Críticas destructivas y publicidad

Gabriel UrbinaLa verdad es que nunca entendí la utilidad de una crítica destructiva a una creación artística. Partiendo de que una obra de arte no se impone (incluso cuando te bombardean con una canción en la radio o un libro en la televisión, todos somos libres de apagar la radio o leer otro libro) y de que el arte o la literatura no son precisamente los ingredientes más abundantes en nuestra dieta cotidiana, me parece incoherente atacar una obra artística de manera pública, ya que suele provocar el efecto contrario: la perdurabilidad de una creación que, sin calidad, estaba condenada a diluirse en el olvido. Hablar mal de una creación artística es darle de una forma u otra una difusión que, en estos tiempos de modas obsesivas, puede acabar reproduciendo en bucle lo que deseabas borrar de la memoria.

La mediocridad no requiere publicidad, por eso jamás he perdido mucho tiempo hablando de un libro que no me gustó o de una película que quiero olvidar. Las redes sociales han convertido en inolvidables, desgraciadamente, obras que solo tienen el impulso de una moda pasajera. Comprendo que es una estrategia de negocio. Todo el mundo sabe que una obra, cualquiera, es más rentable si demanda pocos gastos y genera beneficios de forma rápida. La dedicación y el esfuerzo son cada vez menos rentables. Es mejor sacar algo de consumo rápido, de usar y tirar, por prescindible que sea, y esperar a que, con un poco de suerte, las redes sociales y los voceros se encarguen de publicitar esa obra, de ponerla en primer plano, despertando una polémica que hará que se viralice.

«Hay solamente en el mundo una cosa peor que hablen de ti, y es que no hablen», decía un Oscar Wilde que sabía cómo funciona la sociedad y entendía perfectamente que la publicidad de una obra (buena o mala) era a menudo mucho más importante que el contenido de la misma. Las grandes empresas y multinacionales, las editoriales y discográficas no han ignorado esta realidad y han sabido sacarle rentabilidad a lo más oscuro de nuestra naturaleza. La conclusión parecía evidente: si la envidia, el odio y el desprecio generan cada vez más atención y polémica en las redes sociales y los medios de comunicación, ¿por qué no utilizar las críticas destructivas como publicidad gratuita y eficaz? El éxito estaba garantizado. Ya no hay riesgo ni posibles pérdidas. Los que te atacan se convierten en valedores y el descrédito se transforma en ese motor que genera curiosidad, morbo y reacción en sentido contrario.

Será que veo la vida demasiado corta, con demasiadas obras buenas sobre las que hablar en el ámbito de la literatura, la música o el cine, pero lo cierto es que no concibo mejor crítica que la del silencio cuando un libro, un cuadro o una canción me han decepcionado. Cuando se trata de arte, mi tiempo suelo emplearlo en comentar aquello que me inspira o me llena, en destacar esa obra que me enseñó a sentir o a mirar de una forma diferente. Compartir un libro que te cambió la vida es una forma de sembrar un poco de luz en medio de la oscuridad; dedicar dos páginas a atacar una obra que no te gusta es ensombrecer tu tiempo para alargar la vida de esa misma obra.

Con el paso de los años, he acabado asumiendo, por triste y extraño que parezca, que realmente hay personas que prefieren consagrar su vida a señalar la basura que les rodea antes que compartir con los demás las semillas que han ido encontrando en el camino (si es que hallaron alguna, porque la mirada también se educa). A menudo me he topado con esos talibanes del arte que, sin quererlo, han creado la publicidad perfecta para la canción, la película o el libro que más odian. Y es que no hay mejor pieza para esta maquinaria a la que llamamos sociedad que la que alimenta al sistema con la misma voz con la que lo intenta destruir.

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