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La comparsa de Cortegana debuta con un pase débil marcado por el metacarnaval y problemas de afinación

“La ciudad prohibida” estrenó la Peña Los Peques en el Falla con una propuesta clásica y bienintencionada pero sin competitividad musical ni literaria

La comparsa “La ciudad prohibida”, procedente de Cortegana (Huelva), debutó en el Concurso Oficial de Agrupaciones Carnavalescas del Gran Teatro Falla con un pase correcto en actitud pero falto de competitividad en todos los terrenos del repertorio. El grupo de la Peña Los Peques, con letra de José Daniel Menguiano y música de Fernando Borrallo —también en la dirección—, llegó por primera vez al teatro gaditano con un concepto metáforico que situaba a Cádiz y al propio Falla como una fortaleza inaccesible para la que es necesario ganar mérito, honra y “santo y seña” para cruzar la muralla. La idea, aunque reconocible, estuvo lejos de aportar novedad en un metacarnaval que el concurso lleva años desgastando.

El tipo representaba a custodios de esa “ciudad prohibida”, soldados ceremoniales que custodian las puertas del templo carnavalero. El forillo fue lo más sugerente de la propuesta: el recinto fortificado adoptaba forma de guitarra, un gesto plástico que explicaba el concepto con claridad visual. En lo interpretativo, la presentación arrastró problemas de afinación, empaste y vocalización, además de una evidente falta de cohesión entre cuerdas. La colocación de voces no permitió que el grupo abriera el sonido en ningún momento y la entrada al primer pasodoble llegó sin haber asentado tono ni ritmo.

El pasodoble fue el punto más débil del repertorio. Las músicas se construyeron desde un esquema clásico, largo y lineal, sin salto melódico ni progresión emocional. Todo transcurrió en un mismo plano, lo que convirtió cada letra en una pieza extensa, monótona y sin pellizco. El primer pasodoble mezcló un homenaje a mujeres andaluzas con alusiones a la lucha contra el cáncer de mama y referencias al andalucismo histórico sin lograr coherencia. La intención estaba, pero el desarrollo fue confuso y el remate quedó desubicado. El segundo giró hacia una “letra de rigor” propia del visitante: gratitud a Cádiz, reconocimiento a lo que el Carnaval les ha dado y devolución simbólica de esa deuda artística. Fue amable y sincero, pero completamente previsible dentro del concurso.

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Los cuplés no aportaron función humorística. El primero giró en torno a un tatuaje malogrado, con remate cantado desde lejos. El segundo recurrió al apagón eléctrico y a la actualidad política para desembocar en un cierre sin lógica humorística. La modalidad exige ritmo, agilidad y sorpresa; aquí no hubo nada de eso. El estribillo se limitó a apuntalar la idea del grupo sin vuelo propio.

El popurrí, que es donde algunas comparsas de corte clásico encuentran refugio, tampoco consiguió levantar el pase. La agrupación optó por seguir explotando la metáfora del Falla como fortaleza, el Carnaval como rito iniciático y Cádiz como ciudad-epicentro. Nada de ello resultó novedoso. El repertorio cayó en el lugar común: guitarras, febrero, clarines, telones, santos y señas, llaves, murallas, accesos, catavientos y referencias a la liturgia carnavalera. No hubo clímax ni narrativa interna y el cierre se resolvió sin emoción.

Pese a todo, el grupo dejó una sensación noble: cantaron con respeto al teatro, con orgullo de procedencia y con la voluntad clara de vivir la experiencia. El público reconoció ese esfuerzo, pero también quedó patente que el salto competitivo entre un carnaval comarcal y el Falla es muy amplio. El concurso exige no solo entusiasmo, sino literatura, música, interpretación y dirección escénica cualificada. Aquí ninguna de esas piezas apareció con suficiente fuerza como para sostener aspiraciones más altas.



















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