El pinsapar, un tesoro botánico en plena Sierra de Grazalema

Un sendero señalizado permite adentrarse en este bosque, poblado por una especie de abetos que se remonta al Terciario y conservado gracias a las condiciones de la zona

En mayo de 1934, el matrimonio formado por los prestigiosos botánicos Pierre y Valia Allorge, procedente de París, recorrió parte de Andalucía dentro de sus numerosas expediciones por España y otros países de Europa para investigar su flora e inventariar nuevas especies. En su recorrido, dedicó una mención especial al pinsapar de la Sierra de Grazalema, “una de las más bellas excursiones que un botánico puede realizar”.

El testimonio aparece recogido en el libro ‘La época “dorada” de Grazalema. Viajeros, artistas y naturalistas en la Fonda Dorado (1920-1941)’, obra de José Manuel Amarillo, una recopilación de las impresiones plasmadas en dos libros de visitas del establecimiento a lo largo de 21 años. Como ésta, son numerosas las referencias que, ya por aquel entonces, dedicaban los visitantes al bosque de pinsapos, un tipo de abeto singular que propició la declaración de la Sierra de Grazalema como Reserva de la Biosfera de la Unesco -primera en la Península Ibérica- y, posteriormente, como parque natural.

Descendiente de los abetos centroeuropeos que formaban grandes bosques en las épocas glaciares, en la actualidad solo se encuentran pinsapos en el Parque Natural Sierra de Grazalema -a caballo entre dos provincias, ya que comprende la sierra de Grazalema (Cádiz) y la serranía de Ronda (Málaga)-, en el Parque Natural Sierra de las Nieves y en Sierra Bermeja, ambos en la provincia malagueña. También existe un pequeño reducto al norte de Marruecos. El pinsapo es una de las nueve especies de abetos que viven en las montañas que circundan el Mediterráneo.

En la Sierra de Grazalema, el pinsapar se extiende por una superficie de más de 400 hectáreas sobre la conocida como Sierra del Pinar. Adentrarse por el bosque de pinsapos es penetrar en un territorio dominado por la naturaleza, donde la profusa vegetación deja poco espacio a la luz solar. Los pinsapos se ubican generalmente en laderas norte, protegidos de la excesiva insolación y la pérdida de humedad. Esto da lugar a un bosque concentrado y umbrío, en el que los ejemplares compiten por la luz, lo que deja sin hojas sus ramas más bajas y supone una escasa presencia de matas y arbustos, que se reducen a muy pocas especies.

Esta densidad vegetal es una de las primeras impresiones que dejan huella en las personas que, por primera vez, recorren el pinsapar. Caty García, propietaria de la Hospedería Casa de las Piedras, ubicada en la población gaditana de Grazalema, recuerda el impacto que le causó el bosque de pinsapos cuando lo pisó por primera vez con 17 o 18 años. “Coincidió con que era un día de niebla y llovizna y fue sobrecogedor verme rodeada de todos aquellos árboles y no saber si podríamos salir de allí. El lugar impresiona“, asegura la gerente de este establecimiento, que cada año acoge a visitantes nacionales e internacionales deseosos de conocer el pinsapar como principal motivación en su viaje.

También en los libros de visitas donde los huéspedes de la Fonda Dorado plasmaban sus opiniones, figuran como preferencias la subida al pico San Cristóbal -en la Sierra de Grazalema- y el recorrido por el pinsapar. Así, la obra recopilatoria de José Manuel Amarillo sobre el establecimiento recoge casos como el del naturalista inglés Abel Chapman, al que la experiencia resultó tan satisfactoria que mereció varias repeticiones. Chapman, autor junto al también naturalista W.J. Buck de los libros ‘Wild Spain’ y ‘Unexplored Spain’, visitó por primera vez Grazalema en 1872 y en marzo de 1925 hizo constar en el libro de visitas que había realizado una “agradable excursión” por el pinsapar por quinta vez en su vida.

Los bosques de pinsapos estuvieron muy extendidos hace millones de años, cuando las condiciones climáticas eran muy diferentes a las actuales. Eso los convierte hoy en un vestigio de aquellos tiempos y en una joya botánica restringida a un área muy reducida. Su nacimiento y proliferación coincidió con el enfriamiento durante el periodo Terciario, era geológica que se inició hace unos 65 millones de años.

Cuando el clima empezó a suavizarse y las precipitaciones fueron disminuyendo progresivamente, dando entrada a la era postglaciar, la mayoría de los pinsapos desaparecieron. Si han conseguido sobrevivir y mantenerse en pocas áreas, como el Parque Natural Sierra de Grazalema, ha sido gracias a la orografía de la zona, que les ha proporcionado condiciones climáticas cercanas a las existentes en épocas muy anteriores.

Un hallazgo único

Pero, ¿quién descubrió el pinsapo como una especie única del sur de España? Al botánico Edmond Boissier corresponde su presentación en sociedad en abril de 1837, cuando lo calificó como una especie nueva y original tras descubrirlo en Sierra Bermeja y, posteriormente, observarlo más de cerca en la Sierra de las Nieves. “He dado a esta nueva especie de conífera el nombre de ‘Abies pinsapo'”, escribió después.

