El auge del Imperio turco-otomano

El imperio turco ha sido una de las estructuras de poder más importantes en la historia tanto en extensión territorial, como por su duración temporal. Fue fundado en el siglo XIV y duró hasta 1922. En su época de esplendor, coincidiendo con el siglo XVI, dominaba desde la actual Hungría en el norte de sus fronteras, hasta la península Arábiga por el sur, y desde la actual Argelia por el oeste hasta Irán en el este. También dominaba gran parte de zonas costeras en torno al mar Negro, especialmente en lo que hoy es Ucrania. El Mediterráneo oriental fue durante mucho tiempo un mar turco-otomano. Este Imperio, pues, reunía bajo el poder del sultán un conjunto heterogéneo de pueblos.

El Imperio otomano fue fundado por Utman I Gazi, conocido como Osmán, un guerrero turco otomano perteneciente a una tribu del centro de Anatolia. Osmán venció a las tribus rivales de dicha península y extendió su reino enfrentándose a los bizantinos hacia el oeste. Los sucesores de Osmán asentaron las posiciones conquistadas y continuaron su expansión hacia los Balcanes, enfrentándose a Bizancio y Venecia. En el siglo XV el poder otomano se convirtió en casi invencible. Ankara y luego Bursa fueron las capitales de este nuevo imperio.

La época de máximo esplendor del Imperio otomano iría desde mediados del siglo XV hasta finales del siglo XVI. En 1453 el mundo cambió cuando el sultán Mehmed II (1451-1481) conquistó Constantinopla y liquidó el Imperio Bizantino. A partir de entonces, la ciudad pasó a denominarse Estambul y se convirtió, entre Europa y Asia, en la capital del Imperio turco-otomano.

El sultán Solimán el Magnífico (1520-1566) condujo al Imperio a su mayor extensión geográfica, ya que consiguió dominar las costas mediterráneas desde Argelia a Egipto. Pero, además, asentó las instituciones de gobierno. Estas dos acciones convirtieron al imperio turco en un poder que suscitó el recelo y la preocupación en Europa. Los reinos cristianos comenzaron a comprender la amenaza turca y de los piratas berberiscos, a su servicio, contra los barcos y las costas italianas y españolas. Felipe II consiguió reunir una coalición cristiana con los venecianos y el papado para enfrentarse al poder turco. En 1571 se dio la batalla de Lepanto, una victoria cristiana, pero que no supuso el fin de la amenaza turca sino el mantenimiento de una especie de status quo en el Mediterráneo.

Entre la mitad del siglo XVII y el siglo XVIII se vivió otra época de cierto esplendor, aunque más bien en el plano artístico y cultural. Se trata del período de los tulipanes (1634-1736) pero, posteriormente, el imperio turco entró en un largo proceso de decadencia que se acentuó en el siglo XVIII

La cúspide del poder del Imperio turco era el sultán, cuyo poder era absoluto, controlando el ejército, la economía y la religión. El sultán contaba con el concurso de los visires para el gobierno, como una especie de ministros. La administración territorial se organizó a través de provincias, unidas por una buena red de caminos y gobernados por gobernadores, conocidos como pacas, figuras claves del sistema feudal otomano.

El poder turco siempre se preocupó de las obras públicas, especialmente de las vías de comunicación, dada la inmensidad del Imperio, así como de todo lo relacionado con el abastecimiento de agua: canales, acueductos, fuentes públicas y baños, siendo la cultura del agua una de las grandes aportaciones de la civilización turca.

El ejército turco-otomano fue la institución clave del mantenimiento de la estructura de poder del imperio. En el mar, los turcos tuvieron la principal flota mediterránea que llegó a dominar el Mediterráneo oriental y gran parte del golfo Arábigo. Pero, además, contaban con una poderosa infantería, fundamental en la expansión por la zona de los Balcanes. En el ejército destacaba el cuerpo de los jenízaros, tropas de élite vinculadas estrechamente al sultán y que siempre tuvieron una gran influencia en los acontecimientos políticos del Imperio.

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