‘L@s quince en las algas’ vuelve a La Caleta entre nostalgia, algas invasoras y humor irregular
La chirigota del Cascana recupera el universo caletero y actualiza ‘Los quince en la piedra’, aunque el pase alterna momentos emotivos y pasajes de menor vuelo
La chirigota de Juan Luis Soto ‘Cascana’ regresó al Gran Teatro Falla con L@s quince en las algas, una propuesta que conecta directamente con Los quince en la piedra, la agrupación con la que el autor alcanzó la final en 2003. Dos décadas después, el grupo rescata aquel universo sentimental —la Caleta, el tanga, el ocio y la desvergüenza gaditana— para reordenarlo desde un nuevo eje: la invasión del alga asiática que ha colonizado la playa durante el último verano. El planteamiento es reconocible y muy local, con una base real reforzada por la propia experiencia del grupo en las limpiezas solidarias del litoral.
El tipo los sitúa como un comando improvisado de activistas caleteros dedicados a retirar basura, colillas y las citadas algas. La presentación, pese a su estética colorida y al forillo que lleva el alga hasta el mismo balneario, no termina de arrancar con la contundencia esperada. La escena oscila entre la denuncia ambiental y el costumbrismo gaditano, con un tono híbrido que el público tarda en descifrar y que el grupo no acaba de rematar en forma de golpe carnavalesco. Aun así, sobreviven ciertos detalles marca de la casa: comparaciones imposibles, frases descolocadas y guiños metacarnavalescos.
El primer pasodoble funciona desde la nostalgia y la emoción interna. El texto viaja a la época de Los quince en la piedra, los mariscadores, los bocadillos del Mentidero y las noches de puente. Termina desembocando en un recuerdo sentido a Paquito del Mentidero, figura inseparable de la chirigota, habitual figurante en sus pases y fallecido recientemente. El remate provoca el silencio respetuoso del auditorio y confirma que cuando el Cascana se aleja del esperpento y entra en la memoria sentimental, encuentra una temperatura que conecta mejor con el Falla.
El segundo pasodoble vira completamente hacia el surrealismo, recurso clásico en la autoría. La gripe aviar, los huevos a precio de artículo de lujo, el pollo doméstico con mascarilla y una suegra que muere en un hotel por culpa de un sándwich se enlazan dentro de un desarrollo delirante, más cercano al chiste que a la copla como unidad discursiva. El público reconoce el estilo del autor, pero la mezcla resulta desigual y la copla pierde intensidad en su tramo final.
La tanda de cuplés recupera al Cascana más corrosivo, territorio donde el grupo se mueve con mayor soltura. El primero juega con el skyline gaditano, el mastodonte del Palomar y la hipertrofia del espacio urbano. El segundo recurre al obispo Zornoza para rematar con una barbaridad gastronómica que el público celebra por su irreverencia. En ese código, el grupo respira mejor: menos tesis, más maldad y remates que sí aterrizan. El estribillo, adaptado desde un grito del propio público del Falla, termina de asentarse en la segunda pasada.
El popurrí vuelve al eje del alga, la playa y la identidad caletera. Alterna el humor con pequeñas postales costumbristas —la sombrilla clavada en la arena, el niño perdido al caer la tarde, el guardia civil que controla la pesca— y termina desembocando en una defensa medioambiental más explícita. La última cuarteta recuerda que cada colilla recogida y cada lata retirada son pequeñas victorias que preservan la playa como espacio sentimental de la ciudad. Es un mensaje sincero, bien apuntalado y coherente con la tesis inicial, aunque el popurrí alarga más de la cuenta el recorrido y pierde ritmo en su tramo intermedio.
El cierre, con dedicatoria al cielo para Willy, Paquito, la madre del autor y Fernando Maquetena, devuelve el plano íntimo y confirma que para el Cascana el Carnaval es también memoria colectiva y acto de pertenencia. Es ahí donde la chirigota encuentra su tono más honesto.
La sensación final del pase es ambivalente. La idea era buena, la localización era perfecta para el autor y el universo caletero es uno de los pocos territorios donde el Cascana juega con ventaja histórica. Sin embargo, la ejecución se movió en altibajos y el humor no alcanzó la consistencia necesaria para consolidar el regreso como golpe competitivo. Ni éxito rotundo ni fiasco: una vuelta que deja poso, deja materia y deja trabajo por hacer.





















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