Desde entonces, el pinsapo ha protagonizado multitud de libros y estudios en los que se han descrito sus características y se ha valorado su singularidad. En el libro ‘Ronda, un paseo por sus alrededores’, publicado en 1888, su autor, José Aparicio Vázquez, ya narra cómo “pinsapos de añosos troncos extienden sus adornadas ramas que forman virtuosísimas guirnaldas por todo aquel terreno hasta llegar casi a la vista de Grazalema”.

No siempre la conservación del pinsapar fue óptima. En las primeras décadas del siglo XX fueron varios los botánicos y naturalistas que lamentaban la tala de estos ejemplares. “El tiempo ha dado un duro golpe al pinsapar”, denunciaba el botánico y político británico Charles Lacaita en mayo de 1925.

También los ingenieros de montes, botánicos y naturalistas españoles Luis Ceballos y Manuel Martín Bolaños, autores del ‘Estudio sobre la vegetación forestal de la provincia de Cádiz’ de 1930, denunciaron la falta de interés de la Administración sobre estos bosques y la conveniencia de que el pinsapar de la Sierra del Pinar de Grazalema pasara a manos del Estado, algo que no sucedió hasta 1971.

Si la existencia del pinsapar mereció el reconocimiento de la Sierra de Grazalema como Reserva de la Biosfera en 1977 y parque natural en 1984, la distinción permitió, a su vez, reforzar la protección y mejorar en el tiempo las condiciones de esta masa forestal. “Desde que se reguló su protección, la superficie de pinsapos se ha duplicado”, explica Paco Gil, agente forestal de Medio Ambiente del Parque Natural Sierra de Grazalema y coordinador de la Cuenca del Guadalete.

Las principales intervenciones en este espacio se centran actualmente en la prevención de incendios, creación de áreas cortafuegos y otros trabajos forestales para su protección. “Además de evitar los incendios, la principal actuación pasa por dejar que la naturaleza siga su curso“, señala Gil, que subraya las implicaciones que supone la protección del espacio.

“El hecho de ser Reserva de la Biosfera entraña una especial relación del hombre con el medio, una unión que no se ciñe solo al paisaje, sino también a otros ámbitos como la cultura o la arquitectura”, resume Paco Gil. “Esta sierra reúne muchos elementos que merecen conservarse y, entre ellos, se encuentran algunas particularidades como el pinsapar; no todos los paisajes tienen el interés ecológico y faunístico del bosque de pinsapos”, añade.

Aun así, señala, “la naturaleza es una lucha y hay otras plantas que también luchan por su espacio, como el quejigo o roble andaluz, pero eso no ha impedido que el pinsapo haya avanzado mucho y se encuentre en muy buen estado de conservación“.

Un paseo por el Terciario

El Parque Natural Sierra de Grazalema cuenta con un sendero señalizado que permite a los visitantes conocer en vivo el bosque de pinsapos. En el periodo comprendido entre el 1 de junio y el 15 de octubre, las personas interesadas en completar este sendero deben hacerlo a través de empresas de turismo activo. Durante el resto del año, pueden inscribirse particulares, pero siempre solicitándolo previamente a través de la Oficina del Parque Natural, del Centro de Visitantes de El Bosque o de la Oficina de Turismo de Grazalema.

Nieves Jarilla, trabajadora en esta última, confirma la alta aceptación que tiene este recorrido. “Entre octubre y diciembre y en los meses de abril y mayo suelen solicitarlo muchas personas”, comenta, al tiempo que confirma que se trata de “una de las rutas más demandadas”.

El sendero comienza en el lugar conocido como Las Canteras o Los Areneros debido a las canteras que aquí se encuentran, a un par de kilómetros de Grazalema, en la carretera que sube al Puerto de las Palomas. Ganando altura, el camino alcanza el Puerto de las Cumbres, desde donde se puede contemplar la Serranía de Ronda y una gran extensión de la Zona de Reserva. Se divisa también el Torreón, el pico más alto de la provincia de Cádiz, y algunos pinsapos hasta llegar al propio pinsapar. Más adelante, los pinsapos ceden el protagonismo a los quejigos, para concluir el itinerario en una pista que se dirige a la población de Benamahoma.

Un entorno, el de este parque natural y el de las poblaciones que lo integran, que, junto a su valor natural, ha sido destacado por su belleza por artistas y creadores españoles y extranjeros, como expresó el conocido pintor norteamericano Ernest Martin Hennings sobre el pueblo de Grazalema en uno de los libros de visitas de la Fonda Dorado: “Grazalema es un almacén inagotable para un artista”.

También te puede interesar

Sé el primero en comentar en "El pinsapar, un tesoro botánico en plena Sierra de Grazalema"

Deja un comentario

Tu correo no será publicado.


*


A %d blogueros les gusta esto: