Detrás de una bandera

Yo quiero centrarme en la bandera, ese símbolo que en este tiempo inunda páginas y pantallas y del que se van adueñando, sin pudor, en un bando y en otro, políticos corruptos y salvapatrias que sacan pecho cuando no tienen nada mejor que mostrar. Me avergüenza tanto observar a un niño de unos cinco años envuelto en una estelada en Cataluña como ver a una masa de energúmenos ondeando banderas y berreando consignas como «¡a por ellos!» o «son pocos y cobardes» en Huelva. Las dos imágenes muestran, en mi opinión, el origen de este cáncer indómito que no deja de extenderse, imposibilitando un diálogo necesario y cediendo el espacio a los sentimientos exaltados, al adoctrinamiento y a la guerra de banderas.
Vivimos rodeados de símbolos. Desde estas palabras que escribo hasta los colores y formas de una bandera, los símbolos inundan nuestra vida y nos hacen a la vez más fuertes y vulnerables. Nos hacen fuertes porque nos unen cuando compartimos esos lugares comunes que hay detrás de una tradición, de un himno o de un color. Nos hacen débiles porque, agrupándonos en torno a ellos, nos hacemos dependientes y peleamos por imponerlos, despreciando otras formas de mirar e interpretar el mundo. Pienso que el sentimiento de pertenencia a un grupo es natural y necesario. Cuando se radicaliza, sin embargo, se vuelve maleable y peligroso, demandando un refuerzo constante. Uno comienza sintiendo que pertenece a un pueblo totalmente diferente, y acaba considerando que pertenece a su barrio, a su calle o a su edificio, porque solo en estos encuentra los valores con los que se siente identificado. Ese sentimiento lo conocen bien aquellos que manejan la masa a su antojo, en un bando y en otro, para ganar votos o desviar su mirada.
Por nuestra particular forma de entender la vida, a menudo bipolar y maniquea, los sentimientos hacia cualquier bandera suelen ser extremos. Me hacen reír los que repiten que miremos a Francia como ejemplo de sentimiento limpio y natural hacia los símbolos nacionales, olvidando ese pequeño detalle de que aquí la gente estuvo obligada, durante cuarenta años, a imponer o repudiar una bandera, y que de esos traumas heredados no dejan de obtener rédito muchos de nuestros gobernantes. Por eso conozco a pocas personas que se sientan cómodas con la bandera española sin necesidad de mostrar su desprecio por otras, como la republicana, y a la inversa. Y por eso seguimos con el mismo dilema estúpido de siempre: o veneras una bandera o la desprecias.
A mí nunca me salieron esos sentimientos exacerbados ante ninguna bandera (y no creo que a nadie le nazcan de forma natural, sino tras un proceso de aprendizaje y posicionamiento ideológico). Cada vez que he trabajado como profesor en otro país estaba presente la bandera española, como símbolo de nuestra cultura, y siempre me he sentido muy cómodo. Nunca, sin embargo, me he fiado de aquellos que adoctrinan para exaltar o despreciar una bandera. Afortunadamente, la dictadura terminó y no permito que nadie se adueñe de ciertos símbolos ni de mi forma de sentir.
A los que incitan a venerar o repudiar una bandera, sea la catalana o la española, les diría que, detrás de ese símbolo, cada uno guarda lo que quiere, y yo no podría encontrar nunca lo que buscan ellos. Lo que representa una bandera, al menos para mí, comienza por su lengua, su cultura y su historia. Y todo eso, precisamente, es lo que muchos pisotean con su mensaje de exaltación o desprecio. Personas que no aman ni respetan una lengua (apenas saben leer y escribir la propia), que roban a su pueblo y escupen sobre su cultura, que tienen como referentes al ejército o a cualquier nacionalista revolucionario de izquierda o de derecha, pero que nunca, jamás, mencionan los míos (Ortega y Gasset, Unamuno, Menéndez Pidal, Lorca, Baroja, Eduardo Mendoza o Joan Manuel Serrat), no deberían sentirse nunca dueños de un símbolo que no les pertenece. A menudo indigna conocer los valores de aquellos que se escudan, ensuciándola, detrás de una bandera.


