El mar y la mar. Tu mar

Gabriel UrbinaA veces un poema resuelve una duda gramatical mejor que cualquier libro de texto, manual o diccionario. Y no porque lo explique mejor, sino porque a la explicación le añade emociones, y sólo las emociones pueden levantar murallas contra los envites del olvido. Cuando los estudiantes me preguntan si «mar» es masculino o femenino, si se escribe «el mar» o «la mar», les dejo como respuesta un poema de Alberti. Es un poema cercano e insondable, como el océano. Es cercano porque todo el mundo lo ha oído o recita alguna estrofa de memoria; es insondable porque contiene un oleaje de sonidos y palabras tan poderoso que no se comprende quedándote en la superficie, sino cuando te adentras en ese remolino de emociones contrarias. Cuando acaban de leerlo, algunos estudiantes me miran desconcertados, con más dudas que antes, porque esperaban una respuesta categórica, una verdad absoluta que los saque de la duda. Entonces les digo que la literatura no es una fórmula matemática ni su función es aportar seguridad. A veces sólo aspira a despertar tus sentidos y a que te sientas vivo. Nada más y nada menos que a que te sientas vivo.

Si los estudiantes se zambullen en la historia que hay detrás del poema y aprenden a leer entre líneas, las dudas se van disipando. Alberti lo escribió en la sierra de Guadarrama, convaleciente de una afección pulmonar, cuando apenas superaba los veinte años. Unos años antes se había trasladado con sus padres desde El Puerto de Santa María hasta Madrid, y esa distancia de su mar le impulsó a escribir un poemario cuyo título ya marca el tono y el sentido: Marinero en tierra. Tres simples palabras para expresar un sentimiento de añoranza sin límites, para expresar esa unión con su mar (marinero) que ahora, en la distancia, lejos de su abrazo de agua, le hacía sentirse desubicado (en tierra):

El mar. La mar.
El mar. ¡Sólo la mar!

¿Por qué me trajiste, padre,
a la ciudad?

¿Por qué me desenterraste
del mar?

En sueños, la marejada
me tira del corazón.
Se lo quisiera llevar.

Padre, ¿por qué me trajiste
acá?

La primera estrofa es una de las más conocidas, pero pocos se detienen en ese vaivén que resuelve la duda de los estudiantes: ¿«el mar» o «la mar»? Alberti utiliza las dos formas para insistir en ese trago amargo que todos, de una manera u otra, hemos sentido alguna vez: amar lo que está lejos, lo que una vez estuvo tan cerca que se nos quedó dentro y ahora duele en la distancia. En sitios de interior se suele emplear el masculino (el mar); mientras que en lugares vinculados al mar, de tradición pesquera o marinera, se emplea a menudo el femenino (la mar, hacerse a la mar, alta mar, mar calma). Así, el poeta siente su mar a veces tan cerca (en sus recuerdos, en sus sueños) y a veces tan lejos (en la distancia cotidiana de Madrid), que describe esa batalla interior enfrentando los dos artículos para terminar aferrándose a su deseo: «¡Sólo la mar!».

Esos dos versos y ese grito final te llevan mar adentro, y ya no puedes escapar de la marejada que te arrastra. El poema ya no dibuja ni describe, sino que se convierte él mismo en mar de fondo. Los versos cortos suceden a los largos para reflejar el movimiento de las olas, y estas suenan de verdad, gracias a las aliteraciones de erres y eses que imitan sus sonidos cuando rompen cerca de la orilla, borrando huellas y esparciendo recuerdos.

A mitad del poema, otros dos versos se levantan como una ola inmensa que nace del interior del poeta: «¿Por qué me desenterraste del mar?». Esta aparente paradoja («desenterrar» hace referencia a la tierra y no al mar) es la tempestad interior que no se calma. Mar arbolada que le llega desde su memoria. Al utilizar ese verbo, «desenterrar», el poeta expresa que sus raíces estaban en aquel mar de su tierra y ahora se siente perdido, desenterrado de esa orilla junto a la que su corazón latía al unísono.

Se puede dar una simple explicación gramatical e histórica para decir que la palabra «mar» es un sustantivo ambiguo, neutro en latín, y que admite ambos géneros. Yo hoy prefiero llegar adonde no hay pie para decir, además, que hay poemas que pueden arrastrarte hasta tu mar, estés donde estés. Que todo tu mar cabe en unos versos y que hay palabras que centellean y rielan, que te salpican de horas azules cuando comprendes que fueron escritas para alcanzar esa orilla que no se alcanza con las manos.

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