Lxs Invencibles regresan al Falla con una propuesta combativa, de autoría femenina y con un discurso político que apunta alto
La comparsa gaditana de Tamara Beardo y Beatriz Aragón irrumpe con potencia, un tipo mitológico y dos pasodobles que confirman al grupo como referencia del proyecto mixto en la modalidad
La comparsa Lxs Invencibles, procedente de Cádiz, volvió al Gran Teatro Falla con un proyecto de autoría íntegramente femenina firmado por Beatriz Aragón y Tamara Beardo. El grupo apareció oculto en el interior de un caballo de Troya, recurso mitológico que funcionó como símbolo de asedio y resistencia frente a una ciudad que las protagonistas sienten propia y arrebatada. De esa metáfora partió una presentación cargada de épica y energía, con Beardo en el centro de la formación marcando guitarras, entradas y dinámicas con solvencia.
Aragón eligió una línea literaria de carácter poético para el arranque, describiendo la ciudad mediante imágenes cultistas, referencias históricas y un catálogo de lugares y símbolos que se reconocieron al instante: Caleta, Viña, Alameda, Mentidero, Puntales o Santa María aparecieron como escenarios donde la identidad se construye y se disputa. La lectura de Cádiz como territorio combatido dio paso al giro esperado: las componentes se reivindicaron como hoplitas contemporáneas que recuperan su tierra mediante coplas, no mediante acero. En ese punto el tipo quedó justificado y el caballo dejó de ser atrezzo para convertirse en declaración política.
El primer pasodoble profundizó en esa línea. La comparsa denunció las limitaciones que sufren las agrupaciones mixtas —“otra liga”— y respondió a quienes cuestionan tesitura, estética y códigos por el simple hecho de no reproducir el modelo sonoro tradicional. La letra fue directa, sin sentimentalismo y con lectura interna del Concurso, señalando que las críticas no afectan tanto como el desprecio estructural. El público respondió con atención, agradeciendo el enfoque con un aplauso firme.
El segundo pasodoble cambió el foco hacia la Iglesia y apuntó de forma explícita al exobispo de Cádiz, al que dedicaron una letra dura tras las acusaciones por abuso de un menor. La crítica fue severa y sin eufemismos, subrayando la contradicción entre doctrina y conducta y negando la absolución moral del personaje. El remate fue claro y contundente, y la sala entendió la carga política sin necesidad de subrayados. Este pasodoble confirmó la orientación de la comparsa: militante, local y frontal.
Los cuplés fueron compartidos con temáticas diversas: una defensa de la libertad verbal dentro del Carnaval, uso consciente del bastinazo y guiños al propio tipo. El humor funcionó mejor en intención que en potencia, pero el grupo no buscó competir en esa parcela. El estribillo aterrizó el código mitológico hacia lo carnavalesco y fue celebrado por el público.
El popurrí extendió la metáfora militar hacia la épica cultural, conectando Cádiz con una tradición que atraviesa siglos y civilizaciones. Se cantó desde la ciudad antigua hasta la contemporánea, pasando por el carnaval como territorio donde se activa la resistencia simbólica. La propuesta se sostuvo con dignidad, aunque la densidad literaria y el registro alto de la música exigieron atención y restaron accesibilidad en algunos tramos. El cierre, más luminoso y emocional, reforzó el mensaje de pertenencia y dejó buen sabor en la platea.
En términos competitivos, la comparsa llega a la modalidad con un valor diferencial evidente: una autoría femenina completa, una línea política reconocible y una apuesta estética propia. El grupo suena, proyecta y tiene discurso. Sobre el papel, las opciones de pase son altas y dependerán de cómo evolucionen popurrí y repertorio en siguientes fases, especialmente en lo que respecta a unidad conceptual y dosificación del registro.
















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