Don Javier

Juan Antonio QuiñonesEsta noche habrás dormido tranquilo, incluso puede que hoy que lo hayas celebrado con tu pandilla de encubridores. Pero no creas que te has librado, porque la misma sentencia que te absuelve te condena. Independientemente de lo que ocurra con los recursos que se presentarán, aunque al final la justicia confirme tu inocencia has quedado marcado. Don Javier López Luna puede que no sea un abusador, pero es un sádico, aunque solo sea en la segunda acepción de la palabra, la que no implica placer sexual.

Los hechos probados que se recogen en ese puñado de folios me permiten a mi y a cualquiera que se cruce en tu camino señalarte con el dedo y recordarte lo que eres, una persona que disfruta provocando daño físico en otros. Te aprovechaste de tu posición para dar rienda suelta a tus más bajos instintos.

Pero no voy gastar una línea más en dirigirme a ti, porque lo que a ti te ocurra es irrelevante. Lo preocupante del caso es que ni tu orden ni tu iglesia, con minúsculas, han hecho nada por apartarte definitivamente del sacerdocio. Te tienen en la nevera, como los árbitros malos, esperando que la sentencia sea firme para devolverte al ejercicio de tu profesión, la de sacerdote, la de docente y la de sádico, tu santísima trinidad del oprobio. Pero lo harás lejos, seguramente fuera de España, donde sea más difícil que sepan quien eres.

Esta es la iglesia que tenemos, la que exige respeto al más mínimo reproche. La que intenta transcribir su moral cristiana al ordenamiento jurídico. La que exige a los ciudadanos, pertenezcan o no a su club, un comportamiento que para sus pastores solo es una recomendación. Menos mal que el problema de este país son los políticos.

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