«Yo te quiero» no es sintagma nominal

Gabriel Urbina

Algún profesor habrá contestado, en su interior, que efectivamente no se trata de un sintagma nominal, sino de un sintagma nominal y otro verbal. Y es que a ciertos ratones de biblioteca siempre les costó entender que el lenguaje, más allá de esa superficie literal, tiene, como la vida, un significado mucho más profundo. Si he tomado prestado el verso de uno de los pasodobles de La Banda del Capitán Veneno, formidable comparsa que nos regalara Juan Carlos Aragón, es porque pocas letras resumen mejor el choque entre unos estudiantes que están asomándose a la vida, cargados de curiosidad y ganas de llenarse de un presente vivo, y un sistema educativo anquilosado y repleto de docentes sin más vocación que la de leer con desgana libros de textos diseñados a su imagen y semejanza.

Cuesta imaginar que en pleno siglo veintiuno haya que seguir recordando que una educación carente de valores y emociones no tiene sentido. Y me parece alarmante que no se denuncie, en cada debate televisivo, en las páginas de cada periódico, que un sistema educativo que vomita programas disparatados junto a la falta de vocación de muchos docentes siguen asesinando cada día la creatividad, la curiosidad y el talento de muchos estudiantes; me sorprende que no se grite en las redes sociales que una metodología fría, carente de humanidad, pero plagada de datos enciclopédicos, sigue convirtiendo muchas aulas en una sala de tortura cotidiana y envenenando para siempre nuestro futuro. Pasan los años, baila la legislación al son de unos partidos ineptos, irresponsables, y la situación dentro del aula sigue siendo la misma: si eres suficientemente maduro e inteligente acabarás saliendo adelante por ti mismo, sorteando clases estériles por aquí y por allá o aprendiendo a darle a cada cual lo que quiere recibir; si necesitas un poco más de orientación o de motivación, estás abocado al fracaso y a convertirte en cómplice del sistema: aburrido, molestando a compañeros y profesores, o convirtiéndote tú mismo en uno de esos profesores que jamás debió pisar un aula.

Los profesores y los estudiantes no somos autómatas y las materias con las que trabajamos no son un simple compendio de datos, cifras y tareas. Claro que es importante memorizar informaciones relevantes. Claro que es importante adquirir hábitos de estudio, realizar las actividades y respetar las normas. Pero no solo eso. También hay que fomentar la creatividad y dejar un margen de libertad para que cada uno descubra o desarrolle lo que más le interesa. También hay que motivar y reforzar positivamente cada paso logrado con esfuerzo, por pequeño que parezca. Los profesores no podemos olvidar que fuimos estudiantes y que también nos tocó sufrir a esos docentes que, con solo encender la luz de la clase, apagaban automáticamente la mirada y la curiosidad de treinta adolescentes (a veces para siempre).

Me duele especialmente cuando me pongo a comprobar cómo se imparten todavía aquellas materias a las que he dedicado la mayor parte de mi vida: la literatura y los idiomas. Es terrible que sigamos enumerando en clase las reglas de la h o de la v en lugar de enseñar la ortografía leyendo y escribiendo. Leyendo mucho, escribiendo mucho y corrigiendo más. Es atroz que los idiomas se limiten a ejercicios repetitivos en los que se rellenan huecos interminables. Y es demencial que sigamos encorsetando la literatura con una serie de características vacías, en lugar de ofrecerles a los estudiantes la maravilla de unos textos que pueden despertar en ellos preguntas cruciales, debates necesarios, o las ganas de seguir descubriendo el contexto y la belleza de una lengua convertida en arte. Pretender que el alumnado saboree la lengua y la literatura aprendiendo de memoria algunos datos inconexos es como tratar de sentir la inmensidad del mar, su recuerdo vivo, su belleza azul y su historia, su imponente lenguaje y la fuerza de sus mareas, estudiando la definición de una molécula de agua.

No, como diría ese adolescente del pasodoble de Juan Carlos Aragón, «yo te quiero» no es sintagma nominal. Es mucho más. Si solo ves en esa oración la posibilidad de analizar sujetos y complementos, si no ves que hay algo más allá de los pronombres y los verbos, es mejor que nunca te dediques a la educación. Sigue buscando. «Yo te quiero» es conexión y empatía. Es confianza. Ilusión. Alegría. En esta profesión, además de explicar los sintagmas, hay que enseñar y mostrar (y aquí viene lo difícil) lo importante que es querer y quererse, amar lo que uno sueña y lo que uno enseña. Quererlo tanto que merezca la pena luchar para que muchos otros lo sigan cuidando y respetando.

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