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La pandilla inclusiva regresa al Falla con humor y reivindicación de la diversidad

El cuarteto del Centro Afanas del Puerto construye un concierto carnavalesco con superpoderes y reivindica accesibilidad e inclusión desde la guasa

El cuarteto La pandilla inclusiva, procedente de El Puerto de Santa María, regresó al Gran Teatro Falla con su tercera propuesta consecutiva, consolidando un proyecto que ha convertido la visibilidad de la diversidad funcional en uno de los espacios propios del Concurso. En esta ocasión, galardonaron el escenario con un tipo de banda musical con superpoderes, dispuesta a ofrecer un concierto «para salirse del Carnaval». La idea se asimiló rápido y el arranque fue eficaz en la transmisión del código interno.

La presentación funcionó como exposición del tema central: presentación de personajes, identidad, humor y reivindicación. Mediante la fórmula de “mira, mira, mira” fueron introduciendo situaciones cotidianas que afectan a personas con discapacidad, desde el aparcamiento indebido en plazas reservadas hasta la exclusión en celebraciones infantiles. Se trató de una crítica directa a conductas normalizadas, empleando la guasa como herramienta pedagógica sin caer en sentimentalismos.

La parodia avanzó con coherencia interna y una sucesión de escenas de buen ritmo. Uno de los golpes más celebrados fue el del regalo para un familiar invidente en forma de “libro” que resultó ser un rallador de queso, resuelto con manos vendadas y agua oxigenada. También funcionó el recurso del “abuelito bombo” como personaje que “no tiene discapacidad, pero es el único tonto del grupo”, mecanismo que permitió invertir la jerarquía humorística. La aparición del “mangamanager” Coñeta, responsable de anunciar una supuesta gira mundial, introdujo un personaje externo que dinamizó el juego y permitió referencias carnavalescas de carácter meta.

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El repertorio incluyó menciones a la accesibilidad en escenas como el “Puerto actual” que ofrece “escenario sin escaleras”, en referencia a la problemática denunciada el pasado Carnaval con la falta de condiciones para actuar en la ciudad de origen del grupo. El público respondió con complicidad a estos guiños, lo que reveló que el cuarteto ha conseguido instalar su lenguaje en el imaginario reciente del Concurso.

Los cuplés se agruparon en dos líneas distintas. El primero, mejor integrado en el discurso del cuarteto, abordó la invisibilidad que sufren en el día a día y remató con la frase «¿y qué culpa tengo yo de que los demás sean medio tontos?», generando una reacción notable en la sala. El segundo, centrado en la dieta de la vecina Carmeluchi, se alejó del eje de accesibilidad e inclusión, optando por la caricatura del cuerpo y las modas de adelgazamiento. La tanda fue acompañada por un estribillo de carácter ligero, más orientado al humor que al remate identitario.

El popurrí cerró la actuación con una narrativa sencilla y comprensible, apoyada en músicas reconocibles y un tono de concierto carnavalesco. Destacó el bloque dedicado a la relación entre Carnaval y adicción festiva, resuelto en la frase «del Carnaval también se sale», estructurada en clave de ironía sobre la continuidad del concurso y sus implicaciones emocionales. La última cuarteta fue la más celebrada por el público. Bajo el título implícito de «Diversidad», el cuarteto se definió como parte del Carnaval de Cádiz, con frases como «aquí me siento uno más» y «siento lo mucho que me quieren» para rematar la sensación de pertenencia. La reacción dejó ver que la conexión entre grupo y Falla se ha consolidado más allá del efecto sorpresa de sus primeras apariciones.

La propuesta de La pandilla inclusiva no compite en la misma liga que los cuartetos orientados al ingenio textual, la métrica o la ironía corrosiva. Su objetivo es otro: utilizar el Carnaval como altavoz para la inclusión, señalando barreras reales mediante humor y situando la diversidad funcional dentro del espacio cultural gaditano sin subrayados paternalistas. Este enfoque ha encontrado su lugar dentro del Concurso, y su paso por preliminares volvió a confirmarlo.

La actuación dejó la sensación de que el cuarteto ha alcanzado madurez narrativa sin perder espontaneidad. La estructura fue reconocible, el ritmo se sostuvo y el tipo resultó apropiado para el mensaje. El Falla respondió con cariño y complicidad durante todo el pase, especialmente en el tramo final.




















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