El poder de las palabras

Gabriel Urbina

Me gustan las palabras. Aquellas que mi acento acaricia llenándolas de luz y las que me suenan lejanas, extrañas. Me gustan las que se ocultan, tímidas, en el silencio; y las que salen con fuerza, retando al presente. Me encantan aquellas cuyos significados no guardan secretos, las que conozco desde pequeño y me acercan a los míos, las palabras azules de mi patio… Pero también las palabras desconocidas, las que pintan nuevos colores y me retan a cada instante, enseñándome un mundo diferente. Con ellas puedes describirte y definirte. Sin embargo, lo más importante (y a lo que menos atención prestamos) es que también podemos moldearnos con ellas, redibujar nuestro universo, con sus constelaciones y planetas, modificar sus leyes y trazar nuevas trayectorias.

Ya sean sueltas, desgajadas, vistiéndose de verbos y adjetivos, o agrupadas y mezcladas para inmortalizar un poema, una historia o un recuerdo, tengo el privilegio de que sean ellas, las palabras, mi herramienta de trabajo y de vida. Cada semana puedo hablar en clase del poder de esos sonidos y letras que, al estar tan habituados a su presencia, hemos dejado de valorar, sin darnos cuenta de que el valor que damos a las palabras es el valor que le damos a nuestro mundo, el valor que nos damos a nosotros mismos.

El lenguaje y el pensamiento son dos caras de una misma moneda y, de la misma forma que no existe el pensamiento sin lenguaje, no puede haber claridad detrás de palabras confusas ni caos entre oraciones precisas. Si utilizas un lenguaje rico y repleto de matices, tu pensamiento es rico y repleto de matices. Si utilizas un vocabulario pobre y ambiguo, en blanco y negro, tu forma de pensar y sentir será inevitablemente maniquea, pobre y ambigua. Son tan importantes las palabras que, cuando estás familiarizado con ellas, cuando conoces cómo se llenan o vacían, basta observar cuáles orbitan alrededor de alguien para asomarte directamente a su interior. En las palabras que pronuncian y escriben están la medida de sus sueños y la profundidad de su pensamiento, la forma simple o compleja de interpretar el mundo y los colores saturados o apagados de su mirada.

Cuando tienes que demostrar el poder del lenguaje, no necesitas un laboratorio ni realizar una encuesta. Basta con observar el miedo que tenemos los adultos a determinadas palabras o expresiones: de niño, decir «te quiero» o «te echo de menos» implicaba simplemente querer o echar de menos, por lo que lo decíamos con naturalidad; de adultos, esas palabras se van contaminando de miedos y responsabilidades, se van llenando de un agua más turbia, hasta que se nos estancan por dentro y no las usamos con la misma fuerza y confianza. Incluso cuando confesamos que no tenemos palabras para expresar cómo nos sentimos estamos demostrando su importancia, su poder, porque usamos las palabras para negar que las tenemos.

Si es cierto que a nuestro alrededor suceden, a cada instante, pequeños milagros cotidianos, también es cierto que estamos entrenados para no verlos, para no tomar conciencia ni disfrutarlos. Solo las palabras pueden despertarnos. Ellas son el reflejo de esa belleza dormida que únicamente se enciende cuando dejamos de vivir en modo automático, cuando estamos dispuestos a desaprender y a escribir un nuevo párrafo en nuestra vida.

Leer y hablar, escribir, siempre escribir, como ejercicio o como terapia, es abrazar la vida. Siempre recomendaré a mi gente el hábito de jugar con las palabras, buscarlas, observarlas, porque ellas te permiten conocerte mejor, comprender tus limitaciones o tus miedos, tus capacidades y sueños en un viaje que se realiza, al mismo tiempo, por dentro y por fuera. En esta época de vértigo incesante, ruido y confusión, sentarte delante de un papel y pintar palabras es una cita contigo mismo, una prueba de amor propio y respeto, una forma de ordenar tus pensamientos, abandonar la inercia y hacerte responsable de tu rumbo. Si quieres cambiar tu mundo, comienza por cambiar tus palabras. Porque las palabras nos describen, sí, pero también, y esto es lo que más me gusta de ellas, nos permiten reescribirnos.

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