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Lewis Carroll – Lo que escondía el espejo

Por Rosa Freyre Jul19,2016

Rosa FreyreTodos somos conocedores de la obra de Lewis Carroll, autor de las famosas «Aventuras de Alicia en el País de las Maravillas» y también, una segunda parte, «Alicia a través del Espejo».

No solo hemos leído las mismas, sino que han sido llevadas al cine en variadas ocasiones, e incluso, la televisión también ha emitido películas relacionadas con el tema de ambos libros.

Pero lo que muchos no conocen, y de ello estoy más que segura, es de la personalidad de su autor, LEWIS CARROLL, el mayor de once hijos, cuyo padre era el párroco de un pequeño pueblo de Chershire, en Inglaterra.

Un hecho significativo es que Lewis Carroll, al igual que varios de sus hermanos era tartamudo, algo que le traumatizó en su paso por la escuela, siendo además un joven débil y con escasa voluntad, aceptó ser diácono, siguiendo las instrucciones de su padre. A su carácter se le unía un aspecto un tanto cursi y melindroso, pues sus rizos le sobresalían por encima de las orejas y su rostro mostraba una total tristeza. Según las crónicas a su fallecimiento con setenta y cinco años, aún seguía siendo virgen.

Mas ello no impidió que Lewis Carroll conociera el amor, pero fue el suyo un amor «inapropiado» hacia una niña de diez años, llamada Alice Liddell, a la que dedicó los cuentos que tan famoso le hicieron.

Su vida no solo se remitía a escribir sino que ejercía como profesor de matemáticas, pésimo, por cierto, en la Universidad de Oxford. No obstante, tenía una especial dedicación: la de fotografiar niñas desnudas, fotos quemadas por orden de éste antes de su fallecimiento, si bien quedó una única, la de una niña llamada Evelyn Hatch, de 9 años, en una postura evidentemente pornográfica. Ello evidenciaba el hecho de que Lewis Carroll tenía una mente perversa. Una mente que podríamos considerar como dual, pues, por un lado, su imagen era la del respetable clérigo Dodgson, vestido de negro, con unas ideas conservadoras y muy estricto en todo tipo de manifestación personal y verbal, y por otro, la del hombre depravado que gustaba de jugar con niñas (los niños los rechazaba), pues le atraían sexualmente. Y así lo expresó con estas palabras: «Adoro a los niños, con excepción de los niños».

La especial relación de Lewis Carroll con Alice Liddell, comenzó cuando conoció a las hijas de uno de los decanos de Oxford, las hermanas Lorina, Ethel, y Alice. Por ello solía acudir al jardín del decanato y jugar con las pequeñas, si bien su preferida era, sin lugar a dudas, Alice, a la que frecuentemente, sentaba en sus rodillas.

Mas la madre de las pequeñas empezó a sospechar de estas continuas visitas, y sobre todo, cuando Lewis Carroll pidió la mano de Alice, lo que espantó a la madre de las niñas, ya que ésta última tenia solo once años, en tanto que Lewis superaba los treinta. Ello trajo como consecuencia la total prohibición por parte de la familia de las pequeñas a que Carroll volviera a acercarse a ellas.

Más tal era el vicio de Carroll que sabía como buscarse el «favor» de las pequeñas niñas a las que se acercaba utilizando para ello diferentes estrategias; una de ellas era la de la «maletita». Acostumbrada a tomar trenes de cercanías, y en la maleta en cuestión llevaba todo tipo de juguetes con los que atraía a las pequeñas que viajaban con sus padres, quiénes no ponían reparo alguno en que sus hijas disfrutaran de la compañía de un señor que aparentaba absoluta seriedad.

Otra de sus estrategias, sin lugar a dudas mucho mas burda, fue la que le llevó a frecuentar a niñas actrices o que servían de modelos para pintores; tal fue el caso de una pintora Gertrude Thompson, que dibujaba pequeñas hadas desnudas, para las que se servía de niñas. Era éste un magnífico escenario para llevar a cabo sus «aficiones» fotográficas, hasta que saltó el escándalo social y tuvo que abandonar la fotografía, aunque, eso sí, siguió cultivando su afición, por la pintura, mediante el dibujo de niñas desnudas en el taller de su amiga Gertrude.

La vida de Lewis Carroll, al que todos admiramos, por su obra literaria, en gran medida, la condicionó la aptitud de la persona que no supo o no quiso resistirse a sus vicios.

Evidentemente, todos guardamos secretos, cuyo conocimiento por parte de aquéllos que nos tienen en determinada «calificación» dentro de la sociedad en la que vivimos, podría cambiar radicalmente. No existe nadie perfecto, pues en cada uno de nosotros habita un aspecto que, si bien no nos avergüenza, en algunos casos, preferimos que solo sea nuestro, y que nadie tenga acceso a esa situación o circunstancia.

Las personas somos un mundo de  emociones, de ideas, de vivencias, pero en gran medida debemos ser personas cuya condición humana se vaya forjando en base a unos valores, de los que podamos sentirnos orgullosos, y que para nada supongan daño o sufrimiento para con los que nos rodean.

De la actitud de cada uno de nosotros, se generará una actitud colectiva, que hará que el desarrollo de la sociedad lo sea en ámbitos pacíficos, conciliadores, y cuyo reflejo «en el espejo» sea el de su misma realidad, sin distorsión alguna.

Una sociedad para que crezca en valores que se proclaman en aras a la libertad, la igualdad y la solidaridad, lo debe ser empezando por cada uno de los individuos, y en éstos, esa condición debe ser forjada en la infancia, en base a una educación por parte de unos padres conscientes del valor que supone hacer crecer a personas de bien.

Que nada se esconda detrás del «espejo».

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