Mariana no merecía este tributo


“Si en lugar de bronce la estatua de Mariana se hubiera hecho de amor y cariño de todos los que la admiran y respetan no cabría en esta plaza”. Estas palabras pronunciadas por la hija de Mariana Cornejo, Meli, sintetizan perfectamente el sentimiento agridulce de los amigos y admiradores que se congregaron este jueves en la plaza de la Merced para descubrir el monumento de la gran cantaora gaditana.

La faceta de artista de Mariana es tan solo uno de los motivos por los que es merecedora de un monumento. Mariana derrochaba simpatía y ante todo era la máxima expresión de lo que aquí se conoce como “buena gente”. Dicen que los homenajes hay que darlos en vida y después del descubrimiento de este jueves hay que poner en duda que la escultura elaborada por José Antonio Barberá pueda calificarse como tal.

Lo que más llamó la atención de los que allí se congregaron fue el rostro de la cantaora. Hubo quien afirmó en tono diplomático que “tiene una cara rara”, cuando lo cierto es que el autor no supo plasmar las facciones ni la expresión de Mariana. Las desproporciones faciales quedan muy lejos de los amables y flamencos rasgos de la cantaora. La escultura presenta una sonrisa forzada, más de sorpresa que de simpatía.

Pero este desacierto es solo la punta del iceberg de una obra que pone en duda la capacidad técnica de alguien a quien el título de escultor le queda inmenso. La ejecución de los brazos cuestionan los conocimientos anatómicos de Barberá. Si imaginariamente la escultura pudiera reposar los brazos sobre los costados podría tocar el suelo casi sin flexionar el tronco.

Las telas y ropajes que la cubren parecen fieltro, con escasos pliegues ni sentido estético, una terminación muy alejada del cuidado que ponía Mariana en su indumentaria. Para cubrir esa carencia de calidades y texturas se centra el autor en en detalles de joyería y bordados.

Para rematar, le efigie trata de adoptar una graciosa pose flamenca que no consigue debido a lo hierático de la composición general.

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