En modo automático

Gabriel Urbina

Me cuesta imaginar un grado de deshumanización mayor que el de vivir en modo automático. Es cierto que todo el mundo necesita actuar de manera mecánica para liberar espacio en la memoria y realizar con mayor eficiencia y rapidez determinadas acciones. Sin embargo, la falsa comodidad que nos promete la inercia y falta de conciencia sobre nuestra forma de vida desembocan a menudo en el abuso de este modo automático, con el que vemos pasar las horas y los días como meros espectadores de un paisaje del que no nos sentimos protagonistas ni responsables. Y en ese abandono cotidiano, el lienzo en blanco de nuestras vidas comienza a amarillear esperando esos colores concretos, voluntarios, que no terminan de llegar.

Leí hace poco un estudio sobre la aterradora cifra de niños que han fallecido, durante los últimos años, en el interior de un vehículo, olvidados por unos padres que, por sorprendente que parezca, no eran más negligentes que cualquiera de nosotros. La cifra va en aumento y, aunque lo fácil es achacar directamente a la irresponsabilidad el número abrumador de casos, algunos neurólogos que participaron en el estudio apuntan otras causas que arrojan un poco de luz sobre esta terrible epidemia y, de paso, sobre nuestra manera de caminar por el mundo. Dos ramas del conocimiento que tratan de estudiar y comprender el funcionamiento de nuestro cerebro y el comportamiento humano, como la Neurología o la Psicología, hablan de distintos sistemas de memoria. A menudo destacan dos que son fundamentales en nuestro quehacer cotidiano y que pueden llegar, incluso, a solaparse: la memoria prospectiva y la memoria de hábitos. Así, mientras la memoria prospectiva nos sirve para planificar las acciones que queremos realizar, la memoria de hábitos se centra en las acciones repetitivas que realizamos de manera automática, sin pensar y de manera inconsciente.

La falta de sueño, el cansancio, la monotonía y también (por qué no decirlo) la inercia a la que nos entregamos voluntariamente provocan un sesgo hacia la memoria de hábitos que termina anulando parcial o totalmente la memoria prospectiva. En otras palabras, activamos con demasiada frecuencia el piloto automático y este deja en un segundo plano los proyectos y deseos que habíamos diseñado. Es tan potente esta memoria de hábitos, tan peligrosa, que puede crear falsas memorias y hacernos pensar que ya hemos realizado una acción que jamás efectuamos. La conclusión parece evidente: usar el modo automático es necesario, pero vivir en modo automático es dejar de vivir, morir voluntariamente aunque todavía trabajes, te alimentes y respires.

Como hemos visto tantas veces, los seres humanos somos especialistas en convertir, por falta de conciencia o comodidad, una fantástica herramienta en una forma voluntaria de autodestrucción. Si la memoria de hábitos nos ayuda en una infinidad de situaciones, nosotros hemos decidido que dirija nuestras vidas, que controle cada paso, cada día, y evitamos así el esfuerzo y la responsabilidad de parar, mirar alrededor, mirarnos por dentro y agarrar el timón; el esfuerzo y la responsabilidad de decidir, si fuera necesario, un cambio de rumbo. El brillante pensador surcoreano Byung-Chul Han, en su obra La sociedad del cansancio, ya alertaba del déficit de atención como una de las patologías de una sociedad sobreestimulada. No dejar tiempo para uno mismo, para pensar, nos debilita mortalmente. No somos capaces de reflexionar, solo de responder a estímulos y, cuando uno no reflexiona y actúa en modo automático, es incapaz de decidir.

¿Alguna solución? Conciencia. Conciencia de lo que somos y de lo que deseamos ser; conciencia de todo lo que nos rodea, de los lugares y personas que orbitan alrededor; conciencia del tiempo que estamos dejando escapar entre los dedos, sin olerlo, sin moldearlo. Como en esa escena de Más allá de los sueños en la que Robin Williams podía vivir por un instante en el interior de un cuadro y mancharse de óleo las manos que apretaban plantas y flores, necesitamos ser conscientes de nuestra capacidad de interactuar y sentir, de nuestra responsabilidad de ser hacer más allá de estar. No es fácil, pero solo la conciencia puede sacarnos de este abismo y evitar que el paisaje se diluya a nuestro alrededor mientras paseamos por él, inconscientes, como esos sonámbulos que Lorca describiera en su amanecer neoyorkino: «Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes / como recién salidas de un naufragio de sangre».

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