Hablar con la muerte… de la vida

Gabriel Urbina
Gabriel Urbina

Si hay algo que uno aprende cuando vive y trabaja con las palabras, es que hay algunas que, por la fuerza con la que reflejan oscuridades y miedos, tratamos de excluirlas de nuestro vocabulario cotidiano. Son esas palabras que, aunque se escriban a lápiz o pronunciemos en voz baja, resuenan como un grito sobre el resto y son capaces de arrebatarle la conciencia al sueño más profundo. 

Es evidente que palabras como enfermedadmuerte o suicidio no casan bien con esta sociedad edulcorada a base de apariencias satinadas y conciencias dormidas. Tal vez por eso me alegra tanto saber que existen voces valientes, capaces de pronunciar aquellas palabras con la misma naturalidad con la que los demás pronuncian playafiesta o diversión. He vuelto a ver la entrevista que Pau Donés concedió a Jordi Évole antes de morir y, cuanto más la analizo, más la considero un documento imprescindible, de un valor incalculable en nuestro tiempo. No solo por la emoción que provoca, sino también por mostrar, con naturalidad y sin complejos, que la enfermedad, la muerte o el suicidio siguen aquí, caminando a nuestro lado, aunque nos empeñemos en dormitar en una caverna de sombras perfectas e inmortales.

Uno de los regalos que siempre he recibido, desde pequeño, cada vez que me acercaba al arte, ha sido escuchar conversaciones que tanto adultos como niños trataban de evitar, pidiendo silencio o mirando para otro lado. Esas conversaciones que yo escuchaba en silencio, a escondidas, entre libros, cuadros o canciones, están tan presentes dentro de mí que inevitablemente han ido perfilando mi manera de ser, de mirar y de sentir, mi forma de hablar o de escribir, lo que me llena o me resulta indiferente (aquí incluyo también a personas) y hasta ese ritmo lento, tranquilo, con el que me gusta saborear las horas, independiente del vértigo que me rodea.

Sí. Yo tuve la suerte inmensa de que Jorge Manrique me contara hace mucho lo valiente que fue su padre, don Rodrigo, por mirar a los ojos de la muerte cuando esta llamaba a su puerta, y entablar con ella una conversación cara a cara, sobre la vida. Porque la muerte, para Manrique y sus contemporáneos, era esa bailarina descarnada que danzaba con reyes y mendigos sin hacer distinciones, y solo ella elegía cuándo te tocaba bailar a ti. También pude contemplar (casi rozándolo con los dedos) el dolor que provoca la enfermedad que se lleva a un ser querido en ese olmo seco de Machado, y sentí la estela de pólvora o mar que habita en el abismo del suicidio de la mano de Larra o Alfonsina Storni. No tenía más que asomarme a un cuadro de Frida para recordar que un instante puede cambiar de color tu mundo o cómo cuesta volver a pintar un recuerdo manchado por la mentira. No había soledad que no hubiera posado antes para Van Gogh ni aislamiento que Beethoven no contara como nadie, sin usar una sola palabra. El arte, sin duda, me ayudó a prepararme para lo que nos toca vivir después, en nuestra propia vida y en la de los que nos rodean.

Porque el arte es el milagro de arrancarle a la muerte, hablándole de la vida, un instante de eternidad. Por eso no evita palabras ni significados. Y por eso puede gritar en silencio y despertarte, aunque tengas los ojos abiertos. Ahora escucho a Pau Donés y pienso que es una oportunidad única para que muchos jóvenes y adultos se acerquen a la vida en su totalidad. En palabras de Manrique, para que el alma avive el seso y despierte a esa vida tan real y tan viva que, en cualquier momento, por cualquier rincón, puede aparecer la enfermedad o la muerte, a paso lento o corriendo. Creo que mirar hacia otro lado para seguir dormidos, despreciando el regalo de este momento, es el mayor error que se puede cometer. Yo estoy con Pau. Admiro a quienes, como él, le dicen tranquilamente a la muerte, mirándole a los ojos: «Hablemos de la vida. Si todavía no vas a bailar conmigo, déjame que saboree, a mi manera, el próximo segundo». 

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