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El cuarteto infantil ‘Las vecinas de Doña Blanca’ satiriza la realeza cotidiana con humor doméstico y mirada gaditana

Procedentes de El Puerto de Santa María, las niñas llevaron una parodia de vecinas presumidas y “royalty” de barrio con referencias culturales, ironía sobre el estatus y un cierre reivindicativo sobre el valor real del esfuerzo.

El Gran Teatro Falla acogió la actuación del cuarteto ‘Las vecinas de Doña Blanca’, procedente de El Puerto de Santa María, con letra de Azahara Zaín Alburquerque Muro y Daniel González González, música de José Joaquín González Domínguez y Darío Martínez Herrera, dirección de Malena Sánchez Carmona y representación legal de Azahara Zaín Alburquerque Muro. La agrupación no participó en 2025, por lo que su presencia en el COAC 2026 supone estreno dentro de la cantera.

El telón descubrió una escena doméstica de patio andaluz con barca, sillas, canastos, tendedero, camiseta del Cádiz y elementos propios del verano gaditano. Desde ese microcosmos surgió el marco dramatúrgico central: vecinas que se creen realeza, cada una con aspiraciones, exageraciones sociales y un sentido del prestigio tan genuino como paródico. La presentación alternó monólogo con réplica, estableciendo ritmo cómico desde el inicio.

El personaje de la autoproclamada “royalty del carnaval” articuló parte de la trama con guiños al consumismo, la estética del brillo y el deseo de notoriedad (“si quieres una foto conmigo tienes que pedirla porfa, please”). El humor evitó referencias hirientes y se mantuvo en terreno ligero, apoyándose en contraste entre apariencia y realidad: vestidos “del piojito”, joyas “más caras que el oro” o poses de influencer que chocan con la vida cotidiana del barrio.

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La parodia avanzó hacia la presentación del resto del elenco: la vecina “Padilla” —“pero no la de Sálvame”— y otras figuras del entorno doméstico, configurando un ecosistema humorístico reconocible para el público infantil. El texto recurrió a la sátira de clases en clave amable, más basada en aspiración y exageración que en burla directa.

A mitad del repertorio, la pieza incorporó referencias culturales de carácter transversal: rock and roll, modas, ídolos mediáticos e incluso reflexiones sobre lo que significa ser famosa, trabajar o estudiar. Una de las frases vertebradoras del pase fue pronunciada con claridad didáctica: “para romper las reglas primero hay que aprendérselas”, un mensaje que conectó con el componente educativo de la cantera.

En el tramo central, el cuarteto introdujo el elemento fértil del cuento desvirtuado, con la mención de príncipes, coronas y negocios que no salen tan rentables como parecen (“al final el príncipe le viene a limpiar la caca, menudo negocio”). El público respondió con simpatía ante un humor basado en derribar expectativas de glamour y confrontarlas con la cotidianidad.

La segunda mitad del repertorio tomó un tono más reflexivo en torno al valor del esfuerzo real frente al éxito heredado o construido sobre apariencias. La corona —metáfora central— dejó de ser sinónimo de poder para convertirse en símbolo de fragilidad: “mi vida es de cera y cristal”. La letra reivindicó que aquello que merece admiración no proviene del título ni de la sangre sino del trabajo, la constancia y la historia de verdad.

El cierre hiló ese discurso con una referencia a la historia de las mujeres, subrayando que no estuvieron fuera de la historia “porque no hubiese mujeres”, sino porque no se les escribió. La frase final —“si la mujer en la historia no estaba era porque ya éramos diosa”— remató la intervención desde una afirmación identitaria positiva, sin confrontación y con foco en la autoestima.

Escénicamente, ‘Las vecinas de Doña Blanca’ se apoyó más en texto y personaje que en elementos musicales o instrumentales, acorde con la modalidad. La escenografía reforzó la semántica del patio como espacio de convivencia y rumor, mientras que la dirección mantuvo ritmo, entradas y salidas limpias, sin vacíos ni caídas de tono.

La recepción en sala fue favorable, con público entregado en una tarde de alta asistencia familiar y participación desde butacas y anfiteatro. La propuesta se distinguió por su naturalidad en el decir, por una comicidad infantil no dependiente de la estridencia y por un cierre conceptual que aportó lectura de fondo sin abandonar el registro humorístico.






















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