El saludo del corredor

Últimamente, cuando salgo a correr, he notado que se está perdiendo, poco a poco, eso que algunos llamamos el saludo del corredor. Y no sólo en zonas concurridas donde el saludo se hace difícil o extraño (en los últimos tiempos, son muchas las personas que se han incorporado a este deporte), sino en senderos poco transitados o carreteras vacías. El saludo del corredor no es una regla escrita o que deba imponerse. Al contrario, es especial porque uno va entendiendo su sentido lentamente, corriendo, tras muchos kilómetros, cruzándose infinidad de veces con corredores de todas las edades, veteranos y aficionados, profesionales o principiantes. El saludo del corredor es un ejemplo perfecto de cómo un gesto aparentemente insignificante, un simple saludo inclinando la cabeza o sonriendo, puede contener toda una filosofía de vida. Porque en ese saludo que dura unas décimas de segundo no sólo hay un reconocimiento y un respeto por el esfuerzo de quien está enfrente (correr puede responder a una pasión, a una recomendación médica o a un hábito, pero siempre requiere fuerza de voluntad, disciplina y compromiso), sino un reconocimiento y un respeto por el esfuerzo propio, por ese afán de superación y por este deporte.
Estaba estos días preguntándome por qué se irán perdiendo estos gestos, tan simples como necesarios en nuestros días, cuando el Real Madrid y el Fútbol Club Barcelona me han recordado la respuesta: estamos tan obsesionados con nuestro éxito personal, tan encorsetados en nuestro propio mundo, que valorar el logro de los demás se empieza a sentir, desgraciadamente, como un recuerdo de lo que uno no tiene o no ha conseguido, una humillación. Estos dos clubes, los más mediáticos y espejo diario en el que se miran tantos jóvenes, han vuelto a demostrar que el fútbol sigue perdiendo, a pasos acelerados, los pocos valores que le quedaban desperdigados entre contratos multimillonarios, mafias legalizadas y polémicas rentables. Que ambos se hayan negado a realizar un pasillo ante su rival para reconocer y aplaudir sus triunfos podría parecer anecdótico, pero no lo es, porque refleja hacia dónde se dirige esta sociedad de egos desproporcionados.
No se libran políticos, profesores, deportistas o escritores. Aplaudir a un compañero está cada vez peor visto en esta sociedad mediocre y narcisista. Cada vez hay más personas que, si ven que has logrado algo en su ámbito (por pequeño que sea tu logro), te convierten directamente en su rival y enemigo. Jamás volverás a escuchar por su parte una palabra motivadora, un reconocimiento o un elogio. Parece que, si te valoran a ti, se desvaloran ellos, y antes que pintar su lienzo prefieren manchar el tuyo.
Por eso pienso que hay gestos que no deberían perderse nunca. Ojalá el saludo del corredor no desaparezca y acabe conquistando otros espacios, otros lugares. Valorar a quien hace lo mismo que tú, de forma brillante, ya sea correr, pintar, jugar, componer o escribir, es la mejor manera de proteger lo que te apasiona y de iluminar tus propios pasos. A menudo basta un simple gesto para sentir que a nuestro lado, aunque con pinceles diferentes, sigue habiendo personas que han elegido el camino del esfuerzo, la constancia, el sacrificio, el trabajo o el talento para llenar de color este paisaje compartido. De nosotros depende ahora que no se apague.


