Producción artesanal y Manufacturas en la España del siglo XVIII

En el Antiguo Régimen español el principal sector industrial estaba vinculado al taller artesanal en el marco de los gremios urbanos, caracterizados por su escaso nivel tecnológico y con pocos trabajadores, dentro de unas rígidas reglamentaciones. Pero fueron surgiendo otros sistemas de producción al margen de los gremios.  En primer lugar, estaría el conocido como trabajo a domicilio o putting out system, controlado por comerciantes. Consistía en que el comerciante-empresario proporcionaba herramientas y las materias primas a los trabajadores rurales, quienes compaginaban su trabajo campesino con el artesanal. El comerciante recogía lo producido, pagaba lo estipulado y vendía la producción. Este sistema pretendía soslayar las restricciones gremiales. Campomanes era un decidido defensor de este sistema. Otro tipo de producción estaba constituido por la industria doméstica o domestic system. Se daba también en el campo pero aquí no existía la figura del comerciante-empresario. Eran pequeños talleres donde la unidad familiar era la dueña de los medios de producción y vivía del trabajo industrial y no de la explotación agropecuaria. Ejemplos de este tipo de industria los tenemos en las ferrerías vascas, las sederías valencianas y en el inicio de la industria textil catalana antes de la creación de las fábricas de algodón.

Los Borbones comenzaron por aplicar una política económica mercantilista que rompía con las inercias pasadas y la falta de fomento industrial de la época de los Austrias. El objetivo era conseguir un mayor grado de autoabastecimiento de productos, a través de los dos instrumentos típicos del mercantilismo, especialmente en su versión francesa (colbertismo): protección arancelaria y fomento de las manufacturas propias.

Las medidas proteccionistas con establecimiento de aranceles pretendían proteger la producción nacional de la competencia exterior y evitar, además, la salida de capitales. Felipe V dio dos reales cédulas en este sentido en 1717 y 1728. Carlos III, por su parte, promulgó una Pragmática en 1771 prohibiendo la importación de tejidos de algodón.

El Estado borbónico fomentó la creación de manufacturas reales, conocidas en España como Reales Fábricas. Se trataba de grandes talleres con más mano de obra que en los talleres gremiales y con algo más de tecnología dedicadas a la producción de bienes de lujo, por lo que la Casa Real, la Iglesia, la nobleza y la alta burguesía eran sus principales clientes. Destacaron la Real Fábrica de Porcelana del Buen Retiro, la de Santa Bárbara de Telares o la Real Fábrica de Cristales de San Ildefonso. También se crearon otras manufacturas para procurar suministros militares al ejército, como la Real Fábrica de Artillería de la Cavada. La política de reconstrucción de la marina española tuvo su dimensión económica, ya que se fomentaron los astilleros de Cádiz, Cartagena y Ferrol. La producción de barcos adquirió un gran desarrollo permitiendo que España contase con la tercera flota más importante después de la inglesa y la francesa.

Las manufacturas reales supusieron la mayor apuesta a favor de la producción industrial de todo el Antiguo Régimen pero no fueron muy rentables, precisamente porque tenían una demanda muy limitada. No eran industrias que pudieran desarrollar un proceso de revolución industrial.

La política mercantilista cambió en el reinado de Carlos III hacia un mayor liberalismo económico, ya que se pretendió estimular más la iniciativa privada. Para ello se generó un verdadero debate en el seno del poder, con el concurso de las Sociedades Económicas de Amigos del País, sobre los gremios. La Ilustración española era contraria a los gremios porque consideraba que coartaban la libertad, la innovación y la competencia, y buscó su reforma procurando restarles poder. Otra de las grandes novedades del reinado fue la Real Cédula de 1783 que suprimía la deshonra legal de los oficios, intentando terminar por vía legal con una mentalidad contraria al trabajo manual muy arraigada en España.

Cataluña comenzó en el siglo XVIII un proceso particular de industrialización, que culminaría en el siglo siguiente. Fue el único lugar donde se estableció una relación positiva entre la agricultura y la industria. El desarrollo de la vid y de la producción y comercialización de aguardiente se vio acompañado de un impulso de la industria rural dedicada a la lana. Estos fenómenos permitieron la acumulación de capital para poder comenzar un proceso de industrialización. Fueron apareciendo las primeras fábricas algodoneras en Cataluña dedicadas a la fabricación de indianas. El algodón provenía de América y allí se vendía gran parte de la producción textil y la otra en el resto de España gracias a la prohibición de importar tejidos de algodón establecida por Carlos III. El problema llegó cuando se perdieron las colonias americanas. Los empresarios catalanes presionaron para se estableciera una fuerte política proteccionista y así reservarse definitivamente el mercado español. Lo consiguieron porque  sus intereses coincidían con los de la oligarquía cerealista castellana y andaluza; por eso, el XIX fue un siglo proteccionista.

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