La chirigota ‘San Taratachín’ apuesta por metacarnaval y música del Sheriff pero se queda corta en letras y competitividad en el COAC 2026
La chirigota San Taratachín en el COAC 2026 presentó un santo chirigotero como patrón del Carnaval con sello musical reconocible, pero con humor facilón, abundante metacarnaval y cuplés muy flojos que lastraron su recorrido competitivo
La chirigota sanluqueña ‘San Taratachín’, con autoría en la música de Juan Manuel Braza “el Sheriff” y letra y dirección de Rubén Galán Lara, compareció en el Gran Teatro Falla con una propuesta metacarnavalera que sitúa al personaje en un lugar peculiar: patrón del Carnaval, santo de febrero y figura a la que “rezan” agrupaciones y aficionados para que la fiesta se mantenga viva. La idea, simpática sobre el papel y musicalmente atractiva por la firma del Sheriff, no terminó de convertirse en un repertorio competitivo.
La presentación fue lo más celebrado de la actuación. Desde el primer compás, el grupo abrazó la gramática del metacarnaval: referencias al santo, plegarias, coplas que “vuelan al cielo”, callejeras, coros y comparsas suplicando repertorio, y guiños internos al aficionado. El ritmo alegre y el estribillo instrumental incitaron al baile del público y mostraron la mano del Sheriff, habitual en la creación de pasajes festivos. La escena ayudó, con halos luminosos sobre la cabeza de los componentes, y la figura del santo quedó explicada sin necesidad de excesos narrativos. La presentación marcó el tono y, quizá también, el techo de la propuesta.
El primer pasodoble funcionó como reafirmación del personaje. Desde el “paraíso del Teatro Falla”, San Taratachín se autoproclamó patrón del Carnaval y narró su misión: escuchar oraciones y plegarias en febrero. La letra, amable, sirvió de introducción conceptual más que de pieza competitiva, y confirmó que el repertorio giraría sobre el propio mundo carnavalero. Musicalmente, el pasodoble llevó sello reconocible del Sheriff: cadencia clásica, segunda guitarra y buen fraseo. Sin embargo, el grupo acusó carencias vocales y cierta estridencia en ataques y finales de frase, penalizando una música que merecía más pulso interpretativo.
El segundo pasodoble subió el tono político y se unió a uno de los leitmotivs de las primeras jornadas: las polémicas declaraciones sobre el “contar” en Andalucía. El texto enumeró desigualdades, paro, dolor y resignación, y colocó a Feijóo como destinatario de la crítica. La pieza, más seria que el planteamiento general del tipo, resultó correcta pero sin vuelo literario. La acumulación de temas —paro, sanidad, mujeres, obreros— acabó derivando en listado reivindicativo, más explicativo que humorístico.
La tanda de cuplés fue el tramo más débil del pase. El primero, de desvergüenza escatológica, giró en torno al perro de San Roque, los lametones en zonas delicadas y una foto incómoda. La comparación funcionó en clave de disparate, pero sin remate efectivo. El segundo jugó con la restauración de la Macarena y con un baile de santas rubias en el cielo, pero tampoco encontró sorpresa ni daño humorístico. En una modalidad donde el cuplé se ha endurecido y exige temperatura, ambos quedaron en terreno inocuo. El estribillo, aunque festivo, no se instaló en la memoria del público.
El popurrí dio continuidad al metacarnaval. La pieza transitó por elementos habituales del circuito: sorteo de orden, nervios de los grupos, expectativa de semifinal, veredicto, cabezadas en la final, jurado inmóvil, comparaciones con otros chirigoteros y ritos del aficionado. Hubo guiños simpáticos —la siesta del veredicto, la bolsa de chucherías, el jurado convertido en tanatorio— y algún bastinazo puntual, pero el bloque no desarrolló el personaje ni su potencial humorístico más allá del guiño interno. El cierre convirtió el Carnaval en religión con mandamiento único (“disfrutar y respetar”), enunciado efectivo desde el cariño pero sin clímax.
Interpretativamente, el grupo mostró limitaciones en afinación y empaste, particularmente en la cuerda superior. La música del Sheriff emerge con oficio y humor, pero el conjunto no la sostuvo en la medida esperable. Se añadió una estridencia constante que, lejos de ayudar al gag, restó claridad.
En clave competitiva, la chirigota quedó por debajo del nivel medio de la modalidad. La idea era simpática, pero dependió en exceso del metacarnaval para sobrevivir; las letras fueron planas; los cuplés, muy flojos; y la interpretación, insuficiente. El público se divirtió, especialmente en la presentación, pero la propuesta no mostró capacidad para crecer más allá de preliminares.

















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