La palabra «verdad»

Gabriel UrbinaDecía Ricardo Darín, en un video con el que el Instituto Cervantes trataba de promocionar la belleza de nuestro idioma, que si tuviera que elegir sólo una se quedaría con la palabra verdad. Decía el actor argentino que a menudo damos vueltas alrededor de una verdad, eligiendo mentiras piadosas, sin comprender que la vida se simplificaría mucho si nos ajustáramos a lo que realmente sentimos y pensamos. Aunque yo tengo claro que las verdades absolutas no existen y que el punto de vista puede convertir algunas verdades en mentiras y mentiras en verdades, sí creo, sin embargo, que hay una verdad que no deberíamos encubrir nunca: la nuestra. Sólo nosotros sabemos la distancia que hay entre nuestros sentimientos y nuestras palabras, entre nuestros pensamientos y nuestras acciones.

En griego, la palabra verdad es λήθεια (alétheia): ‘lo que no está oculto’. Es decir, se trata de una negación porque la verdad tiene que salir de donde está escondida (de nuestro interior), por eso la diosa griega del mismo nombre se representa saliendo de un pozo sagrado y lleva en la mano un espejo que le permite mirarse por dentro, conocerse. Si no eres consciente de tus verdaderos sentimientos, de lo que piensas realmente, no puede haber verdad en tu palabra. Si eres consciente de tu verdad y no la desvelas, simplemente no eres digno de la palabra.

En hebreo, los términos amet o emet (אֶמֶת) tienen un sentido futuro porque la verdad está estrechamente ligada a la confianza y a la lealtad. Su raíz ha llegado hasta nuestros días a través de otra palabra que nos resulta familiar, amén, y que expresa la confianza y el deseo que tenemos de que algo ocurra. El árabe añade un matiz que pondría en entredicho la cantidad de amigos que contamos en las redes sociales. El verbo sadaqa, ‘decir la verdad’, comparte raíz con sadyq (صَدِيق), ‘amigo’, que aparecía ya en nuestras jarchas. Porque un amigo, hasta la aparición de Facebook, era aquel a quien podíamos contar la verdad y de quien podíamos esperarla, incluso cuando no resultara agradable.

Tras este breve paseo por las raíces de una palabra viva, cargada de historia, como un árbol, uno se pregunta si hemos dejado de regarla o simplemente hemos ido modificando su sentido, podándolo, hasta cambiarlo por completo. Estamos tan habituados a las relaciones basadas en lo que se oculta, en la falta de sinceridad y claridad, que acabamos dependiendo de la interpretación, como si la responsabilidad de liberar la verdad fuera del que la busca y no de quien la encierra. Interpretar es a veces adentrarse en un laberinto en el que es fácil perderse, dando vueltas alrededor del pozo en el que duerme la verdad fragmentada, como un espejo roto.

Criticamos a diario la actitud de nuestros políticos —vergonzosa, oscura y censurable—, pero lo cierto es que uno escucha sus discursos y son un simple reflejo de nuestra sociedad: falta de honestidad, de reflexión, de autocrítica, y un desprecio enfermizo por la claridad. Me encantaría entregar mi voto a un partido que me dijera, al menos, lo que realmente siente y piensa. Me conformaría con poco: «Lo intentaremos, pero vivimos en un mundo globalizado, con gobiernos formados por lobbies financieros, y hay demasiadas presiones como para que esta iniciativa salga adelante». Me bastaría con que reconocieran sus limitaciones, su fragilidad, que son humanos. En cambio, uno se encuentra a un lado y al otro con mesías que prometen trabajo y justicia; que pretenden, incluso, detener la inercia de una economía globalizada y rescatar una educación abandonada y pisoteada por ellos mismos. ¿Por qué vomitan, con esa naturalidad pasmosa, esos discursos llenos de bilis y mentiras? Porque saben que hace ya mucho tiempo que no nos interesa la verdad. Sólo queremos las mentiras teñidas de un color, diferente al del resto de partidos, para convertirlas en nuestras verdades.

Tengo la suerte de poder refugiarme, cuando lo necesito, bajo la sombra de algún libro. Allí suelo encontrar algún pozo sagrado, como el de la poesía, del que se puede beber alguna verdad, algún sentimiento o pensamiento limpio, individual, que brota desde dentro con una fuerza elemental. Tal vez esté en nuestra condición huir de la mirada transparente, de la palabra cristalina que te dibuja por dentro. Es posible que nos sintamos más seguros así, protegidos por esa máscara que enturbia el agua y nuestro reflejo. Miguel Hernández, que volvió a nacer hace sólo unos días, dejó escritos dos versos que parecen advertirnos de ese pozo cotidiano, turbio y profanado, que nos habita, y del que tal vez sólo el arte logra rescatarnos por momentos: “En el fondo del hombre, / agua removida”.

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