El coro libertario abrió la noche con un tipo de plaza de toros de posguerra y tango clásico de tesis, mientras la comparsa gaditana reforzó el discurso feminista; el resto de la sesión osciló entre la defensa de la identidad gaditana, el humor del famoseo y los regresos desde Puertollano, Chiclana y Alcalá de Guadaíra

Una sesión de preliminares del COAC 2026 en el Gran Teatro Falla dejó una noche de marcado contenido político y social en la que el coro gaditano ‘La carnicería’ y la comparsa ‘Las muñecas’ se colocaron un peldaño por encima del resto. Junto a ellas, el estreno de ‘Los caletarios’ en la modalidad de coro y el regreso de la chirigota chiclanera ‘Los compay’ completaron la parte más sólida de un cartel que se cerró con proyectos de continuidad y comparsas de paso.
‘La carnicería’, coro libertario con letra y música de Miguel Ángel García Argüez, abrió la sesión y elevó de inmediato el nivel competitivo. El tipo situó al espectador en una plaza de toros de posguerra presidida por autoridades militares, civiles y religiosas bajo el Águila de San Juan, para plantear una lectura histórica y política sobre el autoritarismo y la repetición de los errores del país. El primer tango hizo hablar al propio tango del Carnaval para reclamar respeto a la forma clásica de la modalidad, mientras que el segundo utilizó el verbo “usar” como eje para describir la lógica de poder y guerra en torno a Estados Unidos, con un remate directo sobre Donald Trump. Con cuplés efectivos y un popurrí de tesis que no rehuyó la confrontación ideológica, el coro firmó uno de los pases más serios de la noche y quedó claramente instalado en la parte alta de la sesión.
El listón se mantuvo con la comparsa gaditana ‘Las muñecas’, heredera de ‘La mala’ y articulada este año en torno a un universo Barbie-Ken al servicio de un discurso feminista. La presentación, construida desde el espejo y la imagen, definió la tesis: la muñeca como prototipo de mujer perfecta y la mujer real como cuerpo sometido a mandatos externos. El primer pasodoble defendió el papel de las mujeres en el Carnaval y la legitimidad de las letras feministas frente a las críticas en redes y a la nostalgia del “carnaval de antes”. El segundo, uno de los momentos más duros de la sesión, abordó la prostitución, la miseria y la doble moral del putero de barrio a partir de la figura de una madre que saca adelante a sus hijas entre juicios y comentarios. El teatro respondió con una ovación prolongada. Los cuplés, más ligeros, jugaron con el pregón del orgullo, cofradías y la dificultad de encontrar políticos sin sombra, mientras el popurrí sostuvo el hilo con escenas sobre juego, consentimiento, identidad y amor más allá de la apariencia, hasta cerrar con una afirmación de autoestima. La comparsa confirmó crecimiento respecto al año anterior y se consolidó como uno de los nombres propios de la noche.
El tono cambió con la entrada de la chirigota gaditana ‘Los niños con nombre’, que se apoyó en el universo del famoseo para construir un tipo de “hijos de” celebrities como Pocholo, Froilán, Enrique Iglesias, Chabelita, Kiko Rivera o el propio Felipe VI. La presentación resolvió el concepto desde el primer minuto y la escenografía situó la acción en la plaza de San Juan de Dios. El primer pasodoble fue el clásico piropo de regreso al Falla, con referencias a la cantera y a la vocación gaditana del grupo; el segundo se centró en las “cuentas de Feijóo” y reivindicó el peso cultural de Andalucía a través de nombres como Machado, Lorca, Picasso o Manuel de Falla antes de negar el voto al líder popular. La tanda de cuplés, planteada en dobletes, alternó chistes sobre Nicolás Maduro, la consulta del ginecólogo y guiños a los romanos de Tenerife, con un estribillo que insistió en el privilegio heredado de los personajes. El popurrí desarrolló escenas de fiesta, consumo y escándalos mediáticos en clave de parodia. La propuesta se mantuvo amable y reconocible, pero sin encontrar un vuelo humorístico que la distinguiera dentro de la propia sesión.
