futboleras y participación del público. Se sucedieron referencias tan dispares como Chiquito, Raphael, Cruyff o el Tenerife de la época de Óscar Arias. La estructura narrativa desapareció y el hilo conductor fue el propio carisma del solista que guiaba la función. La chirigota celebró el escenario, verbalizó el orgullo por cantar en el Falla y cerró con agradecimiento al público.
Interpretativamente, la agrupación mostró entusiasmo sincero y una actitud escénica amable. No hubo problemas de actitud ni de entrega. El problema fue técnico y cultural. La afinación fue inestable y el tempo resultó irregular, con entradas fuera de cuadratura. La guitarra no condujo el repertorio y la percusión actuó como soporte básico más que como motor rítmico. El grupo nunca dejó de ser murga, y el Falla nunca dejó de ser chirigota.
La lectura más interesante no fue competitiva sino sociocarnavalesca. Lo que para el espectador gaditano puede leerse como “chirigota mala”, en realidad es un “crossover de formatos no compatibles”: una murga tinerfeña trasladada a un concurso gaditano sin cambiar su código de origen. El resultado no fue una versión “desajustada” de chirigota, sino el encuentro entre dos lenguajes carnavalescos que no comparten métrica, humor ni estructura.
En clave competitiva, la agrupación no es opción para pasar de preliminar. En clave cultural, constituye un hito por procedencia, por voluntad y por la posibilidad —si hubiese continuidad— de aprendizaje mutuo entre carnavales con raíces distintas. La sensación final fue la de un grupo que vino a disfrutar, no a competir, y que encontró cariño en parte del público, aunque sin integración en el canon gaditano.


















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