‘Vamos por el primero’ pinta la ciudad con humor laboral y defensa de la cantera en la final infantil del COAC 2026
La chirigota gaditana, con estética de pintores de fachadas, cargó contra los estereotipos andaluces y reivindicó menos trabas administrativas para los grupos jóvenes.
La chirigota ‘Vamos por el primero’, procedente de Cádiz, regresó al escenario del Gran Teatro Falla tras el cuarto premio obtenido en 2025 como ‘El cementerio’. La agrupación presentó letra y música de David Gutiérrez Martín, bajo la dirección de Saúl Herrera Gutiérrez y con Cristina Barrajón López como representante legal.
El tipo se descubrió con el telón: cuadrilla infantil de pintores de fachadas, con mono de trabajo, rodillos, cinturón de herramientas, andamios y latas de pintura. La elección permitió un guiño doble: al colorido urbano gaditano y a la identidad del Cádiz CF, subrayado mediante la paleta azul-amarilla utilizada en varios elementos del vestuario. Se evitó el humor de riesgo laboral y no se incluyeron escenas de peligro físico; la propuesta se mantuvo dentro del código carnavalesco infantil sin tensión ni exposición a situaciones inapropiadas.
La presentación situó a los personajes como profesionales que “pintan Cádiz” y que, al hacerlo, descubren que la ciudad ya posee su propia postal. La idea permitió describir el paisaje urbano desde la mirada de niños que suben a un andamio imaginario y observan azoteas, cielo, fachadas y mar, recurso frecuente y eficaz cuando se utilizan tipos de oficios.
El primer pasodoble abordó uno de los ejes temáticos del repertorio: los estereotipos sobre Andalucía y la percepción externa del carácter andaluz. La letra se articuló mediante el relato de una madre que trabaja limpiando alojamientos turísticos, donde ciertos visitantes confunden amabilidad con indolencia y ocio con falta de trabajo. La chirigota contrapuso esa mirada con la realidad de jornadas largas y empleos invisibles, subrayando que la alegría de vivir no implica vagancia. El texto evitó victimismo y cerró en tono afirmativo, desmontando clichés sin confrontación directa con colectivos concretos.
El segundo pasodoble giró hacia la burocracia en la cantera, un tema recurrente en la edición 2026. La letra enumeró formularios, permisos y requisitos administrativos necesarios para que niñas y niños puedan cantar en el concurso. El remate agradeció la ayuda de un compañero —aludido como Diego— y concluyó con una advertencia implícita: “sin cantera no hay carnaval”. La pieza fue recibida con aplausos sostenidos y cabezadas de aprobación en platea, síntoma de identificación de familias, monitores y agrupaciones.
La tanda de cuplés mantuvo el registro clásico infantil. El primero relató un apagón en clave de humor con remate escatológico leve, dentro de los estándares habituales de la modalidad. El segundo jugó con el programa divulgativo sobre “Cádiz fenicia y romana” y su continuidad prevista hacia el Cádiz de otras épocas, enlazando con la frase “por muchas civilizaciones seguimos de ruinas”. El tercero se centró en un profesor “que les tiene manía”, situando la broma en el contexto escolar sin descalificación personal ni carga vejatoria.
En la parte final del repertorio, la chirigota avanzó hacia el meta-carnaval, con referencias a ensayos, permisos, horarios y cansancio, recordando que los grupos infantiles afrontan semanas de trabajo en invierno con colegio, actividades extraescolares y compromisos familiares. El planteamiento funcionó porque evitó el lamento y priorizó el orgullo por cumplir el ciclo del concurso. El público acompañó el desarrollo con una recepción cálida y una complicidad evidente.
Desde el punto de vista teatral, la agrupación destacó por la naturalidad escénica y la ausencia de sobreactuación. No hubo dramatizaciones de riesgo, ni violencia simbólica, ni contenido desajustado a la edad. Las referencias políticas se mantuvieron en niveles bajos, centradas en estereotipos culturales más que en figuras institucionales concretas, lo que permitió una lectura segura para público infantil sin eliminar la dimensión crítica.
El cierre preservó la coherencia del tipo: los pintores anunciaron que “pintan el primero” como quien pinta el primer piso, pero también como quien canta por primera vez buscando un primer premio, un juego de doble sentido bien incorporado en el discurso carnavalesco. La despedida se resolvió desde el optimismo y la reivindicación: la cantera trabaja, ensaya, se organiza y quiere cantar con menos obstáculos.
‘Vamos por el primero’ confirmó que el oficio chirigotero infantil sigue siendo una escuela eficaz para humor, ritmo y remate. El grupo demostró que se puede unir crítica social y luminosidad sin sobrepasar las fronteras de su edad y que el carnaval puede seguir siendo un espejo amable para explicar el mundo desde un andamio imaginario.























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