El segundo coro, ‘Los caletarios’, devolvió al repertorio la mirada territorial y la defensa de la identidad gaditana. Con letra de Felipe Marín y música de Nene Cheza y Kiko Álvarez, la agrupación presentó un tipo de soldados de La Caleta encargados de proteger la playa frente a la invasión turística. La presentación fijó la Caleta como último bastión y combinó imaginería militar con referencias a maletas, alquileres y propinas. El primer tango, dedicado al coro de La Viña y a la memoria corista del barrio, reivindicó la cantera y reclamó que “suene de nuevo el tango” en ese entorno, con una música clásica y contenida que conectó bien con el patio de butacas. El segundo abordó el acoso escolar y el caso de una niña, con crítica directa a la inacción de adultos y centros educativos y un cierre que rechazó la idea de que el acoso sea “cosa de niños”. Los cuplés, sobre el alga invasora en Tarifa y una comida televisiva con Mazón y Vilaplana, mantuvieron el tono medio, mientras el popurrí desplegó escenas de control de accesos, cuestionarios caleteros y órdenes en español e inglés para “parar” la turistificación. El coro dejó una impresión de estreno serio, con grupo afinado y discurso claro.
Desde Puertollano llegó la comparsa ‘Contra viento y marea’, proyecto de continuidad de ‘L@s artistas’, con un barco-escenario y un tipo pirata romántico. La presentación planteó el viaje hacia Cádiz como razón del repertorio y dejó clara la apuesta por una estética cuidada y teatral. Los pasodobles se movieron en el elogio, primero a Cádiz y después a la Mancha, con referencias al Quijote, los campos y la hospitalidad manchega, en un tono meloso y sentimental que no llegó a plantear conflicto. Los cuplés, sobre piratas estereotípicos y guiños carnavalescos, se apoyaron en la complicidad del teatro, y el popurrí insistió en la navegación como metáfora sin encontrar un segundo plano de lectura. La comparsa firmó un pase correcto, bien montado y afinado, pero situado en el tramo más plano de la noche.
Uno de los regresos más celebrados fue el de la chirigota chiclanera ‘Los compay’, la agrupación de los Molina, con un tipo de músicos cubanos callejeros. La presentación unió La Habana y Cádiz como ciudades hermanas y explicó el viaje a la Tacita para ganarse la vida cantando en la calle. El primer pasodoble combinó inicio de son caribeño con desarrollo gaditano para contar la historia de unos habaneros que descubren que en Cádiz basta golpear con los nudillos en la barra para emocionar al público. El segundo se centró en los artistas callejeros y fue una de las letras sociales mejor resueltas de la sesión, reivindicando a cantantes, músicos y estatuas humanas que a menudo trabajan en la invisibilidad y valoran una sonrisa tanto como la moneda. Los cuplés alternaron la moda del pistacho, incluso en geles sexuales, con un vecino rodeado de siglas y diagnósticos, rematados con un estribillo de ritmo cubano que el público compró sin dificultad. El popurrí consolidó la propuesta como chirigota de musicalidad y alegría, con espacio para quejas sobre el precio de la vivienda y conjuros caribeños, y cerró con un mensaje de cariño hacia Cádiz como destino al que volver cada febrero.
La sesión se cerró con la comparsa ‘La juguetería’, de Alcalá de Guadaíra, que planteó una alegoría en la que las componentes son juguetes sometidos a las reglas de un sistema que decide por ellas. La escenografía redujo la escala del escenario para subrayar esa condición y la presentación habló de tableros, normas y rompecabezas que impiden avanzar. El primer pasodoble abordó la turistificación en Sevilla, enlazando con el debate sobre vivienda y expulsión vecinal desde una perspectiva no gaditana. El segundo se centró en los cribados de cáncer de mama y en el retraso en los programas de detección, con crítica al presidente de la Junta. Los cuplés, más ligeros, jugaron con Abraham Mateo y con la confusión entre Andy y Lucas, y el popurrí extendió la metáfora a la precariedad laboral, las hipotecas y la sensación de moverse siempre en círculo. La comparsa cerró la función con un pase serio, afinado y sin errores de ejecución, apoyado en la musicalidad del grupo y en un discurso que funcionó más desde la forma alegórica que desde el impacto dramático.
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