Continuidad de los parques

Gabriel Urbina

«Continuidad de los parques» es mucho más que el cuento de Cortázar que venía incluido en mi libro de texto de primero de BUP (manual que guardo como uno de los tesoros que han ido perdiéndose bajo los escombros de leyes educativas parcheadas). Yo tenía trece años y acababa de llegar al instituto. Ya por entonces los libros y el deporte se iban convirtiendo en los alimentos que me hacían sentir más vivo. «Continuidad de los parques» era una de esas lecturas con las que comenzaba cada unidad y que, tocando las teclas adecuadas, podían mantenerme anclado a sus palabras durante semanas o meses. Así ocurrió. Aunque ya habíamos terminado otras unidades, aunque el curso llegaba a su fin, yo seguía volviendo a este cuento una y otra vez, como un náufrago que no aparta su mirada de la Estrella Polar.

Me sigue asombrando que, en un par de páginas, alguien pueda hacer desaparecer las fronteras entre la vida real y la ficción como hizo Cortázar con esa historia fascinante, provocando que el lector sienta la respiración de los personajes o respire él mismo como un personaje más, mezclando esas dimensiones con una naturalidad que te obliga a preguntarte, levantando la vista con recelo, si no habrá alguien, en ese preciso momento, percibiendo lo que estás haciendo o sintiendo; si no habrá alguien, en algún lugar, leyendo tu vida en la página de un libro que sigue escribiéndose.

Lo cierto es que, veinte años después de tropezar con aquel relato, sigo anclado a la continuidad de los parques. Como decía al comienzo, ya no es solo un cuento de Cortázar, sino una forma de sentir y moldear mi mundo a la que no he querido renunciar. Cortázar ataca al lector pasivo, ese que, acomodado en su sofá, no es capaz de sentir ni sufrir con los personajes del libro. En «Continuidad de los parques» el lector no tiene posibilidad de elegir, porque su parque y el que recorren los personajes en la ficción es el mismo parque, el mismo mundo. Así, el lector asiste asombrado a la continuidad de su mundo, esa que sólo te permite la literatura, alargando hasta el infinito las posibilidades de vivir otras vidas, de sentir esos latidos de papel que se sincronizan, hasta mezclarse, con el bombeo de tu propia sangre.

Borges, uno de mis jardineros favoritos en esos parques en los que todo es posible, llegó a afirmar: «De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación». Y yo, con permiso del maestro, añado que el libro es la extensión de tu tiempo: la posibilidad de vivir en épocas y lugares que forman parte del pasado, o que todavía no han llegado, o que jamás existirán; la posibilidad de retar a la muerte multiplicando tu vida con esas vidas de papel que su guadaña no alcanza. Yo he pasado tantas horas en algún banco de esos parques interminables que a veces siento más vivos a algunos personajes de mis libros que a ciertas personas que deambulan cerca de mí.

Cuando has atravesado esa línea, cuando ves que el parque continúa y se han borrados las fronteras, en tus recuerdos se mezclan, inevitablemente, lo vivido y lo leído. Tal vez no pueda presumir de muchas cosas, pero sí de haber visto revolotear, en algún lugar, esas mariposas amarillas que anuncian la presencia de Mauricio Babilonia; presumo de haber recorrido mares y bosques suavizando la soledad de esos personajes que tenían algo importante que decirme; y presumo, cómo no, de haber asistido al nacimiento y final de tantos mundos, de seguir escuchando el eco de Momo en cualquier anfiteatro, los pasos de Cosimo en el crujir de las ramas y de buscar con la mirada, en los campos de trigo, la silueta de un zorro y un principito. Todas esas vivencias (sí, no hay palabra que exprese mejor mi relación con los libros) han ido moldeando mi universo de tal forma que ya no puedo (ni quiero) salir de ese parque laberíntico en el que mi vida y la literatura se mezclaron para siempre.

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