¿Cultura? ¿Para qué?

Gabriel Urbina
Gabriel Urbina

Entre los muchos significados de la palabra ‘cultura’, a menudo echo en falta una acepción que la relacione directamente con el placer, con la satisfacción personal, con la alegría de vivir. Creo que las definiciones genéricas y frías favorecen que cualquiera pueda manosear una palabra a su antojo, y, cuando digo cualquiera, me refiero también a nuestra clase política, independientemente del color. Aquí la cultura suena bien cuando sirve para mantener chiringuitos en los que convidar a amigotes y palmeros. Sin embargo, cuando esos chiringuitos se tambalean, entonces la cultura pasa a un segundo, tercer y hasta cuarto plano, porque siempre habrá, como hace poco comentaba nuestro ministro, necesidades más básicas y apremiantes… Ya se sabe: «primero la vida». El pan, claro (si es con circo, mejor). Porque, ¿de qué sirve la cultura si uno no tiene para vivir?

A ese ministro y a otra mucha gente (no toda la culpa la tienen quienes nos representan), yo les regalaría el discurso que Lorca dejó en 1936, en la inauguración de la Biblioteca Pública de Fuente Vaqueros, titulado Medio pan y un libro: «No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan, sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social».

Estos días de confinamiento han servido para dejar claro que la cultura no solo sirve para sacar rentabilidad a corto plazo. La cultura sirve para algo más profundo y silencioso, para un desarrollo personal que cambia, a medida que crece en ti, tu forma de sentir y ver la vida, de disfrutarla (aunque de eso no se hable nunca). Y esa cultura, como siempre les repito a mis estudiantes, es uno de los pocos bienes que no se puede comprar. Esa cultura se alimenta de cultura, libro a libro, canción a canción, película a película. Y no se sacia nunca, ni puedes tener el último modelo, porque es infinita. 

Así, cuando comienzas a trazar lazos entre un cuadro y el paisaje que ves desde la ventana, entre un mito y esa canción que está sonando, la vida cambia a tu alrededor. Y empiezas a sentir que la lluvia tras el cristal no es la de antes, porque ahora te arrastra hasta Macondo. Ya no puedes quedarte en la superficie de ese cuadro de Frida, tienes que asomarte dentro, y ver a la Paloma extendiendo sus alas. Y disfrutas cuando descubres en la voz de aquel cantautor un fragmento que leíste de Saramago. Y, si has viajado con Saramago, entiendes mejor la caverna de Platón. Y, si leíste a Platón y a Ovidio, encuentras más matices en los versos de Garcilaso y Juan Ramón, en los cuentos de Borges o en ese videojuego. Y entonces tropiezas durante un paseo cualquiera con los mismos espejos de azabache que tenía Platero. Y Lorca te lleva a Camarón, y Camarón a las jarchas, y subido en esas jarchas llegas al Muelle de San Blas, donde te aguardan Penélope y Ulises. La mitología, el cine, la pintura o la música se convierten en los colores de un paisaje cada vez más intenso: tu mundo. Un mundo del que disfrutas cada vez más.

Bueno, y eso, ¿para qué sirve? Pues para nada importante, la verdad. Para desarrollar un espíritu crítico que te haga ver que nos utilizan por la izquierda y la derecha. Para entender que todos fuimos, somos o seremos migrantes. Para no permitir que paletos uniformados en Benidorm insulten a una persona por su orientación sexual. Para vivir con inquietudes, con pasiones, sin tener que llenar los vacíos comprando de forma compulsiva, viendo Sálvame o cotilleando del vecino. Para no aburrirte tanto como esa vicealcaldesa de Alicante. Lo dicho: para nada importante. «Primero la vida», por supuesto, no sea que al final te des cuenta de que la vida sin cultura es caos y pesadilla, una colmena de esclavos agradecidos, de palmeros de partido y hooligans ruidosos.

Lorca continuaba: «Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión». Yo siento algo más que melancolía. Me da pena ver a tanta gente que, con medios y por pura voluntad, sigue eligiendo un camino sin cultura; me da rabia ver a tanta gente que, sin una copa o una pantalla de móvil en la mano, no sabe qué hacer con su vida, y se aburre porque creció enterrando su curiosidad. Yo pienso que hay algo peor que ver a políticos despreciando la cultura, y es ver a un pueblo que no invierte su tiempo en ella. Ese pueblo, aunque tenga pan de sobra, no tendrá nunca la capacidad de construir su felicidad ni podrá evitar el peor de los confinamientos: el de una mente atada, cerrada y vacía.

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